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La cotidianeidad de las diferencias de ingresos y un camino hacia la equidad

por 17 agosto, 2012

Si con los niveles de desarrollo alcanzados por el país somos capaces de convivir con uno de las perores distribuciones del ingreso del mundo, si no nos avergonzamos de ganar el triple, diez, veinte o cincuenta veces más que una persona que trabaja a metros de distancia, muchas veces haciendo labores que las personas de altos salarios no serían capaces de hacer (como cuidar a sus hijos, hacer el aseo, resguardar la seguridad, recoger basura o tantas otras labores de altísima exigencia y socialmente pesimamente valoradas), quiere decir que como sociedad seguimos atrapados en el subdesarrollo, capturados por la avaricia, el individualismo y una devoción a la competencia que nos tiene a todos tratando de sobrevivir a costa de hundir al de al lado.
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La encuesta Casen 2011 nos acaba de entregar una importante noticia: la diferencia de ingresos entre el 10% más rico y el 10% más pobre el 2011 fue de 35 veces. En esta columna no se pretende caer en la autocomplacencia de las autoridades o en el análisis riguroso de la tecnocracia en términos de analizar si esta diferencia bajó o subió con respecto a la última medición. Partiremos desde la base de que esta diferencia es vergonzosa, inmoral e inaceptable.

Bajemos estas cifras a la realidad. Un ingreso (autónomo) representativo de una familia del 10% más pobre se ubica en torno a los $85.000. Para que la diferencia de 35 veces calce matemáticamente, un ingreso (autónomo) representativo de una familia del 10% más rico está por sobre los $3.000.000.

Al presentarse estas desigualdades, típicamente se elabora un relato que describe las diferencias entre ambas realidades como si se tratase de dos mundos distantes e independientes. No obstante, este relato deja en sombras una realidad cotidiana: ambos mundos están cruzados y se interrelacionan en el día a día cara a cara. Por ejemplo, usted tal vez tenga la oportunidad de ver en la puerta de su lugar de trabajo como el guardia del edificio (que gana probablemente el sueldo mínimo, es subcontratado y trabaja más de las 45 horas semanales legales) saluda con una obligada amabilidad al gerente representativo de los ingresos del 10% más rico (que gana varios millones, más probablemente otros beneficios). O tal vez, conozca usted el caso de alguna empleada doméstica que se desvive por sacar adelante las tareas encomendadas por sus patrones, que ostentan de un ingreso familiar 35 veces superior al de ella. Así usted puede percatarse a través de estos ejemplos, y en muchos otros también, como estos dos mundos, distantes a 35 ingresos de diferencia, conviven día a día.

Si con los niveles de desarrollo alcanzados por el país somos capaces de convivir con una de las perores distribuciones del ingreso del mundo, si no nos avergonzamos de ganar el triple, diez, veinte o cincuenta veces más que una persona que trabaja a metros de distancia, muchas veces haciendo labores que las personas de altos salarios no serían capaces de hacer (como cuidar a sus hijos, hacer el aseo, resguardar la seguridad, recoger basura o tantas otras labores de altísima exigencia y socialmente pésimamente valoradas), quiere decir que como sociedad seguimos atrapados en el subdesarrollo, capturados por la avaricia, el individualismo y una devoción a la competencia que nos tiene a todos tratando de sobrevivir a costa de hundir al de al lado.

Pues bien, es ultra conocido el hecho de que las diferencias de ingresos en Chile no pueden atribuirse a causas específicas, sino que más bien es un hecho multicausal que se arrastra desde hace siglos. Sin embargo, lo que a muchos hoy nos irrita, es como gobierno tras gobierno se siguen anunciando políticas que —tendientes a corregir el problema— no logran avanzar hacia una solución. “Es un tema de largo plazo” nos dirán con tono de autocomplaciencia desde la vereda política dominante. Este discurso del largo plazo ya ha perdido bastante validez. Si quienes lo promulgan se refiriesen a que la solución pasa por mejoras en nuestro sistema educativo, treinta años de incremento sostenido en la matricula de educación superior con avances modestos en disminuir la desigualdad desacreditan esta tesis. Si por otro lado se refiriesen a que el crecimiento económico es el camino para superar las desigualdades de ingresos, las dos últimas décadas —el período de mayor crecimiento económico en la historia del país— en que la desigualdad se ha mantenido prácticamente intacta, tampoco avalan este argumento.

