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La política, los políticos y la vida cotidiana

por 9 julio, 2013

Como lo expresa una mujer trabajadora: “dicen que el país está cada vez mejor, a lo mejor será verdad… pero, no creo, yo lo que más veo es que yo estoy cada vez más reventada”.
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Chile está cambiado y está cambiando. Aunque no sabemos la dirección que tomará pues nos encontramos en el corazón de la pugna por este destino, lo que sí es posible es acercarse a identificar en qué está cambiado.  Un aspecto central de este cambio es que son nuevas dimensiones de la experiencia social las que se convierten en las brújulas que usamos las personas para orientarnos, actuar y hacer juicios sobre la sociedad. Esto es central: la política y los discursos institucionales han dejado de ser las fuentes privilegiadas que dan las claves para comprender la vida social y los principios de valor sobre los que juzgarla. La cotidianeidad y  la sociabilidad han tomado su lugar. Si bien este dato no es ajeno a los diagnósticos sobre los que la clase política ha comenzado a producir sus discursos recientemente, lo que resulta preocupante son las interpretaciones que hacen de este proceso. Veamos el caso de la cotidianeidad.

Ante una realidad más compleja, más opaca, y frente a lenguajes especializados incomprensibles, las personas tuvieron que buscar nuevos referentes para decodificar el mundo social y político.  Esto ha tenido un efecto particular e inesperado. Las experiencias de la vida cotidiana y ordinaria se constituyeron en este referente. Lo común es hoy menos efecto de compartir interpretaciones globales que nos son dadas en clave experta-política-institucional. Lo común es hoy resultado mucho más de las resonancias que se producen a partir de las experiencias ordinarias y lo que ellas nos enseñan. Esto explica, por ejemplo, el peso que tiene la experiencia personal en los juicios más generales sobre la sociedad. Así, si la sociedad mejoró el nivel material de vida eso no ha sido el caso de la calidad de vida cotidiana. Entonces, es precisamente esto último lo que está influyendo en las maneras en las que se juzga la sociedad. Como lo expresa una mujer trabajadora: “dicen que el país está cada vez mejor, a lo mejor será verdad… pero, no creo, yo lo que más veo es que yo estoy cada vez más reventada”. La vida cotidiana es la brújula para orientarse y juzgar el mundo.

Como lo expresa una mujer trabajadora: “dicen que el país está cada vez mejor, a lo mejor será verdad… pero, no creo, yo lo que más veo es que yo estoy cada vez más reventada”.

Ahora bien, cuando esta importancia de la cotidianeidad es entendida simplemente como una indicación de la importancia de escuchar lo que “la gente quiere”, cuando se la reduce al mundo del consumo   o cuando es tomada como signo de la existencia de un “centro social” al que hay que tutelar, para tomar solo algunos ejemplos de lo que hemos escuchado recientemente de la clase política, se banaliza y despolitiza lo que enfrentamos. ¿Por qué? Porque al hacerlo se obvia un aspecto extremadamente importante de lo que este giro implica: la importancia de la cotidianeidad está asociada a un creciente ejercicio crítico y  de libertad en la interpretación de las personas respecto de sus propias vivencias. Estamos menos dispuestos a dejar que las versiones externas, políticas y expertas, nos impongan las lecturas de lo que nos acontece o de lo que debemos pensar o de cómo debemos “leer” los datos de la realidad. Contra muchos que (con frecuencia en privado para evitar la pérdida de popularidad que acarrearía) leen esta relevancia de lo cotidiano como un signo del empobrecimiento de la cultura política de las personas, es necesario recordar que esa interpretación olvida que contar con el propio juicio (que parte por el respeto y la valoración de la propia experiencia) es el fundamento de la resistencia a la obediencia ciega, la que ha sido  históricamente medio no solo para el sometimiento sino para la crueldad.

El imperio de la cotidianeidad es potencialmente virtuoso, porque exige el ejercicio moral ordinario de cada uno de nosotros. El imperio de la cotidianeidad es político como lo testimonia el camino de su traducción en lenguajes colectivos que traspasan la experiencia individual. Reducir esta importancia de lo cotidiano a una lectura que infantiliza,  despolitiza o reduce lo cotidiano al consumo, es un flaco favor que le hace la clase política a la sociedad chilena y en última instancia a sí misma.

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