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La cancha de Larraín Matte

por 2 julio, 2019

La cancha de Larraín Matte
Larraín Matte se equivoca al minimizar la corruptela empresarial y calificarla de “síntomas” y no de enfermedad. No pues. En Chile, como en otros países de la región, el gran empresariado ha tenido un accionar sistemático para ampliar sus ganancias, mediante la utilización de políticos venales, que se han rendido al dinero de las corporaciones. Y este comportamiento no se encuentra distante de otros países de Sudamérica. Se acerca bastante. Incluso, a diferencia de Chile, en Perú, Argentina y Brasil existen duras sanciones, incluida la cárcel, para corruptores y corruptos. Por ello no podemos ser autocomplacientes, sino que tenemos la obligación de ser autoflagelantes.
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El presidente de la Sofofa, Bernardo Larraín, dice que la cancha está mala. Sin embargo, confunde alegremente sus intereses con los intereses globales del país. Así, sostiene que “la cancha” no ayuda a generar cambios coherentes con el siglo XXI; las decisiones en materia medioambiental irían contra el desarrollo; y, finalmente, en un rapto de sinceridad, se dirige a lo que más le importa: las empresas no pueden desarrollarse si “la cancha de lo público” está deteriorada (El Mostrador, 25-06-19). Su preocupación, en realidad, no es sobre el país sino el que su mundo, el gran empresariado, vea sus ganancias disminuidas.

Larraín agrega que la mayor parte de las instituciones está en crisis, algunas emblemáticas, como el Poder Judicial de Rancagua y las FF.AA. En esto tiene razón. Pero no la tiene cuando mediatiza la crítica sobre el mundo empresarial. En efecto, para él la responsabilidad empresarial en la crisis institucional de nuestro país se trata solo de “… síntomas” porque “… la relación entre la empresa y la política no siguió los conductos regulares”, pero estaríamos lejos de otros países, donde hay presidentes detenidos. Por tanto, “no hay que ser autoflagelantes”.

Se equivoca rotundamente el presidente de la Sofofa en su autocomplacencia con los grandes empresarios, esos que él representa. Son, en mi opinión, los principales responsables de la crisis institucional de Chile.

Consiguieron capturar a la clase política para que opere en su favor. En la primera hora de la transición a la democracia instalaron a varios políticos en los directorios de sus corporaciones. Posteriormente, gracias a su poder económico y al pago de campañas electorales, han corrompido a otros tantos: los casos Penta, Soquimich y Corpesca son emblemáticos del accionar del empresariado para comprar políticos y colocarlos a su favor en los gobiernos y en el Parlamento. La Ley de Pesca es la evidencia más sólida.

Al mismo tiempo, ha quedado de manifiesto que las instituciones, que debieran defender a la sociedad contra la corrupción, han optado, en cambio, por favorecer la impunidad. Ninguno de los empresarios y políticos, partícipes de la corruptela en el financiamiento ilegal de la política, se encuentra preso. Para mayor abundamiento, el Servicio de Impuestos Internos decidió suspender querellas penales contra esos empresarios y políticos que falsearon boletas de impuestos y, paralelamente, la Fiscalía terminó con las causas por financiamiento ilegal de la política a cambio de modestas indemnizaciones.

Larraín Matte se equivoca al minimizar la corruptela empresarial y calificarla de “síntomas” y no de enfermedad. No pues. En Chile, como en otros países de la región, el gran empresariado ha tenido un accionar sistemático para ampliar sus ganancias, mediante la utilización de políticos venales, que se han rendido al dinero de las corporaciones. Y este comportamiento no se encuentra distante de otros países de Sudamérica. Se acerca bastante. Incluso, a diferencia de Chile, en Perú, Argentina y Brasil existen duras sanciones, incluida la cárcel, para corruptores y corruptos. Por ello no podemos ser autocomplacientes, sino que tenemos la obligación de ser autoflagelantes.

El pago de políticos es grave, pero lo es también capturar altas autoridades de Gobierno para que se conviertan en lobbistas para las corporaciones. Eso lo sabe bien Larraín Matte en el caso de su fracasado proyecto hidroeléctrico en Aysén.

Tampoco es “síntoma” sino enfermedad el que varios empresarios se coludan, acordando precios más elevados que los fijados por el mercado, afectando a los consumidores. Aquí también la cancha la deteriora el mundo empresarial, al cambiar las reglas del juego que jura defender, o sea, las leyes del mercado y la competencia. Ha sido el caso de la CMPC, los productores de pollos y las farmacéuticas.

El presidente de la Sofofa debiera tener como prioridad enseñarles a sus representados sobre decencia, sobre responsabilidad social, que no roben a los consumidores y que no corrompan a los políticos. Y, la propia empresa de Larraín Matte, la CMPC, debiera predicar con el ejemplo. Es lo primero antes de echarle la culpa a la cancha, al empedrado.

Tampoco conducen a muy buen destino las afirmaciones, sin argumentación, del presidente de la Sofofa sobre cambios para el siglo XXI, desarrollo y medio ambiente y la superación de la crisis de nuestras instituciones.

Si se quiere ser consistente con el siglo XXI y favorecer el desarrollo, como destaca Larraín, los empresarios debieran pensar, de una vez por todas, en innovar y no seguir viviendo de la renta generada por las piedras de la minería, las astillas de madera y la captura de peces. Innovar exige invertir en ciencia y tecnología, para agregar valor a nuestros recursos naturales. Solo así ampliaremos la frontera productiva, podremos mejorar una productividad estancada y la pérdida de nuestra competitividad internacional.

Por otra parte, si se quiere avanzar a nuevas etapas de desarrollo, el sector público necesita mayores recursos para invertir en ciencia y tecnología y también para mejorar la calidad de la educación. El empresariado, y los parlamentarios que los cuidan en el Congreso, no puede seguir con el insoportable lamento de los elevados impuestos. Ni siquiera Paul Romer, el Premio Nobel de Economía, acepta el argumento de que mayores impuestos reducen la inversión. La plata está. Apenas 161 personas poseen el 20% de la riqueza nacional (Bolton Consulting Group). Basta de quejumbres.

Ampliar la frontera productiva, ciencia, tecnología y educación. Así se arregla la cancha. Siglo XXI y desarrollo. De eso estamos hablando. Los empresarios no pueden seguir viviendo de las rentas. Tienen que trabajar, procesar bienes, inventar servicios más sofisticados, y avanzar más allá de la extracción de materias primas. Ello exige automatización, más conocimiento y tecnologías. Y la tarea del presidente de la Sofofa es decirles a sus asociados que se preocupen de invertir en inteligencia y que se quejen menos de los impuestos.

Por otra parte, el repetido discurso que las decisiones en materia medioambiental afectan el desarrollo es lo más lejano a la ciudadanía, a los organismos internacionales y al siglo XXI. No es casual el reconocimiento que ha recibido Chile por sus avances con las energías alternativas no convencionales, lo que quizás ayudó a instalar la conferencia COP25 en nuestro país.

Coincido con Larraín Matte en que Chile está mal. La economía ha perdido dinamismo, las principales instituciones están en crisis y los políticos han perdido credibilidad. Pero es preciso agregar algo más: los empresarios hacen trampas y han sido factor principal en el deterioro de las instituciones. El presidente de la Sofofa tiene que ayudar a cambiar el comportamiento empresarial y no a proteger la corruptela y la colusión. También tiene que convencerse de que el desarrollo no es solo crecimiento, sino sobre todo equilibrios sociales y medioambientales. Así se arregla la cancha. Lo exige el siglo XXI.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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