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Los extremos de la memoria

por 2 julio, 2012

Contextualizar no es justificar. La “justificación” de los crímenes necesita de razones de orden moral; la “contextualización” da explicaciones de tipo histórico. La pregunta entonces es la siguiente: ¿qué se pierde cuando no aportamos esas explicaciones históricas? Principalmente, se pierde el sentido de lo que se habla. Por eso siempre necesitamos saber el contexto de las cosas: en el periodismo, en la historia y en la literatura, la época ayuda a encontrar el sentido.
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Desde su creación, el Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos ha sido objeto de polémica. Esta vez se discute la pertinencia de aumentar el contexto histórico de su exposición permanente, dedicada a los crímenes cometidos en contra de los DD.HH en tiempos de la dictadura. Hay quienes afirman que incluir los años anteriores a la crisis del ’73 intentaría justificar dichos crímenes por la atmósfera que los rodean, siendo esos crímenes injustificables; otros dicen que sin la explicación histórica, la muestra es sesgada.

Algunas distinciones al respecto. En primer lugar, no se trata de entrar en la “lógica del empate” o restar culpabilidad a los crímenes cometidos durante la dictadura señalando que habría otros crímenes anteriores a ellos. Empatar es buscar la igualdad, y es ridículo igualar las faltas de la UP a los crímenes del gobierno militar. Nunca será posible poner la toma de fundos, las amenazas y los atentados al Estado de derecho del gobierno de Allende en un mismo nivel con la política sistemática de tortura, asesinato y desaparición forzada de personas.

Contextualizar no es justificar. La “justificación” de los crímenes necesita de razones de orden moral; la “contextualización” da explicaciones de tipo histórico. La pregunta entonces es la siguiente: ¿qué se pierde cuando no aportamos esas explicaciones históricas? Principalmente, se pierde el sentido de lo que se habla. Por eso siempre necesitamos saber el contexto de las cosas: en el periodismo, en la historia y en la literatura, la época ayuda a encontrar el sentido.

En segundo lugar, contextualizar no es justificar. La “justificación” de los crímenes necesita de razones de orden moral; la “contextualización” da explicaciones de tipo histórico. La pregunta entonces es la siguiente: ¿qué se pierde cuando no aportamos esas explicaciones históricas? Principalmente, se pierde el sentido de lo que se habla. Por eso siempre necesitamos saber el contexto de las cosas: en el periodismo, en la historia y en la literatura, la época ayuda a encontrar el sentido. Sería extraño que el único hecho histórico que no se deba contextualizar sean las violaciones a los DD.HH. Y en este caso, el sentido es importante. En Chile, la posición respecto a los DD.HH es prácticamente una sola y, al menos en el debate público y político, nadie defiende las violaciones a los DD.HH.

En períodos de normalidad, es fácil obtener este tipo de acuerdos sociales que rechazan lo atroz. Pero, ¿qué hace posible el quiebre de ese estado de normalidad, donde prima el acuerdo esencial de no usar medios de coerción brutales y siempre ilegítimos unos contra otros, para desatar luego el odio? Es necesario comprender que crímenes como estos no suceden de la nada, sino que son fruto de un escenario generalizado de violencia, donde las instituciones y los cauces cívicos que en situaciones normales frenan los conflictos, se encuentran seriamente dañados. Leído desde la buena fe, si se quiere contextualizar es para conocer el momento en el que la violencia y el odio se instalaron en la discusión pública y para aprender a prevenirla. Si no se conocen los límites que en el pasado fueron traspasados y que hicieron que el civismo se desbarranque, se podrá caer fácilmente en lo mismo en el futuro.

Debemos evitar los dos extremos viciosos que se dan en esta discusión: no dar ningún contexto o contextualizar para justificar. Ambas posiciones son presentadas como un falso dilema, ya que existe la alternativa de dar el contexto para lograr una mejor comprensión, sin justificar en un ápice la maldad de los crímenes cometidos. Y es esta la alternativa que debemos seguir, porque existe un valor público tanto en mostrar el carácter y magnitud de las violaciones a los DD.HH, como en comprender las causas que permitieron que ese tipo de conductas pudieran ocurrir impunemente a lo largo de varios años.

El Museo de la Memoria puede ganar mucho ampliando su exposición permanente, teniendo como objetivo principal la reflexión en torno a la violencia y el odio social. Entre otras cosas, dicha tarea enriquecería su labor educativa, lo que sin duda aportaría directamente a la promoción y al cuidado de las formas democráticas. Con el aporte del contexto sin duda es más fácil generar una reflexión común, donde exista una comprensión del otro y se dé un paso definitivo para el reencuentro entre dos bandos que desde hace años parecen irreconciliables.

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