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Sobre perdones, memorias y reconciliación bizarra

por 18 septiembre, 2013

Yo creo, como dice Charly García, que todo es una mentira.
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A propósito de la escena de sobreabundantes perdones que se ha apreciado en los últimos meses en Chile a partir de los 40 años del Golpe y de la tan variada fauna política que la invoca, me atrevo con algunas pistas.

Primero. Se puede sostener que los mayores criminales de la historia han sido hombres de Estado. Sus crímenes operan en tiempos de guerra contra naciones enemigas pero también, y regularmente, el asesinato, la tortura y la desaparición se da dentro de las fronteras que esos hombres de Estado “protegen”, ya sea por razones económicas, religiosas o políticas como es el caso de las dictaduras ocurridas en América Latina y, particularmente, en Chile. Esto sin duda revela una contradicción, no sociológica pero sí en relación al fenómeno de la justicia, ya que los grandes crímenes de masas han sido enfrentados y gestionados al margen de la ley, fuera de la justicia ordinaria y más bien consensuados en la órbita política.

En América Latina se habría optado por instituciones como la amnistía particularmente, la misma que Paul Ricoeur define como la “forma institucional del olvido”, al interior de la cual el Perdón y sulenguaje habrían cumplido una labor determinante. Las amnistías no solamente no permitieron que la justicia se desplegara, sino que evitó conocer la verdad de los hechos que caso a caso fueron denunciados, favoreciendo una ilegalidad de facto que perseguía objetivos de normalización a través del eufemismo de la “reconciliación”. En Chile particularmente, esta falta de justicia y de ley, intentó ser reparada a través de mecanismos compensatorios simbólicos y monetarios que acallaran a las víctimas.

Yo creo, como dice Charly García, que todo es una mentira.

La democracia chilena actual en esta perspectiva, se engendra en el miedo y en la constatación de que el mal en su variante política es reiterativo, que va y vuelve en eterno retorno. Frente a esta consideración diríamos filosófica, se respetó y no se inculpó penalmente a los asesinos de miles de chilenos que fueron ajusticiados por la dictadura. A partir de este miedo uno de los principios fundadores de las democracia liberal, el de la igualdad ante la ley, no fue respetado en Chile en orden a estabilizar un proceso transicional que terminó por olvidar a las víctimas en su singularidad favoreciendo la articulación de un sistema híbrido, al interior del cual las antiguas instituciones de la dictadura convivían estratégicamente con las democráticas.

La justicia en este contexto de salida de la violencia, tiende a consolidar un lenguaje relativo al Perdón y a la reconciliación que, en rigor, no es precisamente propio de una justicia penal sino que más bien es propio del lenguaje religioso. El Perdón viene invocado por las estructuras encargadas de la transición en orden a obviar, justamente, el funcionamiento de la justicia. La retórica del Perdón es necesaria en la medida que la justicia es sólo dentro de lo posible y, por cierto, tendiente al olvido. Se instala de esta manera en el centro de la sociedad chilena pos-dictadura lo que Luc Boltanski denomina Falsa Moralidad.

El Perdón inicialmente es una figura extraña al orden político, sin embargo en el contexto de la transición chilena de la dictadura a la democracia, impregnó e impregna el lenguaje de todos los actores institucionalescomprometidos. En Chile la cuestión del Perdón, de naturaleza absolutamente anti-política, se ubicó en el corazón de la política misma.

Segundo. Todos estos antecedentes tienen un origen y, además, un espacio institucional que los reúne. En primer lugar, el gobierno de Pinochet se aseguró impunidad para sus crímenes a través de la amnistía de 1978. Este dispositivo jurídico impedía cualquier diligencia judicial relacionada con la fase de la represión más intensa (1973-1978). Esta amnistía se aplicó sistemáticamente hasta la transición. El primer gobierno democrático de Patricio Aylwin en 1990, heredó este dispositivo y aunque se opuso inicialmente a su aplicación para todos los casos de violación de los derechos humanos, su margen de maniobra fue mínimo dado la tensión instalada por Pinochet, quien amenazaba permanentemente con desestabilizar vía fuerza el régimen democrático de persistir en la búsqueda de culpables. Una frase de Pinochet resume cabalmente la fragilidad de la democracia chilena: “El león dormita, pero no duerme”. Igualmente aclaradora resultan las declaraciones del presidente Patricio Aylwin en 1992: “Deseo que cada uno sea juzgado, en todos los casos (…) pero (…) la justicia debe hacerse en la medida de lo posible. Es probable que sin ley de amnistía la proliferación de los casos hubiera creado un clima peligroso para la reconciliación”. Como es posible apreciar, la noción de justicia estaba completamente limitada a los imperativos contextuales de una sociedad con miedo y en donde, además, el poder de Pinochet no se encontraba legitimado únicamente por la fuerza militar de la que disponía, ni por los artefactos constitucionales que se había fabricado, sino que en gran medida por el apoyo social inmenso del cual aún gozaba.

