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Cómo el comando de Michelle se ha transformado en el Gulag del progresismo

por 29 agosto, 2013

Cómo el comando de Michelle se ha transformado en el Gulag del progresismo
En la elección de 2013, el discurso de Bachelet con tintes progresistas en las primeras etapas de campaña, seguido de la incorporación a su equipo —en nombre del realismo y la moderación— de personas incluso sancionadas por no defender a los accionistas minoritarios y a los consumidores en el caso Ripley, puede provocar costos en el electorado más motivado en un contexto de voto voluntario.
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Sábado 24 de agosto. Radio Rancagua. Estamos en un programa habitual de conversación, cuando me entero que nos visitará Ricardo Lagos Weber quien, al igual que todos los actores públicos, está desplegado en terreno apoyando candidaturas, en especial la de Michelle. El hombre es ingenioso y listo: bromea, rompe el hielo rápidamente y tiene un trato horizontal que distensiona las barreras. Es hábil en la táctica de no hacer sentir al resto que sobre sus hombros carga el peso de la República y, al parecer, tampoco se lo cree. No es un tonto grave al estilo de los “hombres de Estado”, aunque menos un tipo liviano como esos senadores de los cuales uno nunca logra explicarse cómo llegaron allí. Y, pese a su simplicidad, el peso de su estatus te lo hace sentir siempre, en especial cuando habla de “su viejo”, a quien rodea de una ternura muy lejana a la imagen del presidente Montt-Varista que muchos de nosotros tenemos.

La conversación es ágil y amena hasta que le digo que si bien el caso Cheyre se robó la agenda semanal ocurrieron, sin embargo, el mismo miércoles, dos hechos que pueden influir mucho más en la coyuntura política y las campañas, en particular, la de Bachelet, que ese lamentable episodio. Me pregunta cuáles. Le respondo: ese día, mientras se desarrolla el seminario en que Espacio Público difunde sus propuestas sobre consumidores, el ex ministro de Economía  Juan Andrés Fontaine, lanza una de esa frases que quedan para el bronce: “Nuestro gobierno, con la misma ley del consumidor, hizo muchas más cosas que la administración anterior”. José Roa palidece y nadie es capaz de reaccionar ante tamaña afirmación porque si uno revisa las iniciativas en el área de Piñera —modificación de la ministra Matte en Vivienda, el Sernac financiero, disminución de la tasa máxima convencional, iniciativa sobre ley de quiebras, apertura unilateral del espacio aéreo, etc.— parece que la sentencia es verídica, y sin contar que el actual director del Sernac nunca se reunió privadamente con Pablo Alcalde en el Club de Golf. Dos: ese mismo día Michelle visita a los empresarios en un ambiente distendido y de confianza, y ufanamente les desliza que “yo he sido la única Presidenta que no ha hecho reforma tributaria”. Lo que pudo haber sido un terremoto, pasó inadvertido entre las notas de prensa que recogieron más bien su insistencia en más equidad e igualdad. Solamente la UDI reclamó más tarde por la adhesión a su candidatura del presidente de los bancos, Jorge Awad.

Donde el equipo de Michelle sí ha sido ágil es en encargarse de entregar señales de moderación y prudencia —son las dos frases que más han repetido Arenas y Peñailillo— y para ello se han encargado de dejar fuera a todos aquellos que huelan a crítica. Es cierto que está Ffrench-Davis y algunos militantes comunistas, pero ellos no tienen visibilidad en los temas económicos. Es más, De Gregorio —guardián del PDC allí para exigir el botín de Codelco—, incluso ha refutado algunos de los dichos de la presidenciable, sin que, a diferencia de los socialistas, le ocurra nada.

El legislador sabe que ése es un flanco débil de Bachelet y replica una y otra vez, hasta que en un momento el diálogo se torna áspero, entonces se juega una nueva carta: “Sé que has estado esperando mucho para hacerme todas estas preguntas”, algo así como: “Quieres tu minuto de gloria a costa mía”. Tomándolo amistosamente del brazo, le respondo: “No porque seas senador, eres dueño de la verdad”. Lagos Weber, que ha aprendido con mucha astucia y naturalidad el manejo del metro cuadrado, distensiona la conversación con un simpático: “Edison Ortiz, yo también te leo en El Mostrador”. Y enseguida argumenta su defensa.

Parte el senador: “¡Claro!, Imagínense que nos hubiéramos dado el gustito de dejar afuera a Cortázar y a De Gregorio para dar una señal de plena transformación de la agenda y con ello dejar contentos a los progresistas de la coalición”. Y contraataca: “Imagínense si nosotros hubiéramos dado señales de veto hacia personajes de tono liberal ¿No les parece suficiente que la Presidenta la misma noche que ganó reiteró sus ejes estratégicos: cambio constitucional, educación gratuita y reforma tributaria?”. Y enseguida remacha con un: “Necesitamos para los cambios que queremos al mundo liberal”. Fue claro Lagos Weber sobre una temática que se ha transformado en la piedra en el zapato de la candidata.

