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Y ahora ¿cuál es el cuco?

por 30 junio, 2013

En ese sentido parece ser siempre mejor el monstruo conocido que el cuco por conocer, por lo que difícilmente las alternativas anti sistémicas –que no dan garantías de disponer de una futura gobernabilidad– puedan llegar a dar una sorpresa mayor en las próximas elecciones.
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El Cuco, personaje infaltable de nuestra infancia, con su imagen sin rostro, de forma indefinida, acompañado de toda suerte de calamidades. Su propia ambigüedad se prestaba para inspirar temor, como recipiente de todas nuestras proyecciones de horror posible, de miedos conocidos y de los por conocer. Figura que en manos de la persona adecuada, podía manipularse y convertirse en instrumento movilizador; al invocar su nombre como amenaza de un peligro inminente que –de no ser conjurado mediante el sometimiento a la voluntad del invocante– podría llegar a destruir nuestro espacio de paz, de seguridad y confort.

Los niños crecen y los recuerdos se pierden con el tiempo. Pero la imagen del Cuco, como el arquetipo del monstruo, no nos abandona nunca. Y es que siempre ha estado ahí, desde que el mundo es mundo, desde que el ser humano necesitó una imagen para poder visualizar como algo tangible lo horroroso, la maldad, lo destructivo. Personificar y así dar rostro a lo desconocido, poniéndolo al otro lado de la vereda junto a todo lo malo y así tranquilizarse por estar del lado de lo bueno, de lo bello, de lo no monstruoso.

Un arquetipo tan potente no podía pasar desapercibido por los poderosos de toda época. Y por ello, en muchas sociedades, la política del terror se transformó en el mecanismo predilecto para concitar intereses colectivos, aunando las voluntades de la población. La idea del enemigo externo que amenaza la conservación de nuestra forma de vida, se convierte en tesis central de propaganda. Apelando al miedo como mecanismo decisional y así poder conjurar, mediante la adhesión ideológica, la amenazante presencia del monstruo.

En ese sentido parece ser siempre mejor el monstruo conocido que el cuco por conocer, por lo que difícilmente las alternativas anti sistémicas –que no dan garantías de disponer de una futura gobernabilidad– puedan llegar a dar una sorpresa mayor en las próximas elecciones.

Nuestro país obviamente no ha estado ajeno a ese fenómeno. Con mayor motivo al tener un historial ideológico que divide en forma casi natural el espectro político en tres tercios (derecha, centro e izquierda). Para los de un extremo, el cuco queda representado por la ideología del otro: el comunismo marxista, restrictor de libertades y amparador de come-guaguas;  o el conservadurismo autoritario, explotador de trabajadores y adalid de la desigualdad. Ni a unos ni a otros les resulta necesario entrar en detalles, comprender de verdad la naturaleza e implicancias reales de la otra ideología. Basta con la caricatura superficial, con la imagen monstruosa del cuco elevada a pancarta de propaganda, aprovechando dicha ambigüedad para despertar los temores inefables de la gente.

De allí que resulta impensable que entre extremos pueda llegarse a acuerdos relevantes, lo que pone al sector de centro como el determinante para inclinar la balanza a uno u otro lado. Nuestra política se ha basado entonces en construir estrategias para convencer y movilizar a dicho centro político. Y es aquí que la imagen del cuco se ha vuelto algo central. Más sencillo que elaborar una política de seducción, que atraiga al centro hacia la propia posición, es identificar al otro bando con un mega cuco, activando así el miedo movilizante de la gente. Y por largos años hemos caído en el concitar mayorías mediante la obtención de votos según la lógica del “mal menor”, en vez de construir proyectos colectivos que se estructuren desde algún sentido propositivo, constructivo, congregante.

En las últimas décadas, han ido apareciendo varios cucos sucesivos, cuya existencia –convenientemente presentada– ha inclinado la voluntad popular en forma decisiva en cada ocasión. Pasamos así del cuco del marxismo al cuco de la dictadura, mediante un golpe aceptado por amplios y atemorizados sectores de la nación. Al notar la monstruosidad del régimen, las personas reaccionaron y terminaron destruyéndolo mediante un gran NO, ampliamente apoyado. Y cuando se creían purgados los grandes monstruos, apareció el cuco de la corrupción. Tan amenazante resultó este último, que ni la existencia de un héroe logró impedir que el miedo se apoderara de la población y se manifestara en su contra, optando por un mal aparentemente menor. Y Bachelet no logró, pese a su apoyo masivo, evitar la salida de la Concertación del gobierno y su reemplazo por un régimen de derecha (algo impensable años atrás, cuando en la práctica se había terminado por identificar a la derecha con el cuco de la dictadura).

Y ahora ¿cuál es el Cuco?

Para muchos los miedos continúan dirigidos a sus propios cucos de siempre: marxismo y dictadura. Y tratan de mantenerlos vivos en el imaginario colectivo, con el fin de concitar la adhesión de las mayorías a su causa. Pero poco a poco ha ido emergiendo un cuco nuevo, cada vez con más caras, difícil de identificar con los colores políticos tradicionales, uno que parece alimentarse del abuso de los poderosos, de las condiciones de desigualdad, del dinero como prioridad antes que el bienestar. Al inicio se creía que se trataba de la corrupción, del aprovechamiento que gente poco ética hacía de sus posiciones de poder. Pero las personas han empezado a notar que más bien parece tratarse del sistema mismo, de un asunto estructural, que la desigualdad y los abusos son productos inherentes a la operación del sistema, a la manera cómo está diseñado, a cómo está regulado. Y crecientemente se han ido elevando las voces contra él y contra su rostro más visible: la política tradicional.

Y sin embargo, aunque se pudiera pensar que esto lleve a las personas en la elección a restar su voto a las opciones de la política habitual –los representantes del sistema– y pasar a apoyar a las alternativas anti sistémicas, lo cierto es que hay una limitante. Existe un cuco aún mayor, más soterrado, más antiguo, más determinante: el cuco del desgobierno. El temor de quedar librado al caos, al desorden, a la falta de regulación. Ese mismo que ha permitido que Chile mantenga una tradición republicana más estable que la mayoría de sus vecinos, que tengamos un espíritu legalista a toda prueba, que valoremos las regulaciones aunque no siempre las respetemos (los turnos en las filas, las reglas del tránsito, hasta las reglas en los juegos). En ese sentido parece ser siempre mejor el monstruo conocido que el cuco por conocer, por lo que difícilmente las alternativas anti sistémicas –que no dan garantías de disponer de una futura gobernabilidad– puedan llegar a dar una sorpresa mayor en las próximas elecciones.

Pero tampoco los candidatos ganadores debieran asumir libremente que la votación que logren dará cuenta de un apoyo real de la población que los legitime en sus ideologías. El descontento seguirá, porque el cuco seguirá allí mientras el sistema no cambie de manera sustancial.

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