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Velasco v/s Girardi o la naturalidad del cinismo

por 3 julio, 2012

Velasco v/s Girardi o la naturalidad del cinismo
Presión procedimentalizada y chantaje clientelar es la diferencia entre democracia y mafia; entre coerción pública legítima y amenaza explícita en favor de intereses particularistas.
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Una fórmula conservadora indicaría que el primer deber ciudadano es mantener la calma. Eso puede ser conveniente en un país telúrico, aunque se transforma en cinismo antidemocrático cuando se trata de no sorprenderse por nada.

Cuando Velasco se refirió a Girardi como el líder del clientelismo y de las malas prácticas políticas por haberle entregado una lista de clientes y haberle exigido atenderlos como reyes so pena de chantaje legislativo a 4 años y 1 día, hubo tres tipos de actitudes cínicas. Una de ellas fue el cinismo del detective de homicidios que ya no se sorprende de la naturaleza humana: ‘esto ya lo sabíamos; no hay nada nuevo en lo que dice el candidato’ (un ex vocero). La segunda actitud cínica es subsidiaria de la primera, pero se encarna en una forma de cinismo automedicado: ‘que a mi me digan que hay presiones, no me sorprende’ (un ex presidente). Y el tercero es el cinismo vaticano del ‘mea culpa de los demás’ (un senador), según el cual Bachelet y probablemente todos los ex Presidentes debieran decirnos si actuaron bajo presión en el ejercicio de sus cargos. Que todo esto se trata de posicionamientos electorales es cierto, pero asumir que solo se trata de eso, sería nuevamente una muestra de cinismo estratégico para el cual no importaría tanto que haya presiones, sino que lo central sería dominar la pauta mediática, especialmente cuando las marchas en familia no sirven para repuntar en las encuestas.

Es decir, clientelismo, compadrazgo, pitutos y demases, son parte de la vida cotidiana, pero eso no los hace aceptables en estructuras democráticas, precisamente porque operan contra la democracia.

Sin embargo, uno debiera pensar que Velasco también ha querido decir algo acerca del actuar procedimental en política, algo acerca de la democracia y su fair play. Pero si quiso decir algo de eso, la propia comunicación política se ha encargado de normalizar sus buenas intenciones y ha transformado el ‘clientelismo y las malas prácticas’ en la fórmula ambigua de las ‘presiones políticas’, y estas son cosas radicalmente distintas. Enfrentar presiones es una trivialidad. La pregunta es si esas presiones se someten a filtros procedimentales, es decir, si quedan sujetas a la neutralización que impone —y a la que aspira— la institucionalidad democrática, o si por el contrario lo que prima en la acción política es el clientelismo y las malas prácticas. Presión procedimentalizada y chantaje clientelar es la diferencia entre democracia y mafia; entre coerción pública legítima y amenaza explícita en favor de intereses particularistas.

 Si no se hace esta distinción con fuerza, y en cambio se pretende instalar la idea de que el clientelismo es ‘un tipo de presión normal’, entonces lo único que se consigue es naturalizar el cinismo en la praxis política. Esto puede ser útil para mantener la calma, pero no puede ser empleado para hacernos creer que la democracia también puede funcionar clientelarmente. Es ciertamente posible que una solución democrática sea no votar por caudillos clientelistas, pero ello pasa por alto que son precisamente las redes clientelares las que hacen que se vote por caudillos. Es decir, clientelismo, compadrazgo, pitutos y demases, son parte de la vida cotidiana, pero eso no los hace aceptables en estructuras democráticas, precisamente porque operan contra la democracia.

 Confundirlos, de manera no intencionada o deliberadamente, solo puede despertar la sospecha de que quien lo hace, también forma parte de esas redes.

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