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Cultura sin Dios ni ley II

por 12 mayo, 2013

Sabemos que es necesario contar con una Institucionalidad Cultural moderna, participativa, y democrática en todos sus aspectos, y también hay que ser sensato y reconocer que desde que se creó el actual Consejo Nacional de la Cultura y las Artes hace ya una década, el sector cultural se ha dinamizado y hoy contamos con una industria creativa más sólida, y con miles de emprendedores que trabajan en proyectos gracias a políticas de Estado que no son resorte de un solo Ministro, o un Subsecretario de turno, sino de sectores más amplios de la sociedad civil y de los propios gremios artísticos.
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Finalmente y como ya se venía anunciando hace un buen tiempo, el Ministro de Cultura Luciano Cruz-Coke firmó este lunes junto al Presidente Piñera el proyecto de Ley que crea el Ministerio de Cultura. Con ello, se deberá iniciar una discusión parlamentaria, y ojalá de todos los actores sociales involucrados en torno a una iniciativa que para algunos no es más que un esfuerzo inútil a estas alturas de la actual administración, y para otros, la posibilidad de completar una institucionalidad cultural que tiene debilidades en distintos frentes.

Sabemos que el anhelo de Cruz-Coke se basa en la necesidad de tener una institucionalidad que agrupe a todos los organismos vinculados al sector cultural existentes en forma dispersa. Algunos de estos como la Dirección de Archivos, Bibliotecas y Museos Dibam, y el Consejo de Monumentos que permanecen al alero del Ministerio de Educación, y otros como la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería que dependen del Ministerio de Relaciones Exteriores. No cabe duda que esta dispersión que algunos interpretan como propia del mundo de la cultura, genera duplicidad de funciones, y también de gasto, haciendo en muchos casos que nuestras políticas culturales no cuenten con criterios homogéneos, y se enfrasquen en problemáticas que las hacen claramente menos eficientes.

Sabemos que es necesario contar con una Institucionalidad Cultural moderna, participativa, y democrática en todos sus aspectos, y también hay que ser sensato y reconocer que desde que se creó el actual Consejo Nacional de la Cultura y las Artes hace ya una década, el sector cultural se ha dinamizado y hoy contamos con una industria creativa más sólida, y con miles de emprendedores que trabajan en proyectos gracias a políticas de Estado que no son resorte de un solo Ministro, o un Subsecretario de turno, sino de sectores más amplios de la sociedad civil y de los propios gremios artísticos.

Por otra parte, la promesa política del Ministro que también se sabe es un aspirante silencioso a una silla parlamentaria, la que plantea la creación de un Instituto de las Artes e Industrias  Creativas que incluiría a los cuerpos colegiados del libro, la música, y el audiovisual, además de una Dirección de Patrimonio Cultural, que vendría a reemplazar a la Dibam que nació en 1929,  hacen pensar que se trata de un proyecto que por su complejidad, difícilmente saldrá a la luz bajo esta administración, y que de no contar con un debate amplio en donde puedan de una vez por todas participar los actores culturales en su conjunto, los gremios, y algunos sectores académicos, podría interpretarse más bien como un capricho del Ministro por dejar plasmado su sello a través de una propuesta legislativa que algunos diputados ya consideran apresurada. No obstante el propio Cruz-Coke admitió el día de la firma en presencia del Presidente que “es probable que no sea este gobierno el que lo vea promulgado”, a lo que el Jefe de Estado refutó pidiéndole que haga todo lo posible para que el proyecto se promulgue antes de marzo del 2014, además de manifestarse dispuesto a ponerle urgencia si es necesario.

El problema sin embargo, más allá de la urgencia es más de fondo. Sabemos que es necesario contar con una Institucionalidad Cultural moderna, participativa, y democrática en todos sus aspectos, y también hay que ser sensato y reconocer que desde que se creó el actual Consejo Nacional de la Cultura y las Artes hace ya una década, el sector cultural se ha dinamizado y hoy contamos con una industria creativa más sólida, y con miles de emprendedores que trabajan en proyectos gracias a políticas de Estado que no son resorte de un solo Ministro, o un Subsecretario de turno, sino de sectores más amplios de la sociedad civil y de los propios gremios artísticos. No olvidemos que el trayecto para llegar a tener una Institucionalidad en Chile es de larga data, y siempre tuvo como eje la participación ciudadana lo que pareciera, de acuerdo a lo que afirman algunos sectores no viene a ser el caso con el proyecto Cruz-Coke, iniciativa que se habría redactado a cuatro paredes.

A mi parecer lo más delicado del asunto justamente tiene relación con el tipo de representación que propone el proyecto estrella del Ministro, asunto que no es menor y que ya es cuestionable cuando se rebajan de cinco a cuatro los representantes de la sociedad civil, lo que resta un integrante a este cuerpo colegiado generando un empate con el oficialismo, que huele a una lógica binominal, que está más que claro, existe un acuerdo bastante amplio de la sociedad que pide a gritos quede en el olvido a pesar de la dureza monolítica del mundo conservador que se resiste.

La sociedad chilena ha cambiado y ya no es la misma de hace veinte años cuando se creó el Fondart, que por cierto merece una revisión a la luz de los últimos acontecimientos relativos a las crisis de los teatros independientes, solo por decir algo. Tampoco es la misma de hace diez años cuando se puso a caminar el Consejo de la Cultura en Valparaíso, pero que siempre tuvo su centro político y los consejos sectoriales en Santiago. Hoy la sociedad chilena se encuentra en un momento diferente en que se proclama una asamblea constituyente “por las buenas o por las malas”, en la que los veteranos políticos se rehúsan a dejar sus distritos, y en la que los enfermos, estudiantes, consumidores endeudados, y hasta los ciclistas, sí los ciclistas, están aburridos de los abusos.  Esperemos que la pretensión de Cruz-Coke y la fantasía de tener un Ministerio, a la que me sumo, sin dejar de creer que se puede tratar de una extravagancia del señor Ministro, se realice con la mayor participación posible, y no sea una bufonada más entre tanto alboroto.

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