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Desigualmente desiguales (o por qué la desigualdad sigue esperando)

por 13 junio, 2011

Si la desigualdad se comporta de esta forma, hablar de desigualdad es hablar de ese 10% más rico y el resto. De cómo se generan los ingresos en ese 10% más rico a diferencia del resto, y cómo se reproduce a nivel generacional. Es hablar de por qué cuesta tanto que el resto de la población, incluso aquellos que están teniendo estudios universitarios, puedan saltar a niveles de ingreso equiparables. Y por tanto, es hablar sobre todo de poder, redes y contactos.
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La desigualdad en Chile, a pesar de ser una de las heridas más grandes de nuestra sociedad, sigue sin poder entrar en la agenda política de la elite de forma maciza. El año 2005 fue quizás “el” momento en que, a propósito de unas declaraciones del Obispo Goic (“la desigualdad en Chile es escandalosa”) se estuvo más cerca de reconocerla como un desafío país. Vinieron seminarios y discursos pero nada concreto.

Lejos de ello, ni en la dictadura, ni en los gobiernos de la Concertación, ni en el actual gobierno, se ha establecido como objetivo claro la reducción de ésta. Ha estado ciertamente en el debate abstracto pero nunca se ha traducido en objetivos concretos de las administraciones, metas medibles y estrategias consecuentes.

¿Razón? La principal, es que la desigualdad en Chile no es “cualquier desigualdad”. Chile es “desigualmente desigual”. Si tomamos una de sus manifestaciones mayores, la desigualdad de ingresos, reconoceremos fácilmente que la desigualdad no se distribuye igualmente en la población sino que es un grupo en particular, el 10% más rico (cuyo ingreso promedio por hogar casi alcanza los $3.000.000) el que se “dispara” del resto de la población. Este grupo casi triplica en promedio de ingreso al siguiente decil (cuyo ingreso promedio por hogar apenas supera el $1.100.000) y concentra casi el 40% del ingreso del país. Mientras el siguiente decil sólo concentra el 15% del ingreso del país.

Si la desigualdad se comporta de esta forma, hablar de desigualdad es hablar de ese 10% más rico y el resto. De cómo se generan los ingresos en ese 10% más rico a diferencia del resto, y cómo se reproduce a nivel generacional. Es hablar de por qué cuesta tanto que el resto de la población, incluso aquellos que están teniendo estudios universitarios, puedan saltar a niveles de ingreso equiparables. Y por tanto, es hablar sobre todo de poder, redes y contactos.

Dicho de otro modo, hay un 90% de la población que vive en rangos de desigualdad relativamente normales y que se condice con altos grados de movilidad especialmente en los cuatro primeros deciles. Mientras, hay un 10% que se escapa del resto y con una importante transmisión intergeneracional. Las cifras están disponibles y cuando se elaboran gráficos, el dibujo a simple vista es decidor… La última barra se sale del marco y, la mayoría son los hijos de los que estaban en esa última barra en décadas atrás.

Por lo tanto, si la desigualdad se comporta de esta forma, hablar de desigualdad es hablar de ese 10% más rico y el resto. De cómo se generan los ingresos en ese 10% más rico a diferencia del resto, y cómo se reproduce a nivel generacional. Es hablar de por qué cuesta tanto que el resto de la población, incluso aquellos que están teniendo estudios universitarios, puedan saltar a niveles de ingreso equiparables. Y por tanto, es hablar sobre todo de poder, redes y contactos. De “cartas de recomendación”, de colegios y movimientos religiosos que reproducen las diferencias. Es hablar de clanes y de gente con nombre y apellido. Es hablar de capitales humanos y sociales.

Hablar de ese 10% es hablar de la historia de Chile desde la Colonia y el modo en que esta se realizó. Es hablar de una clase que, a excepción de la incorporación de ciertos inmigrantes y uno que otro artista, comerciante o deportista ha descubierto formas y nuevas formas de “hacer la diferencia”.

Y hablar de todo esto cuesta, por eso no es un desafío del país. Porque todavía hay temor al conflicto de clase, temor a la desconfianza y al resentimiento social o étnico. Cuesta porque nos han enseñado que para modernizarnos y superar la pobreza “no hay que nivelar para abajo”... Pero sobre todo cuesta porque, he aquí la paradoja, la gran mayoría de los que tenemos la posibilidad de hablar e intervenir en el debate público con cierta publicidad e impacto, venimos de ese 10%, estamos cerca afectivamente, o aspiramos a él... Por tanto, es hablar de nosotros, de nuestras aspiraciones y nuestros privilegios.

Cualquier política y acción pro igualdad si no toma en cuenta todo esto, siempre será una política o acción distributiva más, necesaria, pero paliativa. Si queremos cambiar necesitamos renuncia por más justicia. A favor, tendremos una sociedad de hermanos, con menos miedos, más feliz.

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