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De vuelta a la realidad Historias de sábanas

De vuelta a la realidad

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Conti Constanzo
Por : Conti Constanzo Descubrió su pasión por los libros de pequeña, cuando veía a su abuelo leerlos y atesorarlos con su vida. Cada ejemplar de su biblioteca debía cumplir un único requisito para estar ahí: haber sido leído.
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Como si volver a la rutina con la suegra en la casa y exceso de trabajo no fueran suficiente castigo, Fernando no ha logrado en todo el día satisfacer sus instintos más básicos y bajar esa erección que a estas alturas lo tiene adolorido. Es el momento del plan B. ¿Qué pensaría su esposa Paula si supiera lo que está por pasar?


Luego de tres maravillosas semanas de vacaciones, de las cuales dos las habían pasado en una playa del litoral central, la familia Hernández regresaba a la normalidad y a la vorágine de la ciudad. De un día para otro había que sumergirse en el mundo laboral y escolar. Una lata, pero nada comparado con la inesperada visita de la señora María. Sí, la querida suegra de Fernando, que de santa no tenía nada, no se perdería por nada del mundo el primer día de colegio de su único nieto. No señor. Ella estaría en primera fila tomando las fotos para la posterioridad… o para avergonzarlo hasta el último de sus días.

Luego de la cena, durante la que por supuesto la señora María se quejó de la cantidad de carne que comía Fernando y de la poca ensalada que comía su hija, Fernando decidió educadamente levantarse de la mesa, aludiendo a que estaba cansado y que al otro día él también comenzaba a trabajar. Hastiado, aburrido y, por qué no decirlo, malhumorado, decidió tomarse una ducha para despejar los instintos psicópatas que le estaban aflorando, de los que la señora María era protagonista principal. Ni Tarantino habría llegado a su nivel de perversión en ese momento. Su cabeza navegaba por una macabra escena cuando sintió entrar a Paula, su mujer.

-Cariño, perdona a mi mama, tú sabes que ella es así.

-¿Así cómo? -quiso aguijonearla.

-Eh…así, especial.

-No cariño -usó el mismo apodo cariñoso que le había dicho para molestarla-, no es especial, es simplemente ¡insoportable!

-¡Fernando! -exclamó deslizando la cortina, y fue en ese preciso momento que sus ojos recorrieron el cuerpo de su adorado marido. Nadie podría negar que Fernando estaba en buen estado, las horas de gimnasio y de trote matutino lo tenían marcadito. Si a eso le sumábamos el dorado de su piel, mmm… conjunto completo y apetecible.

Él, al notar qué parte de su cuerpo miraba detenidamente Paula, echó sus caderas hacia adelante y en tono mimoso le habló:

-Cariño, ¿por qué no dejamos de hablar de tu santa madre y pensamos en nosotros?, el agua está tal como te gusta.

-¿Sí? -respondió Paula acercándose más, tocando esa parte de él que no tardó nada en reaccionar-, ¿tú crees que me va a gustar?

-Por supuesto, piensa que estamos aquí solos, los dos y que Martín ya está durmiendo, Porque lo está ¿verdad?- Su mujer asintió con la cabeza al mismo tiempo que besaba su estómago mojado.

-¡Vaya!- sonrió feliz al ver las intenciones de su mujer- ¡creo que mi ducha promete!

-Sólo estoy pagando los pecados de mi madre.

-Entonces cariño, tendrás que pagar mucho si quieres quedar libre de pecado –jadeó, sintiendo las manos mágicas de Paula bajar, pero en ese idílico instante ambos escucharon desde el otro lado de la puerta:

-Paulita, apúrate que se enfría el té, y a mí me gusta tomarlo calientito.

Como si un balde agua fría cayera sobre Paula, su mano se detuvo. Fernando la miraba sin dar crédito a lo que estaba sucediendo, iba a abrir la boca para decir un improperio, pero… tuvo que quedarse con esas ganas también, ya que ella salió rauda del baño para encontrarse con su santa madre. A ella sí que no la haría esperar.