Una segunda institución política derivada del contexto transicional, fue la búsqueda de una verdad histórica oficial, llamada concretamente Comisión Rettig. A propósito del escaso o más bien inexistente marco de acción de las nuevas autoridades para llevar adelante juicios penales en contra de los agentes de la dictadura, se decidió crear una “verdad”  histórica oficial que produjera, en esta línea, un amplio consenso social. Para lograr este objetivo la Comisión Rettig intentó reunir a los actores de todos los sectores sociales implicados de alguna forma en la historia reciente de Chile. Todos ellos fueron nombrados por el presidente de la república. Resumiendo, la comisión tenía atribuciones para exigir toda la información necesaria para determinar el destino y el lugar de sepultura de las víctimas, no obstante estas atribuciones no eran judiciales ni estaban amparadas en ningún marco legal. Los miembros de la comisión cercanos  al gobierno militar pidieron igualmente que se investiguen los crímenes cometidos por los “subversivos de izquierda” y que les costara la vida a agentes de la dictadura. Esta petición fue aceptada y se incluyó en la comisión. Si bien no se dio como en el caso argentino la teoría de los dos demonios, el trabajo de la comisión implicaba, estratégica y funcionalmente, la búsqueda de consenso. La idea de una “verdad oficial”, histórica y reconocida por la sociedad chilena, dejó atrás los elementos relativos a una justicia real. No es justicia, sino verdad lo que está en juego. En este sentido la verdad es enemiga de la justicia y se nos revela como una dimensión arbitraria, que borra la memoria y sepulta bajo olvido la posibilidad del Perdón.

Tercero. Retomemos la frase de Ricoeur la amnistía (…) forma institucional del olvido ¿Cuál es el lugar del Perdón en este olvido institucionalizado? preguntamos más precisamente ¿tiene lugar el Perdón en este escenario? La amnistía es un dispositivo, es decir una red extensiva de discursos, valores, prácticas e instituciones. Su lugar es histórico y efectivamente es fruto de una urgencia, de una coyuntura específica que le otorga sus condiciones de posibilidad. En esta dirección, la amnistía no escarba en el pasado más que para olvidarlo, jamás para traerlo al presente Este último, el pasado, es considerado como espacio temporal de reproducción sistemática para la impunidad y la total injusticia. ¿El Perdón? El Perdón no tiene cabida en este espacio. El caso chileno permite apreciar que los sujetos necesarios para que el circuito del Perdón se active, han estado fuera, unos porque no han pedido jamás Perdón, y otros porque no han tenido la oportunidad de activarse como individuos capaces de perdonar. La amnistía es una de las plataformas fácticas sobre las cuales la transición chilena ha sido llevada adelante. En esta línea, el Perdón cara a cara, el antropológico, desaparece, quedando más bien una suerte de espacio institucional que se apodera del Perdón y que se encarga de distribuirlo en todas sus formas: de pedirlo, de otorgarlo, si es posible de transformarlo en promesa o, lo que es lo mismo, invocarlo una y otra vez hasta que la normalidad social se alcance.

La Comisión Rettig, por su parte, en su intento por borrar todo rastro de memoria individual y abreviar en un sólo gran consenso la verdad histórica que favoreciera la transición y la normalización social, tampoco tiene que ver con el Perdón, sino más bien, nuevamente, con el olvido. La memoria en el contexto de la sociedad chilena pos-dictadura es un acontecimiento que se opone a la historia oficial, se niega a ser aspirada por el gran relato necesario para apaciguar la obsesión de los negociadores. Es por esta razón que el reconocimiento de la memoria es algo excepcional, ya que la memoria es individual, se relaciona con el dolor personal, refiere a un yo capaz de perdonar o de pedir Perdón. “Numerosos acontecimientos reputados de históricos, no han sido jamás el recuerdo de las víctimas”, escribía Ricoeur. 

Cuarto. ¿Qué es lo que se busca finalmente con toda esta operación histórica anti-memoria? Se cree que evitar la representación de lo que ocurrió, lo que en sí mismo alteraría la estabilidad del presente. Es mejor no recordar, no activar la memoria con las láminas de un pasado que dinamitarían las intenciones de regularización social presentes. Es mejor levantar una retórica mediática y pirotécnica del Perdón antes de que la cosa se revuelva y la normalidad se vea amenazada. En esta línea toda la operación histórica puede ser entendida como un acto de sepultura, de entierro de la memoria en el ataúd del olvido. Sólo entonces el curso social y la reestructuración de un orden pueden ser viables.

Amnistía y amnesia son palabras que comparten un mismo origen. Chile y los países que han vivido experiencias de violencia de Estado tendrían la chance de al menos rozar la justicia si es que se volcaran sobre esa memoria no-histórica, la que sigue presionando por salir de la prisión de las instituciones políticas.

Pienso que estas son algunas de las razones que podrían explicar la preponte vigencia de la Palabra Perdón y de la múltiple fauna que la compone en nuestro país. Vigencia hoy más fuerte que nunca por el soporte que le imprimen los medios de comunicación.

Quinto. Yo creo, como dice Charly García, que todo es una mentira.

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