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Chile y Bolivia: la política del ninguneo

Carlos Parker
Por : Carlos Parker Instituto Igualdad
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Y así estamos hoy con Bolivia, caminando hacia atrás y dominados por la lógica de los halcones. Tan paralizados y faltos de iniciativa hemos quedado, que la sola oferta de retomar el diálogo bilateral, cosa que evidentemente no ocurrirá con la actual administración, tendrá que implicar a partir de marzo de 2014 un auténtico giro copernicano luego de un bache de cuatro años perdidos.


Hasta justo antes que el gobierno del Presidente Ricardo Lagos adoptara con Bolivia la llamada “agenda sin exclusiones”, la cual incorporó la demanda marítima boliviana como tema bilateral de modo implícito, la posición oficial de Chile había consistido en la simpleza de estimar el asunto como un “no problema”.

Salvo muy contados episodios de apertura a un diálogo bilateral proactivo, entre los cuales sobresalen las negociaciones Banzer-Pinochet, lo esencial de la política oficial chilena más tradicional, por más de cien años, había consistido en un tratamiento estrictamente jurídico. Es decir, en estimar que habiendo de por medio un tratado de límites vigente con Bolivia, sobre esta materia no había nada que conversar y mucho menos que negociar.

Por esta razón, cada vez que Bolivia, a falta de otro espacio para dar a conocer su demanda, procedía a plantearla en foros multilaterales, los representantes chilenos se apresuraban a manifestar que dado que aquella cuestión estaba revestida de un carácter estrictamente bilateral, no se le reconocía a aquel foro, cualquiera fuese, capacidades para oír y mucho menos para pronunciarse sobre el asunto. Ante este planteamiento, cualquiera que no estuviese al tanto de la jugada habría podido estimar esta posición como razonable y estar de acuerdo que lo mejor y más sensato era, precisamente, que chilenos y bolivianos dialogaran bilateralmente y sin interferencias ajenas. Claro que aquel bien intencionado testigo no tenía cómo saber que llevado el punto al espacio bilateral en el que los propios chilenos lo situábamos, nuestra posición volvería a ser la de negarse rotunda y consistentemente a siquiera hablar del tema. Es decir, no se trataba en realidad de un asunto multilateral ni bilateral, simplemente la cuestión planteada por Bolivia no tenía entidad reconocible alguna.

[cita]Y así estamos hoy con Bolivia, caminando hacia atrás y dominados por la lógica de los halcones. Tan paralizados y faltos de iniciativa hemos quedado, que la sola oferta de retomar el diálogo bilateral, cosa que evidentemente no ocurrirá con la actual administración, tendrá que implicar a partir de marzo de 2014 un auténtico giro copernicano luego de un bache de cuatro años perdidos.[/cita]

Hay que admitir que esta posición negacionista, con fundamentos esencialmente jurídicos, estrictamente apegada al derecho de los tratados e ignorante de cualquier otro tipo de consideraciones, especialmente políticas, ha estado además revestida, de muy obvios componentes racistas, discriminatorios y despreciativos hacia nuestros vecinos del norte. No es por otra razón es que se palpa en el ambiente una compulsión de satisfacción y hasta de orgullo patriótico cada vez que alguno de nuestros presidentes se propone vapulear en público a algún mandatario boliviano a propósito de esta cuestión o de cualquier otra. Incluso si su interlocutor le prodiga el tratamiento de hermano y le habla en un tono casi implorante con el propósito de impresionar a la audiencia, presente o distante.

Nuestra “Política de Estado” nos propone de modo majadero y  equivocado que el problema con Bolivia no existe, lo cual equivale a intentar tapar el sol con un dedo. Y a continuación nos dice que si acaso efectivamente existiera algún inconveniente subsistente respecto a la aplicación de las clausulas del Tratado de 1904 en cuanto a facilidades portuarias o de otra especie, aquello sencillamente debiera corregirse. Y eso sería todo cuanto cabe hacer y decir.

Y hay que constatar que en este planteamiento simplista nadie nos acompaña en el campo regional. Los países latinoamericanos y caribeños no están tomando precisamente palco en esta controversia, pues como se sabe, hay quienes respaldan explícitamente la posición boliviana, mientras los más hasta ahora se limitan a manifestar cautamente que se trata efectivamente de una cuestión bilateral. Lo que no implica que respalden a Chile como algunos prefieren creer, para abundar el efecto anestésico, sino solamente para sentar una posición que asume que chilenos y bolivianos tienen entre manos un problema complejo, y que por el momento es preciso intentar que aquel pueda ser resuelto entre ambas partes. Mientras haya posibilidades y tiempo para hacerlo y, especialmente, en tanto aquel no devenga en un entuerto con implicaciones regionales o sub-regionales.

Los chilenos de modo mayoritario aunque no unánime, se hacen cargo de esta predica que fluye desde lo alto, desde la academia y desde los medios de comunicación, y tienden también a estimar que tal  problema con Bolivia no existe, o si acaso en algún sentido existiera, carecería de relevancia para nuestro país o no tendría solución práctica posible. Sobre esta base, y teniendo en cuenta los estudios de opinión, la contingencia de larga duración es razón más que suficiente para que incluso quienes en su fuero interno estimen otra cosa, como por ejemplo que la cuestión es necesario reconocerla como un problema que debe ser encarado, prefieran  plegarse oportunistamente a la posición dominante, las más de las veces por temor al castigo electoral. Tal y como hacen, por ejemplo, no pocos parlamentarios y líderes políticos chilenos de los más diversos sectores quienes no pocas veces opinan una cosa en público y otra en privado.

