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El salario mínimo y la definición de la realidad

por 18 julio, 2012

Un día se escucha este elogio y ello hace pensar que puede elevarse el sueldo mínimo hasta un sueldo mínimo justo (cercano a él); al otro día se escucha que la crisis nos amenaza y que no es conveniente elevar el sueldo mínimo más allá del sueldo mínimo correcto. En cualquier caso, son expertos los encargados de interpretar y definir qué y cuál es la realidad. Sin que hasta ahora seamos conscientes de ello, es precisamente esta capacidad de ciertos grupos de definir la realidad y sus límites lo que se pone cada vez más en el centro del debate.
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La discusión sobre el salario mínimo se plantea como un debate sobre el límite y sobre los efectos perversos de acciones bien intencionadas: la pregunta es cuán lejos podemos realizar nuestras intenciones de aumentar el sueldo mínimo —intención que todos los sectores asumen tener—, sin que aparezca el efecto indeseable de un mayor desempleo.

Así planteada la discusión sobre el salario mínimo se niega que ésta tenga algo que ver con el clásico conflicto de intereses entre capital y trabajo: no es que unos pretendan mantener un sueldo mínimo bajo, porque defienden intereses egoístas —asociados a la acumulación mezquina del capital—, mientras que los otros, opuestos a aquéllos, pretendan elevar el sueldo mínimo intentando defender los intereses de los trabajadores. Quien así plante las cosas estaría fuera de tiesto, preso de ideologías añejas. No, no se trata de un tal conflicto, pues según se plantean las cosas, todos y cada uno —sea de derecha o de izquierda— tienen el mismo interés y la misma buena intención: subir el sueldo mínimo al máximo posible.

Un día se escucha este elogio y ello hace pensar que puede elevarse el sueldo mínimo hasta un sueldo mínimo justo (cercano a él); al otro día se escucha que la crisis nos amenaza y que no es conveniente elevar el sueldo mínimo más allá del sueldo mínimo correcto. En cualquier caso, son expertos los encargados de interpretar y definir qué y cuál es la realidad. Sin que hasta ahora seamos conscientes de ello, es precisamente esta capacidad de ciertos grupos de definir la realidad y sus límites lo que se pone cada vez más en el centro del debate.

Pero si ello es así, dónde entonces residen las diferencias en este debate. Lo hacen en relación al “límite correcto”, es decir, al límite más allá del cual se generaría desempleo. Todos quieren subir el sueldo mínimo (nadie quiere defender los intereses mezquinos del capital!!), pero —en interés de todos los chilenos y sobre todo de los más pobres—, se debe actuar responsablemente, esto es, subirlo hasta aquél punto ―conocido sólo por unos pocos― máximo, que es tal pues, si se lo llevase un poco más allá, se produciría desempleo.

Sólo de este modo, reza el modo en que se plantean las cosas, se pueden defender verdaderamente los intereses de los más pobres. Quienes, de hecho, crean —llevados por sus buenas intenciones o por ideologías de justicia social— defender esos intereses exigiendo un sueldo mínimo más allá del “límite correcto”, no generarán sino precisamente lo contrario: mayor pobreza para los pobres. A este tipo de argumento Hirschman lo llamó la tesis de la perversidad, y corresponde ―desde la propia reacción a la revolución francesa― a uno de los argumentos predilectos de la retórica conservadora. Esa retórica proviene ahora, sin embargo, del neoliberalismo económico y su forma de entender el bien común y la solidaridad. No elevar “demasiado” el sueldo mínimo, no extralimitarlo, se transforma así en una verdadera política orientada en interés de los más pobres. Para ayudar a los más pobres no hay que buscar un sueldo mínimo justo sino únicamente uno correcto o conveniente.

De hecho nadie niega que el sueldo mínimo correcto sea un sueldo paupérrimo, o incluso injusto. De ahí que al mismo tiempo se abogue por políticas sociales de bonos, asistencias a las familias, y otras ayudas del Estado a los más pobres. De este modo, cambiar la política del reconocimiento de derechos sociales individuales basada en el principio de justicia —como es el de un salario mínimo justo— por una política del amor piadoso operada con la asistencia social y la ayuda focalizada, tampoco aparece como una cuestión ideológica, sino como una exigencia que impone una mirada responsable, no populista y desideologizada sobre el juego de variables económicas que tejen la trama de la realidad.

