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Análisis

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Michelle Bachelet y el caudillismo moderado

por 2 julio, 2013

Michelle Bachelet y el caudillismo moderado
No cabe duda que el escenario actual fue en parte inducido, no tanto por la calle, como por la baja calidad de la elite política, incapaz de viabilizar cambios necesarios para ampliar y afianzar el funcionamiento democrático, con instituciones estables en tanto flexibles.
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La elección primaria que acaba de terminar tiene más consecuencias que la sola selección de candidatos en los respectivos bloques políticos. Una de ellas es la desaparición definitiva de la antigua Concertación y el nacimiento práctico del conglomerado Nueva Mayoría, cuyo liderazgo ha asumido Michelle Bachelet bajo la forma de un caudillismo de izquierdas moderado.

Si es efectivo que un caudillo pesa más que los partidos que lo apoyan, los ordena con promesas de premios y castigos en el ejercicio del poder, tiene carisma individual sobre la masa electoral a la que convoca y moviliza por voluntad propia, Michelle Bachelet acaba de emerger en la forma más pura de ese concepto. Llegó, habló de Nueva Mayoría, impuso un criterio, captó la agenda, impuso un ritmo, ganó y ahora va tras el gobierno.

El país debe entender que nada de ello es bueno o malo en sí. Que ocurra depende no solo del contexto social que se vive, propenso a la desinstitucionalización política y a los cambios, sino también de los rasgos de personalidad política de quien emerge como caudillo, en este caso Michelle Bachelet. Extrema cautela y desconfianza, prudencia y sentido público, además de voluntad y fuerza de carácter para imponerse en el escenario, incluso desde una posición de out sider como lo hizo en su primera elección presidencial, no son en absoluto rasgos negativos en sí. Pueden llegar a serlos en el ensimismamiento del poder y la ausencia de control democrático.

Es conocido cómo el año 2006 desarmó el mito de un “tapado” impulsado desde La Moneda, y descolocó a los barones socialistas con su candidatura, los cuales a estas alturas, salvo raras excepciones, son parte del pasado o vasallos de su poder. También cómo sobrellevó las dificultades de los inicios de su gobierno y recurrió a una estrategia de comisiones ciudadanas que la alejaron más de las cúpulas de la Concertación, pero que hoy son moda.

Si es efectivo que un caudillo pesa más que los partidos que lo apoyan, los ordena con promesas de premios y castigos en el ejercicio del poder, tiene carisma individual sobre la masa electoral a la que convoca y moviliza por voluntad propia, Michelle Bachelet acaba de emerger en la forma más pura de ese concepto. Llegó, habló de Nueva Mayoría, impuso un criterio, captó la agenda, impuso un ritmo, ganó y ahora va tras el gobierno.

Lo más notorio es que su perfil político actual se define por una especie de afirmación factual de el poder soy yo, que refuerza la idea de un caudillo y no de un líder institucional de una coalición programática, posiblemente incluso más allá de lo que ella misma quisiera.

De una manera rotunda, la Nueva Mayoría es un conglomerado político, todavía sin programa definido y con un perfil simplemente electoral, entregado al carisma de Bachelet. Incluso la cómoda posición del PC como usuario preferente del binominal, aparece en el subtexto del escenario como una imagen absolutamente prescindible.

La anterior coalición —la Concertación— terminó definitivamente, y aunque ella ejerció como su Presidenta, cuando dejó el poder aquella perdió. El retorno actual nada tiene de esa épica, o lo tiene solo en la medida que desee darle Michelle Bachelet, cuyo triunfo en noviembre pondría el más honroso homenaje póstumo a una gran coalición.

Como se dijo, ello no es ni bueno ni malo. Simplemente es un dato esencial de un escenario político que ya la proyecta y trata como Presidente electa y no como una candidata. Los poderes con veto toman nota.

El poder parlamentario

En las próximas semanas se abocará a ordenar su comando para sostener las declaraciones de que escucha, integra y ordena. Pero el foco político principal debiera estar en las parlamentarias. Ello pone la segunda consecuencia post-electoral de las primarias: un inevitable reajuste de poder en el sistema político, empezando por el núcleo institucional de la representación política en el país, esto es el Congreso Nacional. Y que luego durante su gobierno se extenderá al resto de los ámbitos institucionales.

El orden político ya no radica de suyo ni en los procedimientos ni en las instituciones sino en el poder singular de determinadas personas, sea por carisma, poder económico o posición institucional. Es decir, estamos ante un poder crudo, que en esencia es el poder que más acomoda a los caudillos porque les permite controlar la agenda. Claro que a condición de que tenga una base de poder propia, que moldee a voluntad.

