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Thomas Piketty y la incomodidad liberal

por 20 julio, 2014

El desafío al analizar el planteamiento de Thomas Piketty, no consiste en cuestionar los supuestos errores de cálculo en la desigualdad histórica que le atribuyen, ni que su tesis no sea aplicable en todos los lugares por cuestiones metodológicas al medir pobreza. Lo que corresponde es entender cómo él posiciona la crisis del Estado liberal con todas sus letras, sin la ambigüedad analítica que ha prevalecido hasta ahora.
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La desigualdad, uno de los debates más fragmentados e ideológicos de la actualidad, es uno de los objetos de análisis del popular libro de Thomas Piketty Le Capital au XXIe siècle (El Capital en el siglo XXI). Desde John Maynard Keynes y Joseph A. Schumpeter que las ideas de un economista no habían causado tanto entusiasmo en medios de prensa como en sectores políticos y académicos.

El autor estudia cómo, en la historia del capitalismo, el crecimiento del capital por sobre el crecimiento de la economía, que él resume en su fórmula: r > g, (donde es la tasa de crecimiento del capital y g la tasa de crecimiento de la economía), es un poderoso y constante generador de desigualdad como fenómeno histórico de varios siglos. Al amparo de él, se desarrolla también una desigualdad política que pareciera ser irreversible a menos que se transforme el modelo económico imperante por siglos.

En las últimas tres décadas, desde las bases del Estado liberal, en especial su sostén moral (justicia social) y la independencia de los poderes del Estado (Estado de derecho), no ha sido posible sustentar políticamente el cambio radical impuesto en el sistema económico durante la década de 1980. Como artificio comunicacional, fue ventajoso adoptar el término “neoliberal”, aunque de liberal tiene poco o nada, excepto el frenesí de la rentabilidad y la desregulación económico-financiera.

El proceso contribuyó a que el reduccionismo trasladara todo el foco de la preocupación política al progreso económico. De allí la insuficiente caracterización de la actual crisis política en cuanto a su profundidad, que se refleja también globalmente en la desestabilización de Estados.

El desafío al analizar el planteamiento de Thomas Piketty, no consiste en cuestionar los supuestos errores de cálculo en la desigualdad histórica que le atribuyen, ni que su tesis no sea aplicable en todos los lugares por cuestiones metodológicas al medir pobreza. Lo que corresponde es entender cómo él posiciona la crisis del Estado liberal con todas sus letras, sin la ambigüedad analítica que ha prevalecido hasta ahora.

El instrumento del cambio consistió en llevar a cabo, primero en países escogidos y después globalmente, un ajuste estructural de la economía, cuyos ejes continúan siendo privatización, desregulación y apertura de mercados. También estuvo concebido como mecanismo permanente para la estabilidad económica. En naciones con escasas alternativas en sus estrategias de desarrollo fue letal su impacto en políticas sociales. Aumentó la mortalidad infantil y materna y se desplomaron los mínimos servicios básicos en vastas regiones en Asia, África y América Latina. Por esa ruta se liquidaron los pactos sociales del llamado Estado de bienestar y el incremento de la desigualdad se estableció como rasgo más notorio.

Puntos esenciales de la teoría liberal, como los derechos fundamentales y la autonomía individual de las personas, han sido remecidos con una violencia inédita, por la enorme desigualdad de las últimas tres décadas.

Los referéndums de Francia y los Países Bajos en 2005, que rechazaron la Constitución única para la Comunidad Europea, son indicadores de la crisis política en el corazón territorial del liberalismo. La dificultad de realizar futuros referéndums para asentar esa Constitución única, y el fortalecimiento de la extrema derecha en las últimas elecciones locales en Gran Bretaña, Francia, Alemania y Dinamarca, ilustran el grado de polarización en la búsqueda de sincronía entre sistema económico y sistema político.

El caso de Chile es significativo porque, siendo un exponente privilegiado del ajuste estructural, exhibe un sistema político cuestionado que se traduce en incapacidad para abordar las demandas de mayor igualdad de los movimientos sociales en 2011 y 2012. El grado de profundidad de la reformas, principalmente en la educación, está condicionado por un debate doctrinario disfrazado en discrepancias metodológicas. Si se consideran las movilizaciones estudiantiles de 2006 como línea basal, todo el proceso configura una sociología de la frustración, en donde la derecha y el conservadurismo, en los primeros 20 años postdictadura intentaron gobernar por interpósita persona, con una socialdemocracia condicionada por las inversiones del capital transnacional.

El gobierno de la Nueva Mayoría sufre los embates de esa ola ultraconservadora que surge cuando el Estado liberal entra en etapas de mayor crisis. El reto mayor que enfrenta la alianza política de centroizquierda que gobierna, más allá de consolidar una “nueva mayoría” e impulsar un programa, consiste en la búsqueda de un nuevo consenso para salir de la crisis del Estado liberal. Este nuevo consenso no consiste en un tema metodológico de cómo aplicar las tres reformas eje del nuevo gobierno: educacional, tributaria y sistema político. El nuevo consenso que buscan las fuerzas políticas consiste en un pacto nacional para salir de una crisis que no forma parte sustancial del diagnóstico.



La demanda social ha evolucionado hasta un punto en que el sistema económico implantado a espaldas del desarrollo de mayor libertad y solidaridad se ve retrógrado. Al ampliarse el rango de representatividad con el pluralismo político de la modernización, el modelo amenaza a la política en el sentido liberal. De allí que surja la necesidad de gobernar a través de grandes consensos o pactos entre competidores por el poder político, no entre Estado y sociedad. En el fondo es una lucha para proteger la falta de sincronía entre sistema económico y sistema político antes que se desplome todo el andamiaje.

El libro de Piketty ha reabierto el debate del futuro político del capitalismo, después del ajuste estructural. Permite examinar un modelo económico que se quedó sin sistema político que lo legitime, a menos que se impongan de manera coercitiva formas que emanan de la economía y simulan apariencia de democracia.

Una conclusión es que el capitalismo se ha fatigado del aumento de la desigualdad, que gesta al mismo tiempo la crisis política, y provoca a la vez la pérdida de autoridad que transmitía al sistema político.

El desafío al analizar el planteamiento de Thomas Piketty, no consiste en cuestionar los supuestos errores de cálculo en la desigualdad histórica que le atribuyen, ni que su tesis no sea aplicable en todos los lugares por cuestiones metodológicas al medir pobreza. Lo que corresponde es entender cómo él posiciona la crisis del Estado liberal con todas sus letras, sin la ambigüedad analítica que ha prevalecido hasta ahora.

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