Este modo plantear las cosas implica la necesidad de recurrir a la ciencia económica, a los expertos en el comportamiento de dichas variables. Sólo éstos pueden establecer el límite, más allá del cual se genera el efecto perverso del desempleo. Sólo ella puede limitar el interés por la justicia oponiéndole la fría realidad de cómo interactúan tales variables: Todos quisieran un sueldo mínimo justo, pero lo único responsable es aspirar al sueldo mínimo técnicamente correcto.

La política que plantea así las cosas se transforma en la representante de la técnica económica. Es política, sin duda, hecha por políticos profesionales, pero su acción política se orienta, de una parte, a defender la voz experta y, por otra, a eliminar discusiones políticas en materias que debiesen ser discutidas de modo estrictamente técnico, so pena de ser irresponsable. Se trata de una política de la no política; de una política cuya ética resulta del apego estricto a la técnica económica neoliberal. Es, en todo caso, una política del modelo económico. Max Weber opuso la ética responsabilidad a la ética de la convicción, valorando la primera contra la segunda: la ética de la responsabilidad exige conformarse, nos guste o no, con el sueldo mínimo correcto. La ética de la convicción ―irresponsable, por muy bien intencionada que sea― exige un sueldo mínimo justo (léase aquí, por sobre el límite de lo correcto). La transición chilena a la democracia y la así llamada renovación socialista se estructuraron bajo esta dicotomía weberiana; ello para excluir las exigencias de justicia y democracia del pueblo que se había movilizado contra la dictadura. Nuevamente, no se trata de diferencias de intereses, sino sólo de dónde ubicar los límites. La consigna fue y es “en la medida de lo posible”. Si antaño debía respetarse la fragilidad de la democracia, hoy debe respetarse la fragilidad de la economía. En ambos casos hay expertos que saben bien sobre tales fragilidades.

Ahí donde habla la técnica, no puede haber discusión pues es irracional discutir sobre las verdades tecno-científicas que hablan sobre los límites posibles de la realidad. Desde Hannah Arendt hasta Jürgen Habermas y Luc Boltanski esto se ha identificado como una de las patologías del mundo moderno: ahí donde los ciudadanos debían discutir sobre las reglas que querían darse a sí mismos para configurar su realidad, ahí la ciencia y la técnica les impone una noción de realidad externa, fetichizada, a la que sólo cabe conformarse, tratar de capear cuando se torna agresiva. Los designios de esta realidad sólo pueden ser descifrados por expertos, cuando pueden. El lenguaje de políticos y expertos para hablar de la crisis económica es, de hecho, muy similar al que se usa frente a catástrofes naturales.

El sueldo mínimo no debiese subirse más allá del límite de lo conveniente, reza esta forma de plantear las cosas. No sólo porque se puede generar desempleo, sino que además porque estaríamos ante un posible frente de mal tiempo, frente a una crisis, cuyas consecuencias en la economía nacional no son previsibles. Bajo estas circunstancias, no es recomendable, por tanto, realizar modificaciones en las variables de una economía, como la nuestra, elogiada por su excelente desempeño. Un día se escucha este elogio y ello hace pensar que puede elevarse el sueldo mínimo hasta un sueldo mínimo justo (cercano a él); al otro día se escucha que la crisis nos amenaza y que no es conveniente elevar el sueldo mínimo más allá del sueldo mínimo correcto. En cualquier caso, son expertos los encargados de interpretar y definir qué y cuál es la realidad.

Sin que hasta ahora seamos conscientes de ello, es precisamente esta capacidad de ciertos grupos de definir la realidad y sus límites lo que se pone cada vez más en el centro del debate. El movimiento estudiantil chileno realizó esta novedad y precisamente por ello no responde estrictamente a las viejas ideologías comunistas, como varios han dicho. Ese movimiento puso en otro lugar los límites de lo real y, con ello, de lo posible. Ese movimiento vino a disputarle ―a políticos y expertos― la capacidad de definir la realidad. De este modo los límites de la acción política responsable se transformaron. Se transformó así la definición de cómo ocuparse del bien común y del bienestar de los más desposeídos. La gran disputa política de nuestro tiempo es una disputa por la realidad. La consigna de los movimientos sociales no es tanto “otro mundo es posible”, como “otra realidad es posible”.

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