Incluso hay quienes van más allá y proponen la tranquilizadora hipótesis según la cual se trata solo de un mero capricho boliviano al que no hay que prestarle atención. Un invento  sin fundamento de realidad, un arma arrojadiza que los distintos gobiernos bolivianos levantan de tanto en tanto contra Chile por razones oportunistas y de política interna. Incluso no pocos creen, sinceramente y como me consta, que Bolivia nunca tuvo mar, y todavía más, que hoy no le hace ninguna falta tenerlo, para lo cual exhiben como prueba a países que están rodeados de mar por los cuatro costados y sin embargo son pobres, y a países mediterráneos al igual que Bolivia, que sin embargo son desarrollados.

Miradas así las cosas y ante tanta ceguera y falta de realismo, “la agenda de los 13 puntos” adoptada con Bolivia durante la presidencia de Michele Bachelet, cuyo punto 6 se refería a la cuestión de la mediterraneidad boliviana, constituyó un gigantesco avance en el tratamiento pragmático del asunto. En primer lugar, porque involucró un esfuerzo de sinceramiento bilateral que buscó colocar todos los problemas sobre la mesa. Incluso teniendo perfecta conciencia que, a fin de cuentas, la cuestión fundamental de nuestras relaciones con Bolivia consiste precisamente en el tratamiento del punto 6, y que todo lo demás, particularmente para la parte boliviana, resultaba ser accesorio.

Como se sabe, desde que asumió la administración derechista, el diálogo con Bolivia está prácticamente congelado. Pues quienes tienen la responsabilidad de conducir la política exterior chilena, incluido el propio presidente Piñera y el canciller Moreno, hacen parte de los sectores más recalcitrantes entre la muchedumbre que no quiere ver la realidad y prefieren apostar al ninguneo, al desgaste, al cansancio y la rendición diplomática incondicional boliviana. Tal manifestación de voluntad política quedó por demás perfectamente clara muy temprano, cuando la actual administración cometió el despropósito nunca reparado de enviar a La Paz como Cónsul General a un diplomático que una vez hizo suyo el concepto según el cual “la mejor relación que se puede tener con Bolivia consiste en no tener relaciones”.

En el marco de la reciente Cumbre de la Celac los chilenos hemos sido testigos de un nuevo episodio de crispación entre chilenos y bolivianos. Tal y como podía suponerse, el presidente Evo Morales cumplió con su obligación política ante sus propios ciudadanos y electores de traer a colación el asunto, lo que motivó una extensa, pormenorizada y no menos áspera réplica del presidente Piñera.

El intercambio nos trajo a la mente una circunstancia polémica parecida ocurrida en la Cumbre de Guadalajara, protagonizada entonces por el ex presidente Lagos con su homólogo boliviano, el ex presidente Meza, en la cual como se recordará el ex mandatario chileno golpeando la mesa ofreció a Bolivia “relaciones diplomáticas aquí y ahora”.

En uno y otro evento asistimos al mismo tono altanero y arrogante, por demás completamente innecesario. En ambas ocasiones asistimos a la misma intención, de una y otra parte, de hablarles no a los Jefes de Estado que presenciaban impávidos la escena, sino a sus propios ciudadanos, verdaderos destinatarios de las palabras y gestos que acompañaban este ritual y repetitivo cruce de espadas trasmitido en directo urbi et orbe.

¿Habría podido el presidente Morales haber hecho algo distinto de lo que hizo, sin exponerse a ser políticamente masacrado en su propio país? Y a su turno, ¿habría podido el presidente Piñera no haber respondido al emplazamiento que se le hacía, desaprovechando la ocasión que se le regalaba para hacer política interna agitando el sentimiento nacionalista?

Y así estamos hoy con Bolivia, caminando hacia atrás y dominados por la lógica de los halcones. Tan paralizados y faltos de iniciativa hemos quedado, que la sola oferta de retomar el diálogo bilateral, cosa que evidentemente no ocurrirá con la actual administración, tendrá que implicar a partir de marzo de 2014 un auténtico giro copernicano luego de un bache de cuatro años perdidos.

El presidente Piñera cerró su intervención respecto al discurso del Presidente Morales con una frase que podría quedar en la memoria de nuestras relaciones con Bolivia, de modo semejante a la pronunciada por Ricardo Lagos en la Cumbre de Guadalajara. Fue cuando el mandatario afirmó con aparente convicción que “los temas de soberanía no se negocian por intereses económicos”.

Y hablando de soberanía, de dignidad nacional y de integridad territorial incluso, ¿cómo se supone que habríamos de considerar la circunstancia de que en los grandes emprendimientos mineros que pueblan el extremo norte de Chile, verdaderos enclaves extranjeros, por la vía de los hechos se esté dando la intolerable situación que nuestro derecho no sea respetado a varios fines relevantes, incluidos los laborales, en la vastedad de los territorios que controlan las empresas mineras foráneas?

¿Y qué podría decirse, también a propósito de soberanía, dignidad y hasta de seguridad nacional, de la circunstancia anómala de que nuestros recursos hídricos, incluida el agua potable estén en manos de consorcios extranjeros?

La beatería juridicista y su complemento más actual, la idolatría de los negocios, dupla fatal que reniega de la política y domina sin contrapesos en nuestra política exterior, fue la que obnubiló nuestro entendimiento impidiéndonos ver la realidad de las cosas frente al Perú. Fue aquella confusión convertida en estrategia, la que lo apostó equivocadamente todo a los documentos y a los negocios, la  que terminó por conducirnos directo al Tribunal de La Haya en un juicio de resultado incierto.

Hay que preguntarse si en el caso Bolivia, al querer seguir ignorando que tenemos un problema, y que aquel no es de ningún modo jurídico sino estrictamente político, nos hará volver a tropezar con la misma piedra.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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