Si antes Fernando estaba de mal humor, ahora además de llevar un cabreo descomunal, llevaba una erección que no se le quería bajar, ya estaba comenzando a sentir dolor.

Cerró la llave y se fue a acostar con una pequeña esperanza, la que se desvaneció cuando terminada la película que pasaba en televisión, se dio cuenta que eran casi las 2 de la mañana y aún se escuchaban risas desde la cocina. Ahora no sólo odiaba a su suegra, su adorada mujer también había entrado en su lista negra.

Al otro día, todo era algarabía. Martín entraba al colegio y él, por cosas de tiempo, no podría ir a dejarlo. Eso le molestaba, pero con tal de no compartir con su suegra más de lo debido, aceptó sin chistar. Ya tendría otros días para ir a dejar a su hijo sin que nadie los molestara.

El reencuentro laboral, tal y como se lo esperaba, fue caótico. Sobre su escritorio abundaban papeles que necesitaban solución inmediata, todo era para ayer. Maldijo una mil veces por el atraso y por la cantidad de trabajo, ¿cómo nadie lo había podido hacer? Bien entrado el mediodía ya tenía la mitad de las facturas ingresadas al computador, y de esas un cuarto aprobadas. Seguro se quedaba sin almuerzo, sin break y con trabajo pendiente para el otro día. Una hora más tarde su jefe que a esas alturas encabezaba su lista negra lo llamó, y no precisamente para preguntarle qué tal le había ido en las vacaciones, sino que para decirle que Gutiérrez había sido desvinculado de la empresa y hasta que no encontraran a un sustito digno, él se tendría que hacer cargo de su “pega”. Más carga de trabajo sin ningún bono extra, ya que el país no estaba pasando por su mejor momento. Esa había sido exactamente las frases de su jefe, así que además de tener trabajo atrasado, sumado al de su compañero, simplemente trabajaría gratis.

¿Podía comenzar mejor su regreso laboral?

Al devolverse al escritorio pasó por la máquina expendedora de café, no dudó en comprar un expreso doble, tenía que estar despierto y, lo más importante, activo. Pero la mala suerte estaba ensañada con él. Cuando iba de vuelta a su oficina, la chica nueva de la fotocopiadora no lo vio y chocó con él estrellándose con papeles y todo, dándole vuelta el café en su impoluta camisa blanca.

-¡Dios mío…perdón…perdón! -se disculpó la chica al ver el estropicio que había dejado, pero sobre todo por como la miraban ahora.

Tal cual fuera un animal rabioso, Fernando bufó externalizando su rabia y caminó directo hasta el baño, se quitó la camisa y con mala gana comenzó a quitarle la mancha.

-¡Mierda, mierda y más mierda! ¿Qué más tiene que pasar hoy por la mierda?

Varios minutos después volvió a su puesto de trabajo y notó que tenía varios llamados perdidos de Paula. Fue en ese momento que recordó que no la había llamado para preguntarle por el primer día de clases de su hijo. Algo que seguro le pasaría la cuenta, mínimo una discusión. Marcó de inmediato.

-¿Paula?

-No, soy María.

-Buenas tardes María, me pasa con Paula- pidió, pensando en qué cresta tenía que hacer su suegra con el teléfono de su mujer.

-No puedo, mijito, lo siento, Paulita se está duchando porque saldrá a tomarse algo con sus amigas.

Al imaginarse a su mujer desnuda en la ducha, algo cambió en su cuerpo, avisándole que tenía asuntos “pendientes”. Rápidamente se quitó esa idea de la cabeza, después de todo hablaba con su suegra.

-Dígale que me llame cuando salga del baño.

-Te llamó varias veces- respondió incisiva- y tú nada que le contestaste.

¡Dios! Esa mujer era un fastidio humano y para peor, se alojaría en su casa por al menos una semana más.

-Estaba ocupado, sólo dígale que me llame, gracias.

