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MERCADOS

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A muchos metros de distancia

por 23 octubre, 2019

A muchos metros de distancia
Creer en la potencia de la iniciativa privada no tiene por qué inhibir al Estado de su rol orquestador de aspectos tan determinantes como la educación, la formación universitaria y la renovación empresarial.
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Qué ironía que sea el propio Metro el que cubra los muchísimos metros de distancia que separan las facciones que componen nuestra fracturada sociedad.

Están los ciudadanos que creen en el trabajo y la educación para prosperar, y que con sus cacerolas muestran el hastío por el abuso de las corporaciones y la desidia del Estado.

También están los violentistas y sus garantes políticos, que sacan cuentas alegres cuando los honestos sufren.

Están los más acomodados, que aprovechando el envión del crecimiento económico, viven en la ilusión de observar estos acontecimientos como si de una electrizante serie de Netflix se tratara, pero que, a poco andar, terminan despertando en un thriller del que forman parte.

Están los que creen que ser ciudadano es solo derecho y cero obligación, forzando una economía de fantasía alimentada de populismo y fake news.

Están los grandes empresarios y ejecutivos, que enarbolan la bandera del libre mercado y el derecho privado, pero que apuestan su negocio en colusiones, clientelismo, “pituteo” y cientos de prácticas que dejan al grueso de la población sin posibilidades de competir, en un juego donde el talento y el esfuerzo no pagan.

Esta dinámica social es posibilitada por una institucionalidad y justicia que, se percibe, opera distinto según de quien se trate, generando un hándicap muchas veces insalvable para esa mayoría que no nace en círculos de poder e influencia. Otra facción, la representa esa hegemónica corteza política, que en su incapacidad de hacerse cargo de los desafíos de fondo atina tan sólo a invitarnos a danzar de izquierda a derecha en un perpetuo movimiento pendular, para que al final todo siga igual.

Esta crisis, la mayor desde el retorno a la democracia, exhibe con claridad lo que nos divide, sin embargo, si somos capaces de trascender a las soluciones de corto alcance, representa una oportunidad insuperable para construir una visión país; un sueño que nos contenga a todos y que, a la vez, nos exija a todos. Una visión clara, nítida, que inspire y, al mismo tiempo, señale los esfuerzos y desafíos de cada uno de los actores: ciudadanos, gobiernos, políticos, empresarios, profesionales, emprendedores, familias, estudiantes. Todos tendremos que desafiarnos para aportar a la realización de ese futuro que aún no hemos sido capaces siquiera de imaginar.

Porque la revolución industrial 4.0 que nos apremia, es una oportunidad en la medida que nos encuentre unidos. La automatización y la robótica no nos dejarán más opción que renovar nuestra matriz productiva si queremos seguir alimentando los legítimos anhelos de prosperidad. Y el Estado, en su rol orquestador, que aún no ha tomado con propiedad, debe crear los incentivos y desincentivos necesarios para que ello ocurra, porque las empresas por sí solas, o por obra del mercado, no van a abandonar el lucrativo modelo rentista, la principal razón de los precarios sueldos del grueso de la población y las consecuentes escuálidas pensiones.

Hoy tan solo una de las 100 empresas chilenas más grandes corresponde netamente al sector tecnológico, el grueso del 99% restante pertenece a negocios extractivistas o de mercados cautivos.

Creer en la potencia de la iniciativa privada no tiene por qué inhibir al Estado de su rol orquestador de aspectos tan determinantes como la educación, la formación universitaria y la renovación empresarial. Porque solamente las empresas de industrias complejas, esas que agregan valor sobre la base de conocimiento de punta, investigación, innovación y vocación global, son las únicas capaces de proyectar el desarrollo del país y brindar el volumen y la calidad de empleos que construyen las historias de vida que esas cacerolas demandan.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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