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Fukushima, Chile y la energía nuclear

por 11 marzo, 2013

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Hace dos años que ocurrió el desastre de Fukushima con devastadores efectos sobre la población de Japón, agravando la crisis resultado del sismo y posterior tsunami que afectó sus costas. En ese mismo período el Ministerio de Energía —a cargo en ese entonces de Laurence Golborne— visitaba instalaciones para aprender de sus beneficios, y el gobierno suscribía ya varios tratados internacionales de cooperación nuclear para abrirle las puertas a la industria en Chile. El optimismo era máximo, especialmente cuando las autoridades locales se apresuraban en señalar que no se trataba de una emergencia grave, ante las gigantescas explosiones en la planta y la desesperada acción de los expertos de seguridad que con tal de contener un desastre mayor bombeaban agua de mar intentando mitigar el colapso de los núcleos.

Luego del desastre —uno de los más significativos de la historia junto a Three Mile Island y Chernobyl— Alemania, Suiza, Bélgica y Japón anunciaron un progresivo abandono de la energía atómica, mientras países como Italia, ratificaron su intención de construir un futuro libre del peligro nuclear. En Chile, el gobierno insistió con el inicio de estudios de factibilidad para la instalación de centrales nucleares en territorio nacional.

El informe realizado por el Citi Group en 2009 señala que la energía atómica es una verdadera “asesina corporativa” en tanto se trata de una tecnología económicamente inviable y que sólo sobrevive por los enormes subsidios de Estados que dilapidan fondos públicos en sostener una industria en extremo peligrosa y contaminante. Preocupa entonces que la disposición de los últimos Gobiernos sea estudiar la factibilidad de esta energía tóxica, riesgosa y costosa para inventar cómo hacerla “posible” en un país altamente sísmico como el nuestro, arriesgando así a inscribirnos en el listado de catástrofes nucleares. Todo esto en vez de hacer más “posibles” invirtiendo en estudios para favorecer Energías Renovables de bajo impacto ambiental.

Como directo resultado del desastre quedó en evidencia el escaso —y evidentemente insuficiente— control sobre accidentes (incidentes es el tecnicismo), al punto que todos los reactores nucleares de Japón estuvieron apagados durante varios días en 2012, poniendo de manifiesto no sólo la posibilidad de un reemplazo efectivo de esta fuente, además de lo ridículo que puede llegar a ser plantear que garantiza suministro continuo en territorios de alta actividad sísmica.

El informe realizado por el Citi Group en 2009 señala que la energía atómica es una verdadera “asesina corporativa” en tanto se trata de una tecnología económicamente inviable y que sólo sobrevive por los enormes subsidios de Estados que dilapidan fondos públicos en sostener una industria en extremo peligrosa y contaminante. Preocupa entonces que la disposición de los últimos Gobiernos sea estudiar la factibilidad de esta energía tóxica, riesgosa y costosa para inventar cómo hacerla “posible” en un país altamente sísmico como el nuestro, arriesgando así a inscribirnos en el listado de catástrofes nucleares. Todo esto en vez de hacer más “posibles” invirtiendo en estudios para favorecer Energías Renovables de bajo impacto ambiental.

No hay duda alguna: la energía atómica es una tecnología en retirada a escala global. Según datos de la Agencia Internacional de Energía, en 2009 la nuclear aportó menos de un 6 % a la matriz energética global. Después de 60 años de uso, ésta sigue manteniendo un rol marginal en el aporte energético a escala mundial, contrariamente al rápido incremento y despliegue de las renovables, cuyos potenciales reales en Chile son ampliamente conocidos.

Preocupa entonces que la disposición de los últimos gobiernos sea a estudiar la nuclear para ver en un informe qué magia legislativa, constructiva y de inversión en mitigación de explosiones y desastres hay que inventar para construir una central en uno de los territorios con más actividad sísmica del mundo... Todo esto en desmedro de recursos que podrían utilizarse para el fomento de nuestras energías propias, renovables de bajo impacto. Geotermia, solar, eólica —cuyos nombres son cada vez más conocidos— no sólo no cuentan con todos los recursos para su desarrollo, además enfrentan a diario a los lobistas de grandes empresas que señalan su insuficiencia y altos costos obviando las investigaciones que ya se acumulan señalando su competitividad de mercado.

Greenpeace en Chile llama al gobierno a no malgastar recursos en resolver preguntas secundarias; No necesitamos saber si es posible una central nuclear, necesitamos —¡Con urgencia!— saber cómo potenciar un desarrollo de energías limpias, propias, de bajo impacto que ayuden a construir nuestro futuro sin hipotecas.

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