Cortó la conversación totalmente cabreado y, por qué no decirlo, también adolorido. Trabajó durante toda la tarde y nada que Paulita le devolvía el llamado y, por otro lado, nada que avanzaba en su trabajo. Gutiérrez tenía montañas de papeleo sin hacer.

«Flojo de mierda», pensó.

La última vez que miró el reloj marcaba las cinco y una idea comenzó a fraguarse en su cabeza, él necesitaba relajarse y eso haría. Aprovecharía las circunstancias que tenía a su favor. Sí, era un hombre inteligente y hace mucho tiempo que no utilizaba ese recurso.

Además… ¿por qué no?

Sacó su celular y envió un mensaje por whatsapp. Escueto, pero preciso.

17:15 Necesito que no veamos en el bar de siempre a las siete de la tarde. 

Tamborileó los dedos un par de veces esperando respuesta, hasta que el sonido de mensaje le aceleró el corazón.

 17:20 ¿Tanto tiempo? ¿Problemas en el paraíso?      

Una sonrisa ladina de lobo hambriento salió de sus labios.

17:21 Paraíso es donde quiero estar hoy en la noche, ¿puedes?

17:22 Sacaré un par de cosas de mi agenda para verte  y nos veremos en el lugar de siempre, ¿algo especial?

17:22 Sorpréndeme.

17:23 ¡Qué aburrida debe ser tu mujer!           

17:24 No te pases.

17:24 Sólo preguntaba. Nos vemos y sí, ten por seguro que te sorprenderé.

17:25 Por supuesto, para eso te pago.

Pasaron unos minutos hasta que al fin la última respuesta llegó.

 17:30 Te cobraré caro, adiós.

Con eso dio por terminada la conversación, no sin antes arreglarse la entrepierna de su pantalón por segunda vez. Ahora sí que necesitaba que la tarde pasara rápido, para al fin poner solución a su problema.

Tal como lo esperaba, el reloj avanzó presuroso y él puntualmente a las seis treinta dejó todo lo que estaba haciendo para dirigirse a su cita. Al pasar por la esquina vio un puesto de flores y no pudo reprimir las ganas de pensar en su mujer. Ella amaba las rosas. Pero ahora no, no era el momento de pensar en Paula y menos de comprarle rosas.

Cuando llegó al bar, estaba relativamente tranquilo. La música que salía por los parlantes era amena y poco a poco lo hacía olvidarse de todo y de todos. Decidió sentarse en la barra, lo primero que pidió fue un whisky. Se lo merecía, necesitaba relajarse.

Estaba en el segundo sorbo cuando vio aparecer a una despampanante morena ataviada con un ceñido vestido rojo y su melena negra suelta aleonada. Tuvo que refregarse los ojos para asegurarse que estaba mirando correctamente. Hace tiempo no se veían así. Ella estaba especialmente sensual.

Se fijó en sus torneadas piernas, en su cintura, en sus senos, pero especialmente en el vaivén de sus caderas que lo invitaban a recorrerla.

Su primer instinto fue bajarse del taburete e ir a buscarla, como el caballero que era, pero luego recordó que con ella no lo era. Además ella no era precisamente una dama.

-Hola- dijo la despampanante mujer cuando llegó a su lado-, tanto tiempo sin vernos.

-Más de lo que quisiera.

-Bueno, tú dirás. ¿Qué quieres?

-Fácil- respondió Fernando encogiéndose de hombros-, una dama en la mesa y una puta en la cama.

-O sea… ¿me invitarás a cenar?- sonrió con picardía bebiendo un trago de su vaso, para luego pasarse la lengua seductoramente por sus labios.

-No, con el trago tendrá que bastarte, no tengo mucho tiempo.

-Como digas- respondió volviendo a coger el vaso para luego de un sorbo bebérselo hasta el final- ¿Nos vamos?

Alucinado por el desparpajo de la mujer, pagó la cuenta y tomándola por la cintura la guió hasta las afueras del local.

Una de las ventajas de ese bar en el centro era que a pocas cuadras encontrarían el motel que era el guardador de sus tórridos encuentros.

