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Un juicio para Cristián Precht

por 21 diciembre, 2012

El clima de simpatía hacia las víctimas de diversos casos de abuso sexual ha obscurecido las enormes debilidades del proceso y del fallo contra Precht. Yo me niego a considerarlo culpable sin que previamente se lo haya juzgado de un modo mínimamente aceptable, en un juicio con garantías básicas. Ocultar y amparar los abusos sexuales estuvo muy mal de parte de la iglesia, pero eso no se arregla con una condena como la que se ha dado a conocer, que constituye otro abuso, esta vez en contra del acusado.
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El proceso que la iglesia católica ha llevado contra Cristian Precht carece de las condiciones básicas que hoy se exigen universalmente para condenar a cualquier persona, aún aquellas que han sido acusadas de los delitos más aberrantes. Estas condiciones son las que permiten otorgar confiabilidad a las decisiones judiciales de condena, las que de otro modo son simples ejercicios arbitrarios del poder.

La información disponible es muy limitada y fragmentaria. De lo poco que es posible saber, parece claro que han existido restricciones importantes en el acceso a información mínima para ejercer su defensa; han existido fuertes limitaciones para conocer la identidad de sus acusadores y, consiguientemente, la especificidad de los cargos y los fundamentos detallados de la condena.

El clima de simpatía hacia las víctimas de diversos casos de abuso sexual ha obscurecido las enormes debilidades del proceso y del fallo contra Precht. Yo me niego a considerarlo culpable sin que previamente se lo haya juzgado de un modo mínimamente aceptable, en un juicio con garantías básicas. Ocultar y amparar los abusos sexuales estuvo muy mal de parte de la iglesia, pero eso no se arregla con una condena como la que se ha dado a conocer, que constituye otro abuso, esta vez en contra del acusado.

El órgano que lo condenó desde Roma no conoce la evidencia sino por referencia, pero además se trata de un cuerpo que carece de la mínima imparcialidad e independencia, ya que es parte de la administración de la iglesia y, por lo tanto, no sabemos hasta qué punto el fallo está motivado por la prueba, o por consideraciones políticas o institucionales, como proteger el prestigio de la iglesia o dar una respuesta rápida y visible a las víctimas de múltiples casos de abusos denunciados. Si se tratara de un delito común, sería equivalente a un fallo condenatorio dictado por ministros del gobierno.

El proceso y el fallo son además reservados o secretos. Se dirá que eso es asunto de la iglesia y los que voluntariamente se someten a su jurisdicción. No obstante, la condena se presenta públicamente, destruyendo la imagen de una persona y se pretende que sus conclusiones sean tenidas como ciertas por la opinión pública en general, la que tendría que adherir a ella sin poder revisar la razonabilidad de sus fundamentos.

Me parece que aquellos que admiramos la valentía de Precht, a cargo de la Vicaria de la Solidaridad durante la dictadura militar, para defender a muchos que en su momento fueron perseguidos sobre la base de acusaciones generales, sin cargos precisos ni juicios, y cuyo sufrimiento era justificado con argumentos como: “algo habrán hecho” o “la autoridad sabrá”, debemos ser consecuentes con lo aprendido de esa experiencia. Todos tienen derecho a un juicio justo ante un tribunal imparcial, en el que puedan defenderse de los cargos.

El clima de simpatía hacia las víctimas de diversos casos de abuso sexual ha obscurecido las enormes debilidades del proceso y del fallo contra Precht. Yo me niego a considerarlo culpable sin que previamente se lo haya juzgado de un modo mínimamente aceptable, en un juicio con garantías básicas. Ocultar y amparar los abusos sexuales estuvo muy mal de parte de la iglesia, pero eso no se arregla con una condena como la que se ha dado a conocer, que constituye otro abuso, esta vez en contra del acusado.

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