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Bachelet: ¿fortalece la democracia?

por 31 octubre, 2013

Sería deshonesto no evidenciar las numerosas dudas que aparecen cuando se evalúa a la candidata Bachelet con los estándares de valorización de la política y de fortalecimiento de la democracia que hemos fijado en lo párrafos anteriores. Lo más preocupante es, precisamente, el grado de adhesión que obtiene pese a todas esas omisiones, preguntas y contradicciones que se expresan. Eso nos debe llevar a pensar sobre la urgencia de los propósitos que propongo al comienzo. Pues, al final, quizás la verdadera crisis que afecta al país no se circunscribe tanto al modelo económico, la Constitución ni el sistema electoral, sino más bien a la forma en cómo entendemos y materializamos nuestra ciudadanía.
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Un desafío fundamental que tenemos como país consiste en revalorizar la política y en fortalecer la democracia. Así, necesitamos una política que descanse en proyectos macizos y no sólo en figuras individuales apoyadas en marketing publicitario.

Una que tenga planteamientos de fondo, con ideales articulados, coherentes y reconocibles, capaces de distinguirse los unos de los otros más allá de consignas superficiales, pragmatismos e indefiniciones.

Una que ofrezca programas contundentes, no agotados solamente en medidas económicas –el hombre es mucho más que su dimensión material–, sino también señalando las visiones antropológicas, éticas y sociológicas que se proponen para alcanzar el bien común y la felicidad integral. Una que proponga modelos a seguir, comunicando a la ciudadanía virtudes cívicas que promuevan una cultura de la solidaridad.

Luego, una vez fortalecida la democracia, debiese aparecer –como consecuencia inevitable de ese proceso- una ciudadanía exigente, capaz de demandar la exposición transparente de lo que se piensa. Que rechace debates de papel, pues requerirá los contrastes para discernir su voto.

Sería deshonesto no evidenciar las numerosas dudas que aparecen cuando se evalúa a la candidata Bachelet con los estándares de valorización de la política y de fortalecimiento de la democracia que hemos fijado en los párrafos anteriores. Lo más preocupante es, precisamente, el grado de adhesión que obtiene pese a todas esas omisiones, preguntas y contradicciones que se expresan. Eso nos debe llevar a pensar sobre la urgencia de los propósitos que propongo al comienzo. Pues, al final, quizás la verdadera crisis que afecta al país no se circunscribe tanto al modelo económico, la Constitución ni el sistema electoral, sino más bien a la forma en cómo entendemos y materializamos nuestra ciudadanía.

Y que inste a conocer todos los aspectos relevantes de la vida de los candidatos –especialmente los puntos negros de sus trayectorias– para decidir con madurez y responsabilidad.

En ese contexto, quizás valdría la pena revisar, a la luz de esos estándares, el estado actual del proceso presidencial, con especial énfasis en aquella candidatura que se encuentra en la primera posición de las encuestas.

¿Es aceptable el silencio que ha mantenido la candidata de la Nueva Mayoría a lo largo de la campaña, amparándose astutamente en frases ambiguas que cada uno podría interpretar a su favor? ¿Valora la política discursos como el que dio en ENADE, donde –en honor a la verdad– no fijó posiciones concluyentes en varios de los temas que nos inquietan como electores? ¿Cuál es la señal que se envía cuando tácticamente se toma la decisión de restarse del debate televisivo o de la inauguración del memorial del 27F en Concepción, siendo que los otros candidatos participan de dichos espacios?

¿Fortalece la democracia el que se presente el programa de Gobierno a menos de un mes de las elecciones? ¿Cómo confiar en la Senadora Alvear, cuando, al mismo tiempo de instar a sus contendores a dejar sus programas ante notario como parte de su “compromiso con la ciudadanía”, aparece abrazada con una candidata que durante semanas daba excusas por no presentar el suyo?

¿De qué manera se conjuga creíble y coherentemente la (aparente) propuesta de matrimonio entre personas de un mismo sexo y la presencia de un partido socialcristiano en la coalición? ¿Cómo se habla de “Nueva” mayoría, cuando más del 80% de los candidatos senatoriales son personeros políticos de la antigua Concertación y, en casi dos de cada tres distritos, llevan diputados a la reelección?

Es cierto que la guerrilla de acusaciones y los discursos maximalistas (y a ratos, francamente populistas) de las demás candidaturas no mejoran mucho el panorama.

Pero sería deshonesto no evidenciar las numerosas dudas que aparecen cuando se evalúa a la candidata Bachelet con los estándares de valorización de la política y de fortalecimiento de la democracia que hemos fijado en lo párrafos anteriores.

Lo más preocupante es, precisamente, el grado de adhesión que obtiene pese a todas esas omisiones, preguntas y contradicciones que se expresan.

Eso nos debe llevar a pensar sobre la urgencia de los propósitos que propongo al comienzo. Pues, al final, quizás la verdadera crisis que afecta al país no se circunscribe tanto al modelo económico, la Constitución ni el sistema electoral, sino más bien a la forma en cómo entendemos y materializamos nuestra ciudadanía.

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