Sin mediar ni dos palabras ingresaron directo a la habitación, después de todo no habían ido allí precisamente para hablar y su contacto era meramente sexual.

Fernando se dio una vuelta en sí mismo, la habitación era tal cual la recordaba y eso le gustó, sobre todo el gran espejo que colgaba del techo. Ver a la mujer que tenía en frente despertaba sus instintos más animales y le encantaba. La chica estaba ahí para que él hiciera lo que quisiera con ella. Eso lo calentaba.

-¿Con qué quieres comenzar?- le preguntó al tiempo que ella misma comenzaba a bajarse el cierre de su vestido.

Fernando sonrió, sí, así le gustaba, directo y claro.

-Con lo que tú me quieras regalar.

-Acá nada se regala guapo, todo se cobra- le recordó, besándole la punta de la nariz.

-Entonces pagaré el servicio completo- aclaró, desabrochándose el botón de su pantalón, invitándola a continuar.

Con un gesto felino en la mirada, la chica simplemente sacó el pantalón dejándolo en bóxers. Luego, como si marcara su propio territorio, con su perfecta uña pintada de color rojo le rozó el elástico para luego juguetear con los vellos que aparecían mientras llegaba a su cometido.

-Tranquila, tenemos tiempo- le dijo Fernando, disfrutando como pocas veces de lo que veía.

-No tanto como el que tú crees.

Obediente a lo que la chica le dijo, él terminó de quitarse todo para quedar completamente desnudo. Entonces la tomó suavemente de la cara para besarla mientras aprovechaba de pasar las manos por todo su cuerpo.

Ella al sentirse en el séptimo cielo atrapó su lengua, disfrutándola, así se quedaron varios segundos hasta que comenzó a bajar con sus carnosos labios por su cuello hasta llegar a su cometido final. La estimulación que estaba sintiendo Fernando en su entrepierna lo tenía a punto de perder el control, no lo dejaba pensar, sólo estaba disfrutando del morbo y del juego caliente que la chica le estaba haciendo sentir.

-Quiero tocarte- pidió en un jadeo.

No recibió respuesta. Ella estaba ocupando la boca en algo que no le permitía responder y sí, él estaba disfrutándolo. Extasiada, la mujer saboreaba aquel miembro viril mientras se le hacía agua la boca, deseaba chuparlo, lamerlo y todo cuanto él le permitiera hacer.

A punto de dejarse llevar y muy consciente de que ella era capaz de aceptarlo sin ningún reparo, la agarró de la cabeza para tenerla a su altura. Ella jadeó, verdaderamente estaba disfrutando: ver cómo aquel hombre la miraba, la encendía aún más. Entregada a lo que viniera se dejó guiar hasta la cama mientras miraba la punta enrojecida del objeto de su deseo. Deseaba tenerlo dentro, deseaba que ese hombre que se la comía con la mirada la partiera en dos y la hiciera perder la razón. Deseaba eso y mucho más.

-¿Qué quieres?

-Te quiero dentro. ¡Ya!

Con una parsimonia que verdaderamente la estaba enloqueciendo, Fernando comenzó a recorrer su cuerpo hasta ponerla debajo de él y así, con húmedos besos, llegar hasta sus muslos por debajo del vestido. Sin previo aviso introdujo los dedos por un lado de la braguita hasta alcanzar su húmedo sexo.

-Separa las piernas… para mí.

Cuando ella obedeció, una oleada de calor recorrió todo su cuerpo, tenerla así, a su merced y sin que nadie los molestara era un verdadero placer para los dioses, y esta vez el dios era él.

-¿Así?

-Perfecto.

Sin dejar pasar más los segundos, Fernando introdujo un dedo en su interior y ella gimió de placer

-¿Te gusta?- preguntó con voz socarrona.

-¡¿Qué si me gusta?! -chilló en respuesta, eso era estar en el infierno y ella se quería quemar ya.

