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Hipocresía sexual o la discusión abortada

por 26 julio, 2013

Soy mamá de un niño de 13 años. Di a luz a mi hijo a los 16 y conozco de primera fuente que esa misma sociedad hipócrita que censura la educación sexual en la casa y el colegio, es la misma que juzga duramente a las colegialas una vez que el crecimiento demográfico ha quedado a su cargo. En Chile el 12,3% de las mujeres entre 15 y 19 años son madres o están embarazadas, las que han tenido como único acercamiento a la sociabilización del sexo los programas como Yingo o el regetón misógino que les ordena empotrarse.
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Entendemos que la despenalización del aborto y legalización del mismo, para su práctica segura y no segregada para los más ricos, es una urgencia que hoy elevan un sin número de mujeres que quieren tener la facultad de decidir su práctica o no, sobre todo en casos donde el embarazo es un riesgo vital para la madre, es producto de una violación, o simplemente no es viable en términos de la constitución del feto. Sin embargo debemos entender que los 41 millones de abortos que se practican al año en el mundo, no responden a la “autodeterminación de la mujer”.

No es un placer sentirse obligado a desechar una vida. El aborto es una opción desesperada y por supuesto la última. Sabemos que es mucho más revolucionario aceptar la creación de la naturaleza. Sólo basta pensar que en México, donde la tasa de femicidios, violaciones e incesto es la más alta de América Latina, el aborto es legal ya que era una necesidad liquidar la fábrica de bastardos; es ahí cuando nos damos cuenta que la medida sanitaria no responde a la liberación de la mujer, sino que a un verdadero “control de plagas”.

Tener un hijo en el sistema económico que ha deformado la conciencia de nuestra sociedad, resulta ser un acto de sumo peligroso, dado a que el obrero y obrera están hoy despojados incluso de su prole. Porque seamos bien claros, mientras unos nacen con la marraqueta bajo el brazo, otros nacen con la mierda hasta el cogote.

Soy mamá de un niño de 13 años. Di a luz a mi hijo a los 16 y conozco de primera fuente que esa misma sociedad hipócrita que censura la educación sexual en la casa y el colegio, es la misma que juzga duramente a las colegialas una vez que el crecimiento demográfico ha quedado a su cargo. En Chile el 12,3 % de las mujeres entre 15 y 19 años son madres o están embarazadas, las que han tenido como único acercamiento a la sociabilización del sexo los programas como Yingo o el regetón misógino que les ordena empotrarse.

Soy mamá de un niño de 13 años. Di a luz a mi hijo a los 16 y conozco de primera fuente que esa misma sociedad hipócrita que censura la educación sexual en la casa y el colegio, es la misma que juzga duramente a las colegialas una vez que el crecimiento demográfico ha quedado a su cargo. En Chile el 12,3% de las mujeres entre 15 y 19 años son madres o están embarazadas, las que han tenido como único acercamiento a la sociabilización del sexo los programas como Yingo o el regetón misógino que les ordena empotrarse.

Esta verdadera esquizofrenia social viene dada por un grupo de feudales que desde su poder patriarcal ha creado la convicción de que la mujer es un recipiente seminal para incubar la vida, otorgándole una misión divina con la cual dan “sentido” a su existencia (prestando el cuerpo), mientras la condenan al pecado original de la cópula, como acto sucio y reprochable. La dualidad madre/puta, sumándole la sociedad de mercado que ya lleva siendo un hit bastante antiguo con eso de “sexo compro, sexo vendo, sexo, sexo, sexo sexooo!”, dan un panorama absolutamente desalentador y corrosivo del tejido social.

Qué duda cabe, desde el sexo que han creado clases por determinismo biológico desde que el “hombre es hombre” y es evidente que en cuestión de “géneros” hay mucho paño por cortar.

Madre y Huachos, el título de la antropóloga literaria Sonia Montesinos, nos habla de un país que se construye sobre el abandono y la identidad de una mujer anclada en una sociedad machista “propia de un ethos mestizo latinoamericano”.

Las mujeres solas y sus hijos, están desprotegidas porque no existe conciencia alguna que desincentive a los nunca-padres. Y esto ocurre a pesar de los marketing políticos hembristas que elevan  a un par de rubias a la primera magistratura.

La cantidad de mujeres menores de edad que deben convertirse en madres con mínimas condiciones, siguen aumentando proporcionalmente al precio de anticonceptivos, mientras, desaparece la píldora del día después, se mantiene el dictamen dictatorial de Toribio Merino de penalizar a madres que aborten, en un acto de cinismo sin precedentes, en donde el nonato tiene más derechos que el recién nacido, que a la postre puede por el mismo designio del Estado, convertirse en un héroe de Antuco.

Bueno, y muchos de los padres se escabullen hasta que son interpelados por la ley, que siendo familista, es blanda y relativa cuando se sitúa fuera del ordenamiento matrimonial, aunque el otrora “ilegitimo”, haya sido legalizado con un afán progresista y para acicalar modernamente la Constitución gremialista.

Bachelet hizo un supuesto “avance” en el tema de la infancia con los jardines infantiles y la jornada escolar completa, pero no logró nada más que desincentivar la crianza: la educación realizada en el seno de la maternidad gozosa. Con esta medida se otorgó más valor al trabajo, a la creación de lo público, y el niño parido en una cama, encarnación de lo privado, fue despojado del paraíso, y con él a todos.

Por esto resulta raro que se ponga tanto énfasis en la protección de un grumo de sangre, que aún no se constituye ni siquiera como morélula, mientras el niño ya nacido y su madre reciben tantos embates.

Se entiende entonces que queramos irnos por el despeñadero demográfico —la fecundidad en Chile bajó 56 % en los últimos 50 años. ¿El deseo por convertirnos en “el pueblo elegido”? Quizás, pero con los mismos gerontócratas oligarcas y los mismos huachos sin siquiera un derecho garantizado por el Estado, siendo suerte segura seguir conformando la mano de obra barata que se solaza de “empleo pleno”, mientras recibe un sueldo de hambre amparado en la ley del mínimo esfuerzo.

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