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La ofensiva política del gran empresariado: respuesta al presidente de la Sofofa, Bernardo Larraín Matte

por 14 junio, 2017

La ofensiva política del gran empresariado: respuesta al presidente de la Sofofa, Bernardo Larraín Matte
Por ahora, como no las abordó en su respuesta, aunque fuera de manera preliminar y esquemática, no conocemos su posición ante cruciales aristas: cómo estarían dispuestos los empresarios a participar en el esfuerzo por dar un salto en la diversificación significativa de la economía; cómo pueden contribuir a aumentar la inversión en I+D a los niveles promedio de la OCDE; cómo piensan que deben abordarse la desigualdad y los altos niveles de concentración de la riqueza.
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Agradezco al presidente de la Sofofa su respuesta a mi columna, donde sostuve que el país enfrenta una fuerte ofensiva política por parte del gran empresariado.

Su respuesta es seria, expresa un esfuerzo de renovación ante el actual escenario político, y su disposición a involucrarse activamente en el debate político. Lamentablemente no aborda algunos temas planteados en mi artículo, que justamente considero los medulares.

Afirmé que el problema que enfrentaban los nuevos líderes del mundo empresarial era no lograr ponerse en los “zapatos del resto de los ciudadanos”; no lograr entender que no era el lucro como tal el que únicamente estaba en cuestión, sino la alta concentración de la riqueza y la desigualdad del ingreso, y el rechazo ciudadano a que la salud, la educación y las pensiones sean fuentes de enriquecimiento. Relevé también que es insuficiente tratar la colusión y el fraude muñidos por numerosas empresas como un mero problema ético, aunque sin lugar a dudas lo sean, y que deben considerarse como expresión de que en Chile no solo impera una economía de mercado, sino que esta se proyecta hacia una "sociedad de mercado", en que todas las relaciones sociales se mercantilizan y se ponen en entredicho, así, derechos fundamentales: esa sociedad ultramercantilizada sustenta, en última instancia, el deterioro de las instituciones fundamentales del país.

Llamé también la atención sobre cómo en los últimos años el empresariado se ha dormido en sus laureles, al no desarrollar actividades productivas significativamente innovadoras. Asociado a lo anterior, alertaba sobre la baja inversión en Investigación y Desarrollo en Chile, y la disminuida participación del mundo empresarial en ella.

Para impugnar mis afirmaciones en torno a la incapacidad de “ponerse en los zapatos de los 'otros' chilenos” y a que los empresarios se han dormido en sus laureles, Larraín cita una serie de sus discursos y columnas. Señala que ha sostenido que es indispensable que el empresariado se adapte al nuevo contexto, alude a la necesidad de atender los problemas de una “mayoría silenciosa” que ha ganado mucho pero cuyos logros son frágiles, y que es necesario reconocer a los grupos organizados de la sociedad civil “como actores relevantes del debate público”. Cita un texto del 2015, en que llama a tomar en serio otros diagnósticos respecto a lo que ocurre en Chile, “en vez de descalificarlas como muchas veces hacemos en el mundo empresarial –entre otras cosas, porque se basarían en percepciones que no tienen sustento en la realidad o en una visión ideológica”.

A pesar de esta buena disposición manifiesta, afirma a renglón seguido que esos diagnósticos o percepciones, si bien son falsos, “cuando hablamos de confianza, las percepciones (como opuestas a las realidades) son casi tan importantes como las realidades objetivas”. Ese criterio de falsedad, a mi juicio, viene a ser más bien un epíteto que confirma que el empresariado no entiende los diagnósticos de otros actores sociales sobre los problemas que aquejan a Chile.

Respecto a que los grandes empresarios se han dormido en sus laureles en los últimos años y no han podido desarrollar actividades nuevas que potencien la inserción de Chile en la economía internacional, Larraín Matte alude a lo que ha sido su papel en el desarrollo de Colbún. Indudablemente es admirable el desarrollo energético experimentado por el país tras la crisis del gas en la primera mitad de la década pasada, pero ello debe verse en su complejidad: la experiencia de planificación del desarrollo energético, liderada por el Ministerio de Energía en el pasado reciente, constituye una muestra clara de la posibilidad de impulsar la deliberación pública con la participación de todos los ciudadanos interesados en los ámbitos estratégicos para el país, y evidencia la importancia del rol que le cabe al Estado en la vida económica.

Sin embargo, con lo señalado, Larraín Matte no logra rebatir mi afirmación de que “no han surgido nuevas actividades productivas significativas en el país” en los últimos años, cuestión fundamental para explicar la desaceleración económica que viene experimentando Chile y la pérdida de importancia del empleo formal y bien remunerado frente al informal.

Es muy positivo que el presidente de la Sofofa haya planteado un asunto que revela mayor sensibilidad respecto a algunas exigencias que la ciudadanía plantea a las empresas: “Al percibirla como excesivamente poderosa e influyente, le exige más y la escruta más. Le exige más en cuanto a su aporte a la sociedad más allá de la generación de empleos o la producción de bienes y servicios y le asigna un rol público y social, más allá que cuidar el medio ambiente o aportar a sus comunidades vecinas. El ciudadano tiene una visión crítica de la empresa que soslaya su rol público, función que, dicho sea de paso, es consecuencia de su propio éxito”. Frente a esto señala que “debíamos construir un nuevo estándar que dice relación con el rol público, el escrutinio y el 'accountability', no solo por parte de accionistas, sino que de la sociedad en su conjunto. Tiene que ver con la construcción y luego con la gestión de un patrimonio más relevante que los activos físicos: me refiero a la confianza”.

Concuerdo con que los empresarios están empezando a entender que no basta con crear valor para los accionistas, es clave asumir que las empresas deben involucrarse en las tareas que preocupan a la sociedad en su conjunto, y que contradice así la clásica afirmación de Milton Friedman: “Toda la justificación para permitir que un ejecutivo sea seleccionado por los accionistas es que el ejecutivo sirva a los intereses del principal. Esa justificación desaparece cuando el ejecutivo corporativo impone impuestos y gastos con propósitos sociales. Se transforma así en un empleado público, aun cuando siga llamándose empleado de la empresa privada”

Las tareas en las que el empresariado debe involucrarse no son únicamente las que puedan definirse entre las cuatro paredes en que se congrega el mundo empresarial. Deben ser también aquellas que la deliberación pública y política han puesto en la agenda nacional y que precisamente son los asuntos que el presidente de la Sofofa no aborda en su respuesta, tal como lo reconoce al concluirla: “Los niveles de diversificación de nuestra economía, la inversión en I&D, la desigualdad y los niveles de concentración, entre otros que menciona Rivera, son temas complejos y muy pertinentes, que deben ser debatidos tanto en relación con su foto actual, como sobre todo a su evolución. El espacio de una columna no es suficiente para analizarlos en toda su complejidad y, por lo tanto, invitamos a Eugenio Rivera y a otros actores del debate público a discutirlos en la Sofofa, en su condición de foro de conversaciones relevantes para el país”. Con mucho gusto acepto debatir estos y otros temas con la Sofofa frente a la ciudadanía.

Por ahora, como no las abordó en su respuesta, aunque fuera de manera preliminar y esquemática, no conocemos su posición ante cruciales aristas: cómo estarían dispuestos los empresarios a participar en el esfuerzo por dar un salto en la diversificación significativa de la economía; cómo pueden contribuir a aumentar la inversión en I+D a los niveles promedio de la OCDE; cómo piensan que deben abordarse la desigualdad y los altos niveles de concentración de la riqueza.

Eugenio Rivera
Fundación Chile 21

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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