Al escuchar su respuesta, sabedor de lo que hacía, comenzó a mover sus dedos masturbándola, entregándole un placer inconmensurable por varios minutos más hasta que de pronto, ya no quiso que sólo sus dedos fueran partícipes de esa lujuria. Acercó su cara a su sexo palpitante para llegar con su boca y arremeter con su lengua al centro caliente de su placer, dándole incluso un mordisco que la hizo gritar.

Con la respiración a mil y jadeando para que le entrara un poco de aire a los pulmones, ella se dejó hacer y deshacer por aquella lengua experta que la había ya enloquecido completamente, fue tanto que de pronto, al borde del colapso, clavó sus uñas en el hombro de Fernando, lo que lejos de detenerlo, lo animó a mucho más.

¡Dios! ¡Qué delicia estaba sintiendo! Se sentía poderoso e impetuoso.

Ninguno de los dos contaba el tiempo, sólo se entregaban al placer hasta que, sin poder aguantar ya nada más, ella le sujetó la cabeza para acercarlo y, sin importarle sentir su propio sabor, lo besó sintiendo como el calor arrasaba con ellos a partes iguales.

La boca de Fernando la estaba poseyendo igual como segundos anteriores poseyó su sexo, implacable y sin perdón. Ella enredó las manos en su pelo sintiendo que iba a estallar y que no había nada que lo pudiera evitar. Apretando su boca aún más comenzó a temblar. Por su parte él atrapó sus labios y seguro de lo que estaba haciendo introdujo nuevamente un dedo en su interior, llevándola al fin al punto sin retorno del sexo. El temblor que comenzó por sus piernas ahora recorría su cuerpo alojándose en su estómago, para continuar por su pecho hasta alojarse definitivamente en su cabeza, haciéndola chillar mientras se convulsionaba de auténtico placer.

Fernando al verla sonrió satisfecho.

-Voy a follarte ahora.

No alcanzó a recibir una respuesta cuando sin previo aviso posó su duro pene entre sus muslos y de una certera y profunda estocada la penetró hasta el final para, segundos después, llevarla nuevamente al clímax, sólo que esta vez los hizo temblar a ambos. Las duras embestidas y el morbo del momento lo llevaron al séptimo cielo del placer, donde se quedó feliz y saciado hasta que su corazón comenzó de nuevo a latir normalmente. Estaba aún jadeando cuando abrió los ojos para encontrarse no sólo con una mirada satisfecha, sino con una de las más hermosas que haya visto jamás.

Fernando estaba emocionado y conmovido por la entrega que ella siempre le daba, con un beso que le calentó el corazón y no el cuerpo, selló el momento. Una vez que volvieron a la calma, ella se sentó a horcajadas sobre él y tomando su mano con la de ella la puso al lado de su corazón y dejándose caer muy despacio sobre él, apoyando su frente sobre la suya murmuró:

-Te amo tanto…

Fernando cerró los ojos volviendo a la realidad del momento y del lugar en que se encontraba.

-¿Qué hice…?

-Entregarnos el uno al otro, amarnos cariño- respondió Paula, acalorada por el momento que acababa de vivir. Sin querer esperar más exigió- Y ahora quiero que me hagas el amor.

Apasionado por lo que su mujer le hacía sentir, clavó no solo la mirada en ella, sino que también mucho más, introduciéndose una y otra vez en la razón de su existir. Hasta que en un jadeo varonil y, tras la última embestida, le hizo saber a su mujer que estaba a punto de llegar al final. Ella así, simplemente mirándolo a los ojos, también llegó al final.

Con la respiración acelerada, Fernando la miró y tomó su mano.

-Cariño, vuelvo a ser yo.

-Siempre has sido tú… sólo que así eres más mandón.

-¿Yo?- sonrió feliz y extasiado.

Paula sonrió también. Aún con la mano tomada y la respiración entrecortada le dijo:

-Sí, y mañana te toca ir a dejar a ti a Martín, lo que es yo… dormiré.

-¿Y el mandón era yo?

 

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