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Más crecimiento, pero ¿para qué?

por 28 septiembre, 2017

Más crecimiento, pero ¿para qué?
Probablemente en el pasado la respuesta era bastante evidente: necesitamos crecer para poder salir de la pobreza. Chile era un país pobre, con problemas de país pobre que hacía evidente la necesidad de mayores recursos económicos para terminar con la desnutrición, dotar de servicios básicos de higiene y sanidad pública, terminar el déficit habitacional, etc. Nadie puede negar que hoy somos un país de ingresos medios donde gran parte de esos problemas se han cubierto. Pero, pese a que la lucha con la pobreza está lejos de terminar, ¿podemos decir que sigue siendo este el objetivo del crecimiento o es otro?
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El crecimiento económico -o la falta de este- ha sido uno de los temas más presentes en la agenda pública en los últimos años. De igual manera, parece ser uno de los aspectos que tendrá mayor peso durante la campaña presidencial que acaba de comenzar. Sin embargo, parece ser que hace tiempo que hemos tomado como un dato que el crecimiento es un bien en sí mismo, algo que es prudente y bueno lograr, un fin o un punto de llegada, en vez de detenernos a reflexionar cuál es su propósito, el para qué lo buscamos en forma tan ansiosa y nos ponemos tan nerviosos cuando parece sernos esquivo.

En otras palabras, creo que es fundamental, como sociedad, antes de diseñar o evaluar cuáles son las políticas macro y microeconómicas más eficientes y que mejor garantizan el crecimiento, reflexionar en forma seria y pausada, de la manera más inclusiva, consensuada y generosa, para qué queremos mayor crecimiento y desarrollo económico.

Probablemente en el pasado la respuesta era bastante evidente: necesitamos crecer para poder salir de la pobreza. Chile era un país pobre, con problemas de país pobre que hacía evidente la necesidad de mayores recursos económicos para terminar con la desnutrición, dotar de servicios básicos de higiene y sanidad pública, terminar el déficit habitacional, etc. Nadie puede negar que hoy somos un país de ingresos medios donde gran parte de esos problemas se han cubierto. Pero, pese a que la lucha con la pobreza está lejos de terminar, ¿podemos decir que sigue siendo este el objetivo del crecimiento o es otro?

¿Qué es lo que queremos ahora? ¿Para qué buscamos más recursos económicos? ¿Es porque queremos dejar de ser un país de “clase media emergente” y ser de frentón del club de los países ricos (y si es así, ¿bajo que modelo?), o es que queremos garantizar un mayor nivel de seguridad a este nuevo estatus antes de pensar en el siguiente? O, alternativamente, ¿queremos disfrutar lo que tenemos y hemos logrado sin sacrificar otras cosas, como una vida más pausada, en armonía con otros valores, como la igualdad?

A menos que nos demos el tiempo y el espacio para hacernos genuinamente estas preguntas, no podemos definir qué desarrollo económico queremos ni tampoco el cómo lo vamos a obtener. Y el cómo es fundamental, porque en ello definiremos una serie de cuestiones que tienen que ver, por ejemplo, con el rol que le damos a la ética pública y privada, el vínculo del Estado con la sociedad civil y de esta entre sus agrupaciones, el valor de la cultura, el medio ambiente, el tipo de ciudad que queremos, etc.

Ojalá que la discusión pública y política no se centre solo en herramientas de política económica, sino también en para qué las queremos. Personalmente y como economista, espero que podamos construir una economía renovada que siempre ponga a las personas al centro. Un modelo que nos entregue las herramientas para poder ejercer plenamente nuestra libertad, basado en el mérito y el esfuerzo en que no tenga cabida discriminación de ningún tipo. Una economía en que las ideas y la competencia sean el motor, pero que también se base en la colaboración y en la solidaridad.

Que se preocupe de no dejar nunca a nadie olvidado, y no ponga a la acumulación de riqueza como un fin en sí mismo. Que proteja el medio ambiente, el patrimonio cultural e histórico de nuestra sociedad, que valore tanto la provisión de bienes privados como bienes públicos, que ponga en valor tanto lo individual como a la sociedad civil, siempre teniendo presente los alcances de sus acciones sobre las generaciones futuras.

Pablo Correa
Economista

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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