Sugiero entonces dos caminos de acción para hacernos cargo del problema, y para que empecemos a construir una sociedad que considere inaceptable grandes diferencias salariales entre sus cohabitantes.

El primer camino se traza por el espacio de la política pública. La propuesta parte de la base que las diferencias salariales del país se ven muchas veces reflejadas al interior de las empresas u organizaciones. A partir de esto, se sugiere reemplazar el actual impuesto a las utilidades —hoy de un 20%— por un impuesto a las diferencias salariales intraempresa. La lógica detrás es la misma que presenta la teoría económica como por ejemplo para grabar el consumo de cigarrillos: tal como fumarse un cigarro es dañino y perjudica al entorno, generar desigualdad también lo es. En exceso, el consumo de tabaco puede producir la muerte de las personas. En exceso, el generar desigualdad puede producir la muerte de las sociedades.

¿Cómo funcionaría este impuesto? Primero, se tendría que generar para cada empresa un indicador de diferencias salariales, el cual reflejaría cuantas veces cabe el sueldo menor en el salario más alto dentro de la misma empresa. Este indicador representaría la tasa impositiva —sobre las utilidades— que debiese pagar cada empresa. Con esto, si el dueño de una empresa quiere por un lado asignarse un sueldo alto o remunerar suculentamente a sus gerentes, y por otro pagar el mínimo a los empleados que menos valora, deberá costear un alto impuesto por ello. Por ejemplo, si en una empresa el gerente general tiene asignado un salario de 10 millones de pesos y remunera con el sueldo mínimo a otros trabajadores, deberá pagar un impuesto cercano al 50%. En el otro extremo, empresas con bajas diferencias de ingresos entre trabajadores, pagarán un impuesto bajo. En este caso encontramos por ejemplo a la Fundación Sol, organización en que uno de sus miembros (Marco Kremerman en el programa Tolerancia Cero) declaró que las diferencias salariales entre los trabajadores de esta fundación no superaban las 2 veces entre el salario menor y el mayor. Personalmente participo en un proyecto que se puso como objetivo funcionar sobre la base de un indicador igual a 1.

El premio entonces se lo llevan las iniciativas que busquen mejorar la distribución de los ingresos dentro de su misma organización.

Por supuesto que técnicamente la propuesta se puede afinar, sin embargo, lo que se quiere relevar es el trasfondo político y valórico que la sustenta.

El segundo camino tiene que ver con la valoración ética que como sociedad otorgamos al tema de la desigualdad. Si con los niveles de desarrollo alcanzados por el país somos capaces de convivir con uno de las perores distribuciones del ingreso del mundo, si no nos avergonzamos de ganar el triple, diez, veinte o cincuenta veces más que una persona que trabaja a metros de distancia, muchas veces haciendo labores que las personas de altos salarios no serían capaces de hacer (como cuidar a sus hijos, hacer el aseo, resguardar la seguridad, recoger basura o tantas otras labores de altísima exigencia y socialmente pesimamente valoradas), quiere decir que como sociedad seguimos atrapados en el subdesarrollo, capturados por la avaricia, el individualismo y una devoción a la competencia que nos tiene a todos tratando de sobrevivir a costa de hundir al de al lado.

Estoy seguro que como sociedad estamos transitando hacia un sentido valórico distinto. No queda más que tomar conciencia, actuar en consecuencia y atreverse a generar las condiciones para diseñar e implementar estructuras de organización nuevas. Ya sea en el espacio público. Ya sea en el espacio personal.

Las actuales estructuras comienzan a perder sentido y vigencia. Es momento de renovar el ambiente. 

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