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Los límites y fronteras de la democracia y el desafío por un orden mejor

por 8 abril, 2012

Avanzar progresivamente en la construcción de un nuevo orden, de una nueva política democrática significa no renunciar al antagonismo y la contraposición de ideas como una forma legítima de expresión; sólo de esta forma se podrá correr el cerco y cruzar las fronteras del actual sistema institucional chileno.
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Cuántas veces hemos escuchado de un importante sector de las elites, de algunos representantes de la clase política y de determinados medios de comunicación, que nuestro sistema democrático, más allá de sus imperfecciones, dispone y tiene los espacios y canales (institucionales) para que la ciudadanía encauce sus demandas; es más, que no se necesitan paros, tomas, protestas, acciones colectivas y movilizaciones para obtener determinados “beneficios”; incluso, que senadores y diputados son o serían por esencia los únicos representantes y canalizadores de las demandas y requerimientos ciudadanos. Por ello, cada vez que se produce alguna acción de protesta o movilización social, de inmediato aparece el discurso de la autoridad política de turno para deslegitimar o restarle todo mérito a estas acciones, como si fueran manifestaciones extemporáneas y no constituyeran parte de un sistema que se dice democrático.

En ese sentido y vinculado con lo anterior, pareciera, como señala el filósofo Etienne Tassin, que seguimos atrapados en dos dimensiones de cómo entender la política, por una parte como una gestión, administración, planificación de relaciones, es decir una política económica, que centra su atención en el dominio económico que persigue maximizar rendimientos. En el fondo la política vista como gestión o management y por otro lado tenemos aquella mirada centrada en prácticas de dominación, coerción, represión y que busca la obediencia de parte de los sujetos. Sin embargo, la política, aquello que el intelectual Norbert Lechner denominaba como la conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado, implica —siguiendo a Tassin— que los ciudadanos son capaces de relacionarse no necesariamente por intereses privados, sino sobre interese comunes, de aquellos aspectos que pueden compartir, sobre la base del respeto a la libertad e igualdad.

Avanzar progresivamente en la construcción de un nuevo orden, de una nueva política democrática significa no renunciar al antagonismo y la contraposición de ideas como una forma legítima de expresión; sólo de esta forma se podrá correr el cerco y cruzar las fronteras del actual sistema institucional chileno.

Tal como señala Zygmunt Bauman la libertad individual sólo puede ser conseguida y garantizada a través de un trabajo colectivo. Libertad entendida como una relación en la cual los sujetos pueden vincularse con otros al interior de un determinado espacio o realidad y no como aquello que solamente busca la satisfacción privada o particular.

Por ello, resulta interesante poner atención con lo ocurrido en el último tiempo, cuando los ciudadanos con todas las complicaciones y prejuicios que conlleva enfrentar la hegemonía neoliberal, han emprendido determinadas acciones, desafiando, cuestionamiento y puesto en tela de juicio los límites, fronteras e imperfecciones que tiene el sistema democrático chileno.

Si bien aquello, se puede soslayar y así lo piensa un sector de la clase política, mediante determinada legislación o reformas políticas (por ejemplo cambio al binominal, elección de autoridades regionales) entregando mayor poder y espacios de participación a los ciudadanos o simplemente continuar bajo otro “ropajes” con políticas asistencialistas, clientelares y de cooptación, se requiere mejorar y potenciar otros aspectos, por ejemplo que algunos partidos logren superar su crisis orgánica y de conducción, que los ciudadanos pasen de ser espectadores a actores de los procesos sociales y políticos, que logren ir tejiendo espacios de sociabilidad para revertir aquello que el citado Buaman señalaba en el sentido que el incremento de la libertad individual ha conllevado el incremento de la impotencia colectiva. Por eso el objetivo como proyección histórica y política, es construir desde sus particulares realidades y en un trabajo mancomunado con los otros, una sociedad deliberativa, participativa, que no teme al conflicto, entendido este último como parte constitutiva de una sociedad que se dice pluralista y democrática, es decir, desde que existe pluralidad tenemos conflictos, los cuales no siempre se expresan de manera violenta.

Se trata de ir tomando conciencia que los temas controvertidos de interés público, no solamente competen o se debaten a nivel de clase política y los tecnócratas de turno, sino también (es ahí la responsabilidad política y social que tenemos como ciudadanos) se deben y tienen que debatir pública y abiertamente, sin ningún tipo de tutela, ya sea religiosa, militar o empresarial.

En ese sentido uno de los aspectos importantes como campo en disputa lo constituye el tipo de democracia que tenemos y deseamos construir, lo cual conlleva analizar las vías, ritmos y tiempos que aquello significa; es decir, queremos como señala Hugo Zemelman, citando un trabajo de José Medina Echavarría, seguir sosteniendo una democracia funcionalista, preocupada celosamente por el orden, la armonía social, que resta todo valor a la lucha y el conflicto o decididamente apostamos por construir un tipo de democracia que asume la inevitabilidad de estos aspectos, por lo tanto no teme, deslegitima o da la espalda a las acciones colectivas, los movimientos sociales y la ciudadanía opinante y organizada.

Por lo tanto, uno de los desafíos es convertir y traducir los requerimientos particulares, en intereses más amplios, en una determinada acción política, lo cual se lograría por ejemplo, por medio de un proceso de agregación de demandas, no disociando lo político con lo social y donde los partidos (superada su crisis) sean auténticas estructura orgánica de resistencia y producción alternativa, cuestionando la globalidad a través de una transformación radical (general). Como señala Tomás Moulián, el partido constituye aquel correlato del poder, un órgano que permite la constitución del grupo y la superación de la disgregación, posibilita la producción de una voluntad de carácter colectivo, especialmente en sociedades neoliberales donde impera el hiperindividualismo.

Entonces, avanzar progresivamente en la construcción de un nuevo orden, de una nueva política democrática significa no renunciar al antagonismo y la contraposición de ideas como una forma legítima de expresión; sólo de esta forma se podrá correr el cerco y cruzar las fronteras del actual sistema institucional chileno, que desde diversos sectores aún sigue privilegiando y mantiene (defendiendo) una democracia del espectador-consumidor, la fabricación de la opinión pública, los custodios del pensamiento único y sus respectivos aparatos ideológicos de persuasión.

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