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Guillermo Luksic: alma grande

por 27 marzo, 2014

Junto al respeto, tengo la imagen de su manera tan específica de establecer el diálogo y acercarse a hombres y mujeres, sin diferencias sociales, religiosas o políticas. Preguntaba sin tregua para quien tenía enfrente… y eso permitía voltear la jerarquía del encuentro, haciendo sentir importante a quien lo enfrentaba, y no sólo la primera vez. “Cuéntame más”, era una invitación y una manera muy simple y eficaz de conquistar a las personas.
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Guillermo Luksic Craig murió hace un año, el 27 de marzo de 2013, y para muchas personas, incluyéndome a mí, ha sido uno de los días más tristes de nuestras vidas. Él no hubiera aprobado que detuviéramos nuestro caminar y menos que convirtiéramos su muerte en un motivo de lamentos permanentes.

Pero, lo dije hace un año y lo repito: el mundo era mejor cuando él estaba entre nosotros.

Y esta afirmación no es privativa de sus amigos, ni siquiera de sus cercanos.

Hace muy poco, una persona de izquierdas, joven y que apenas lo conoció, me hablaba de él con sincero sentimiento de pérdida y me hizo un comentario muy parecido: era una persona excepcional, irremplazable, dado el mucho bien que hacía.

Junto al respeto, tengo la imagen de su manera tan específica de establecer el diálogo y acercarse a hombres y mujeres, sin diferencias sociales, religiosas o políticas. Preguntaba sin tregua para quien tenía enfrente… y eso permitía voltear la jerarquía del encuentro, haciendo sentir importante a quien lo enfrentaba, y no sólo la primera vez. “Cuéntame más”, era una invitación y una manera muy simple y eficaz de conquistar a las personas.

Su bonhomía traspasaba las ideologías y los conceptos manidos sobre buenos y malos, justos y pecadores, ricos y pobres, empresarios y trabajadores.

Así, esta certeza sobre la enorme magnitud de la pérdida que significó su temprana muerte, para sus amigos, sus trabajadores, sus empresas, Chile y el mundo, lo es en muchas dimensiones. Más de las que normalmente se conoce, por ello, hoy quiero rendirle un homenaje recordando aspectos no conocidos, pero que explican y dan sentido a una de las reconocidas pasiones de Guillermo: El Valle del Limarí.

El Limarí, era su solaz.

Era en su casa del fundo Santa Rosa de Tabalí donde se detenía a cocinar con sus propias manos un risotto de champagne para las personas que quería, escuchaba música en su viejo equipo de audio, observaba las lavandas bañadas por la luz dorada del atardecer y disfrutaba los vinos que él había soñado antes que nadie, producto de los viñedos que crecían en las tierras llanas que transformó de desierto en verdadero vergel.

El Limarí era su orgullo.

Pero este encanto por el Limarí no habría tenido correlato con su vida, y tal vez nunca hubiera encontrado eco en su corazón, si Guillermo Luksic no hubiera sido el hombre sencillo que fue. Por ello, si pudiera definirlo con sólo dos palabras, y hacerle justicia al mismo tiempo, diría: Poder y Sencillez. Era, en palabras antiguas, magnánimo: alma magna, alma grande.

No sé si habrá más de uno, pero el retrato pintado de Guillermo que conozco, lo ha capturado así. Está dentro de un mural de cuatro por 45 metros de largo emplazado en la bodega de la Viña Tabalí, realizado por el entonces joven pintor Guillermo Lorca. Sentado en la tierra, en medio del Valle del Encanto, de piernas cruzadas, mirando sereno, sonriendo, cercano… En diaguita o en molle, o en cualquier idioma de razas conectadas con lo profundo del ser y la naturaleza: alma grande

Y de la expresión concreta de este sello de su personalidad, podría hacer un listado largo, pero quiero elegir un par de imágenes simples que lo retratan.

Trataba con respeto hasta al más humilde de quienes trabajaban con él, en su oficina, en su casa o en el campo. Con un respeto que nunca dejó de serlo, pese a la exigencia en el trabajo que imponía su sentido de la perfección. Algo que correspondía a su esencia, que amaba la belleza, el arte y la música. Poseía un sentido de lo bello y lo justo, que hacía que del mismo modo en que elegía los colores del tapiz y los accesorios de su nuevo helicóptero, se preocupara de que el proyector que se regalaría en la Escuela de Tabalí, no sólo fuera de la mejor calidad, sino que también contara con una ampolleta de repuesto.

Sé que Guillermo tenía una clarísima visión de lo muy privilegiado que era, y ese sentimiento lo impulsaba, como un motor interno que no necesitaba de invocaciones morales o religiosas externas, para procurar ayudar a las personas. No sólo a través de generar oportunidades laborales para miles de ciudadanos en muchas partes del mundo; también de socorrer a los pobres normalmente considerados como necesitados, y del mismo modo a quienes pasaban por algún apuro o atravesaban por un momento difícil en sus vidas. No como personas anónimas, sino con nombre y apellido, con cariño humano personal.
Junto al respeto, tengo la imagen de su manera tan específica de establecer el diálogo y acercarse a hombres y mujeres, sin diferencias sociales, religiosas o políticas. Preguntaba sin tregua para quien tenía enfrente… y eso permitía voltear la jerarquía del encuentro, haciendo sentir importante a quien lo enfrentaba, y no sólo la primera vez. “Cuéntame más”, era una invitación y una manera muy simple y eficaz de conquistar a las personas.

Pero Guillermo, a fin de cuentas, nunca perdía el sentido del poder. De manera que hasta cuando cedía espacio y actuaba con completa sencillez, él adquiría poder, y más poder sobre las personas que lo rodeaban.

Y ese contraste abrumador entre poder y sencillez, lo convertía –entre muchos otros atributos– en la persona fascinante que era, de la que parecía emanar un magnetismo y un encanto difícil de contrarrestar. Un algo que lo hacía tan humano, tan cercano y tan querible. Tan irremediablemente inolvidable.

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