Quiero seguir y creer el argumento de Lagos, que tiene una lógica básica: en política para ganar y aplicar un programa de gobierno, no basta sólo con los buenos deseos, hay que sumar una mayoría para ello. Pero donde la tesis del senador se torna, sino insostenible, por lo menos difícil de comprender, es la manera en que esos equipos podrán lograr los objetivos propuestos dada su naturaleza y; segundo, como sí ha funcionado un veto, pero más bien hacia la izquierda de la coalición. Porque, en efecto, ejes claves para alcanzar las aspiraciones generales que Michelle siempre plantea en sus discursos son dos: la generación de una política redistributiva y laboral similar. Respecto de lo primero, diversos economistas se han cuestionado “el sentido de progresividad” de las medidas propuestas. Se ha dicho, por ejemplo, que su reforma —el FUT— únicamente sería real cuando su gobierno concluya; también se cuestiona que la rebaja de la tasa marginal de 40 % a 35 % “reduce la recaudación fiscal, compensando en buena forma el efecto del alza del impuesto de primera categoría”, tornando aún más regresiva la propuesta. Dos, en reforma laboral, curiosamente su equipo no ha dicho absolutamente nada. Lo único que se filtró fue el descontento de los propios sindicalistas DC con Marcelo Albornoz, ex director del Trabajo de Lagos, por sus asesorías a empresas como Almacenes París y Minera Collahuasi, así como a Ripley, Cencosud y Wallmart. Para los propios sindicalistas DC es ilegítimo “intentar incidir en la discusión pública y programática de la candidata que será la próxima Presidenta de Chile con un evidente conflicto de interés y siendo asesor de empresas”. Otra área sensible es Salud —en Educación también hay muchas dudas—, y es curioso que todavía no sepamos nada. Solo, y discúlpenme por decirlo, nuevamente el conflicto de interés que afecta a algunos de sus miembros versus la demanda de acabar con el abuso de las Isapres.

Donde el equipo de Michelle sí ha sido ágil es en encargarse de entregar señales de moderación y prudencia —son las dos frases que más han repetido Arenas y Peñailillo— y para ello se han encargado de dejar fuera a todos aquellos que huelan a crítica. Es cierto que está Ffrench-Davis y algunos militantes comunistas, pero ellos no tienen visibilidad en los temas económicos. Es más, De Gregorio —guardián del PDC allí para exigir el botín de Codelco—, incluso ha refutado algunos de los dichos de la presidenciable, sin que, a diferencia de los socialistas, le ocurra nada. Para que hablar de Conadecus —ahora se les ofreció una ‘bilateral’ con el equipo de Andrea Repetto—, de los líderes históricos del PS, o los economistas del Instituto Igualdad, que siguen en la Siberia del comando. La tesis de Lagos Weber puede ser cierta, aunque es justo reconocer que no se emplea del mismo modo con el mundo progresista.

Ello puede resultar peligroso en un contexto en que se vislumbra que las candidaturas pequeñas —la mayoría de centroizquierda— podrían bordear el 30 %, y con una Matthei que no logra superar el tercio. ¿Se imaginan qué ocurriría si el 17 de noviembre ‘los chicos’, sumados, alcanzan esa cifra, Matthei repite la perfomance de Büchi y la candidata con más expectativas está en el borde del 40 %? Ya no están los tiempos para repetir aquello que el senador PPD sabe muy bien: “su viejo”, luego de un discurso esperanzador de cambio en 1999, en segunda vuelta moderó su arenga y ganó por un pequeño margen, y más tarde terminó siendo capturado por el ala conservadora, según nos relata Ominami. En la elección de 2013, el discurso de Bachelet con tintes progresistas en las primeras etapas de campaña, seguido de la incorporación a su equipo —en nombre del realismo y la moderación— de personas incluso sancionadas por no defender a los accionistas minoritarios y a los consumidores en el caso La Polar, puede provocar costos en el electorado más motivado en un contexto de voto voluntario. Y, finalmente, aumentar el deseo de muchos electores de hacer una advertencia en primera vuelta, pues no están con la derecha pero quisieran que no se repita el ciclo concertacionista y su más de lo mismo.



La incorporación del PC puede no aportar mucho en este sentido. ¿No sería mejor que la frase “he entendido el mensaje de los electores” se escuche antes del 17 de noviembre y no en una segunda vuelta llena de improvisaciones de última hora y eventuales condicionamientos para aspirar a alcanzar el 50 %?

Pero el núcleo duro de la Concertación se empeña en tropezar, de nuevo, con la misma piedra.

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