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Fumar y tomar como hombres libres

por 17 abril, 2013

Fumar y tomar como hombres libres
Se me dirá que no está penado el beber una copa sino conducir un automóvil después de hacerlo. No nos veamos la suerte entre gitanos. En el tipo de sociedad que se nos ha impuesto el automóvil ha llegado a ser casi indispensable y, lo más importante, nadie ha tenido jamás un accidente como consecuencia de beber solamente una copa de vino.
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Sancionar severamente al que conduce un automóvil borracho o verdaderamente bajo influencia del alcohol es algo necesario y justo. Establecer ambientes separados para los fumadores en cualquier recinto público, también. Pero demonizar el consumo de una sola copa de vino en un país heredero de la cultura mediterránea, reconocido productor de excelentes variedades cuyo consumo moderado debería promocionar internacionalmente, es irracional.

Mi padre, un hombre de espíritu renacentista que fue senador y ministro de Estado durante las grandes luchas sociales de los años veinte del siglo pasado, bebió toda su vida una copa de vino tinto con el almuerzo y otra con la comida. Es saludable y parte de nuestra cultura, nos decía. Y bebía una sola. Nunca lo vi beber dos copas. Aunque años después se descubrió, junto con la dieta mediterránea y todo eso, que efectivamente es beneficioso para la salud acompañar la comida con una copa de vino, ese caballero de pera, bigote y pechera almidonada en la camisa, hoy correría el peligro de aparecer en la prensa casi como un delincuente por infringir la ley. Demencial.

¿Cuánto falta para que nos obliguen a comprar la sal en las farmacias y con receta retenida? Después de todo mata más personas que todas las otras amenazas a nuestra salud juntas. Y es de esperar que si llegamos a eso no haya una nueva concertación para subirle el precio. O le agreguen un impuesto que, por ser el mismo para todos, golpea mucho más a los que tienen menos. Como a los viejos que no fumamos.

Ya lo sé, se me dirá que no está penado el beber una copa sino conducir un automóvil después de hacerlo. No nos veamos la suerte entre gitanos. En el tipo de sociedad que se nos ha impuesto el automóvil ha llegado a ser casi indispensable y, lo más importante, nadie ha tenido jamás un accidente como consecuencia de beber solamente una copa de vino.

Tanto cuidado por nuestra salud, que se suma a la histeria sobre el tabaco y otras, sugiere un Estado muy preocupado porque su gente viva más para disfrutar de una ancianidad amable y protegida. Pero la evidencia demuestra más bien lo contrario. Al viejo en las últimas décadas, con jubilaciones cada vez más paupérrimas, entre las alzas de las contribuciones y las inmobiliarias lo han expulsado de la casa que pagó con esfuerzo durante la mitad de su vida —y nada menos que un ministro de Estado santificó el procedimiento apelando a la inmaculada doctrina actual diciendo “si no puede pagar tendrá que vivir donde pueda hacerlo”—, le encarecieron los planes de salud hasta que tuvo que abandonarlos justo cuando empezaba a necesitarlos verdaderamente, las cadenas de farmacias se pusieron de acuerdo para subir el precio a los remedios y, si no le queda más distracción que salir a dar un paseo por la vereda, corre el serio peligro de que lo atropelle un ciclista.

También se escucha argüir por ahí que no es esa la razón. Que lo que se procura es, en realidad, evitar el enorme gasto al erario nacional que acarrearían los posibles daños o enfermedades causados por esos vicios que han acompañado al hombre desde tiempos inmemoriales y en las más variadas —y avanzadas— culturas. (Pero que han matado bastante menos personas que aquellos que han intentado obligar a sus semejantes a seguir el camino correcto.) Menos mal, nada de hipocresía, la razón sería económica entonces y no alguna subdesarrollada apelación a sentimientos humanos en la sociedad del ‘Dios Lucro’.

Pero no puede menos que conmover esa súbita preocupación por el destino de nuestros impuestos, cuando no aparece por ningún lado si se trata de fijar o aumentar toda clase de rentas, dietas y asignaciones de bencina, oficina, fatigas varias y otras a los funcionarios o autoridades del Estado, financiar con fondos públicos nuevas elecciones de dudosa utilidad en que sólo ganan meses de protagonismo los mismos de siempre —porque los “foráneos” no participan en ellas— o agregar dineros del Estado, de nuestros bolsillos, a las jugosas contribuciones que hacen millonarias empresas a las campañas políticas.

¿Cuánto falta para que nos obliguen a comprar la sal en las farmacias y con receta retenida? Después de todo mata más personas que todas las otras amenazas a nuestra salud juntas. Y es de esperar que si llegamos a eso no haya una nueva concertación para subirle el precio. O le agreguen un impuesto que, por ser el mismo para todos, golpea mucho más a los que tienen menos. Como a los viejos que no fumamos.

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