Basada en su experiencia de gobierno anterior y los nuevos requerimientos que trae la agenda, resulta un dato evidente que Michelle Bachelet se jugará por una fuerza parlamentaria “útil”, que habilite efectivamente su liderazgo dentro de la actual institucionalidad. He aquí uno de los puntos neurálgicos del escenario estratégico que le tocará vivir, pues de existir una mayoría parlamentaria funcional, sorteará dilemas políticos en torno a la Nueva Constitución y otras transformaciones de fondo.

Ello implica no solo a la base política de la Nueva Mayoría, que debiera mostrar “generosidad” parlamentaria como lo ha insinuado la líder, sino también al oficialismo y la eventualidad de los doblajes, pues este aparece reducido a una estrategia de retención de poder parlamentario utilizando al máximo el sistema electoral binominal. Si por algún hecho el sistema electoral colapsa, el modelo en su conjunto queda expuesto a la voluntad del caudillo. He ahí una de las batallas madre de la elección de noviembre.

En el caso de la Nueva Mayoría, el triunfo de Bachelet con alta afluencia de electores propios en las primarias del domingo pasado, hace temblar las premisas de la ingeniería parlamentaria de los partidos que la apoyan, especialmente la DC y el PR. A los primeros porque ven disminuidas sus opciones de negociación, y a los segundos porque emergen como un partido que puede ser fagocitado en regiones por grupos del tipo “independientes por Bachelet”.

La candidata no ha dicho claramente qué hará con las regiones, pero ese es un punto que incide en la estrategia parlamentaria luego de los resultados del domingo. El gran elector de la plantilla se llama Michelle Bachelet.

El valor indicativo del programa

No cabe duda que el escenario actual fue en parte inducido no tanto por la calle como por la baja calidad de la elite política, incapaz de viabilizar cambios necesarios para ampliar y afianzar el funcionamiento democrático, con instituciones estables en tanto flexibles. Se los comió la ambición y el lucro, dijo un comentarista de TV.

Ello no es menor pues un consenso nacional sobre las reglas del juego económico, tan característico de las dos décadas anteriores, es imposible de reproducir en corto tiempo y con tanta demanda acumulada, menos aún si la expectativa es una Nueva Constitución.

Lo que la elite no quiere aceptar, y que sin embargo Bachelet parece haber leído u oído correctamente, es que los abusos de mercado y la brecha de desigualdad y alta concentración económica explotó como un malestar de clase media en la calle, y que los cambios hoy resultan inevitables.

La crisis de la educación, que ha concitado un consenso nacional por la gratuidad, explotó violentamente en los bancos y las deudas de la clase media, antes que en el sistema educativo propiamente tal. Y algo similar está en curso con las Isapres.

Michelle Bachelet tuvo en su primer gobierno mayor adhesión por la administración moderada del modelo que voluntad de cambio en las reglas del poder. Sin embargo, su sentido práctico parece indicarle la necesidad de enhebrar cambios que sean algo más que simbólicos y que satisfagan la imagen de una sociedad de derechos que la gente demanda. En eso ella expresa un talante moderado y matiza las diferencias entre los movimientos sociales y la espontaneidad de la calle.

Con todo, al menos hasta ahora, existe una incógnita sobre qué hará Bachelet realmente y lo programático aparece solo como un valor indicativo. Su poder está por fuera de su conglomerado político y también podría estar por encima de los compromisos políticos si se trata de intereses que la afecten directamente. Así quedó demostrado en el caso de Escalona, quien no es que no pueda revivir políticamente, pero quedó tan golpeado de su intento de dominar la agenda de Bachelet que su retorno al círculo de poder está hipotecado a la voluntad de ella.

Con las presidenciales de noviembre en marcha, muchas cosas deberán despejarse en plazo breve. Pero la más profunda, esto es el acomodo de la nueva institucionalidad política y de las estructuras del Estado y del gobierno, no tienen agenda ni breve ni cercana. En estricto rigor es un tema librado a la capacidad de los bloques en pugna y a eventuales nuevos actores, sobre todo en torno a temas como Nueva Constitución y regionalización. La polarización que implica la candidatura presidencial de Pablo Longueira en la derecha, indican que Bachelet domina fuertemente el escenario por fuera de la institucionalidad actual y con propensión al cambio.

Eventualmente pueden emerger movimientos liberales en el centro político, no identificados con tal polarización, además o junto con el crecimiento natural que experimentarán las candidaturas de Marco Enríquez Ominami y Franco Parisi.

Pero lo cierto es que, al menos, con los datos actuales y el amarre institucional del sistema político, el cambio parece inevitable. Acaba de emerger una nueva fuerza política y un caudillo domina la escena sin contrapeso. Un nuevo escenario para el Chile del siglo XXI.

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