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El Óscar de José

por 23 enero, 2013

El Óscar de José
Así se ha construido, de puño y letra de José, un círculo de explotación perfecto: los trabajadores carecen de herramientas de negociación colectiva eficaces, lo que impide que puedan aligerar o cerrar la brecha salarial dentro de las empresas. De ahí, que su aporte previsional sea bajo, de modo que, cuando jubilen, recibirán pensiones miserables.
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¿Es posible que una sola persona pueda hacerle la vida difícil al resto por mucho tiempo, incluso después de jubilados? Es muy posible. En dictadura y con una buena dosis de dogmas. ¿Es posible que, además, esté orgullosa de eso? Es posible. Si te llamas José Piñera.

En efecto, dijo con tono de satisfacción, que la postulación al Óscar de la película “NO” era un premio a su revolución liberal. Esa que él, junto con otros como él, hicieron en plena dictadura militar.

La historia es sencilla. Justo en estos mismos días, un tipo fuera de toda sospecha, como el consejero del Banco Central, Joaquín Vial, declaró algo que se sabe hace mucho tiempo: el promedio de la pensión de la enorme mayoría de los que se jubilen a futuro —casi el 60 por ciento— en el “modelo previsional chileno”, estará en torno a los 150 mil pesos.

Y la guinda de la torta: eso significará que la mayoría de los futuros pensionados requerirá la ayuda del Estado, algo que se suponía no ocurriría con este modelo según sus exaltados propagandistas.

O sea el invento de Piñera, creador y militante de las AFP, parece condenar a un futuro de pobreza a millones de chilenos. Ello sin contar las enormes utilidades que esas administradoras se han embolsado en tres décadas —se parece tanto a otras tantas historias del modelo chileno, pensará el lector—.

Esta vez, quizás porque el Sol ya no se puede tapar con una mano, salió el mismísimo presidente de la asociación de las administradoras, Guillermo Arthur —ex ministro del Trabajo de Pinochet— a defender el negocio y lo hizo con una joya: dijo que el problema es el mercado de trabajo (“son magras porque los sueldos son bajos”). Y tiene toda la razón. Paga poco y ofrece trabajos inestables y precarios. Nos enteramos así, por boca de uno de los adalides de las AFP, que el sistema está condenado fatalmente al fracaso.

Todo un detalle, porque el sistema de las AFP no tiene por misión, como ha hecho con envidiable éxito, enriquecer a los dueños de esas empresas, sino dar cobertura de vejez a los trabajadores chilenos que cotizan en ellas. Era de esperar que los economistas y lobbistas al servicio de las AFP salieran, como siempre, a defender el modelo, acusando a unos de marxistas y retrógrados, y a otros de no entender un asunto técnico que sólo ellos y sus patrones entienden.

Pero no. Esta vez, quizás porque el sol ya no se puede tapar con una mano, salió el mismísimo presidente de la asociación de las administradoras, Guillermo Arthur —ex ministro del Trabajo de Pinochet— a defender el negocio y lo hizo con una joya: dijo que el problema es el mercado de trabajo (“son magras porque los sueldos son bajos”).

Y tiene toda la razón. Paga poco y ofrece trabajos inestables y precarios.

Nos enteramos así, por boca de uno de los adalides de las AFP, que el sistema está condenado fatalmente al fracaso: no depende del sistema ni de sus rentabilidades —una de las pomadas mejores vendidas en las últimas décadas—, sino de que las empresas pagan muy poco a sus trabajadores y estos trabajan sin estabilidad.

¿Y la pregunta obvia, entonces, es por qué las empresas pagan poco a sus trabajadores? La respuesta o buena parte de ella, está en las reglas legales que regulan el trabajo. El denominado plan laboral —el Código del Trabajo aún vigente en Chile—, obra del mismo de antes: José Piñera.

Quien se ufanaba, en unos de sus libros de propaganda que con su “plan laboral” se acababa el “esquema marxista de la lucha de clases al abstenerse de dividir la estructura productiva del país entre los que están arriba y los que están abajo”. Y vaya que lo logró.

La legislación laboral chilena hace prácticamente imposible la negociación colectiva eficaz —al impedir que ella se realice por área o rama o territorio— y no garantiza el derecho de huelga de los trabajadores, al permitir el reemplazo de huelguistas por parte de la empresa.

¿Cómo mejoraran, entonces, su estabilidad laboral y sus remuneraciones los futuros viejos pobres si no tiene poder de negociación efectiva en sus empresas?

Así se ha construido, de puño y letra de José, un círculo de explotación perfecto: los trabajadores carecen de herramientas de negociación colectiva eficaces, lo que impide que puedan aligerar o cerrar la brecha salarial dentro de las empresas. De ahí, que su aporte previsional sea bajo, de modo que, cuando jubilen, recibirán pensiones miserables. Todo calza en el magistral libreto de José.

¿Qué harán esos trabajadores —para torcer la nariz al destino— que hoy no participan de las utilidades de las empresas en las que trabajan y que serán nuestros futuros viejos pobres? Nada o muy poco.

El Estado deberá, para variar, poner la diferencia. Una revolución liberal como se llama, con todas sus letras. Se merece el Óscar a la mejor comedia.

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