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Poco pillos II: para eso están los amigos

por 18 agosto, 2014

En suma, la relación del capital social con el desarrollo es ambigua. Por un lado, la falta de capital social asociado a la desconfianza hacia los otros y la continua sensación de que quieren aprovecharse de ti es un problema. Pero, al mismo tiempo, en un mundo complejo que requiere de reglas claras y parejas para inducir la cooperación entre extraños, el capital social basado en la reciprocidad de los favores eterniza la sospecha ya no sólo hacia los otros sino también hacia las reglas formales y hacia las instituciones encargadas de hacerlas exigibles.
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Ha sido ampliamente comentada la desconfianza profunda que en Chile existe hacia los otros. La desconfianza en el otro es una carencia de un capital social que es necesario para el desarrollo. Un aspecto importante de su origen (la valoración social de la pillería) lo discuto en la primera columna de esta serie de tres. Aquí me quiero detener en que, precisamente por esa desconfianza mutua, se reproduce entre nosotros otra forma de capital social que a diferencia de la anterior no es buena para el desarrollo.

Veamos:

En un mundo de profundas desconfianzas, las personas se ven inducidas a incrustar sus relaciones económicas en los pocos espacios de confianza que poseen. Estos suelen ubicarse dentro de la familia y las amistades formadas en las primeras etapas de vida. Un aspecto potencialmente negativo de eso es que obliga a poner en la balanza mérito versus confianza (porque no siempre se tendrá dentro del círculo de confianza a la persona idónea para llevar adelante un proyecto). Pero eso no es en sí un problema porque, a medida que la sociedad se complejiza, ese sacrificio en productividad crece y, por ende, crece también la demanda por reglas claras e instituciones que las hagan exigibles. Y es aquí donde los problemas serios con esta forma de capital social recién empiezan: desde los tiempos de la Colonia, la “oferta” de reglas e instituciones tiene poco que ver con construir capacidad de cooperación entre individuos que tienen desconfianza mutua y mucho que ver con la mantención de un sistema simbólico de jerarquías de poder.

Fue durante el reinado de Felipe III que se introdujo una curiosa regla en el Código de Indias que permitía a todas las autoridades locales (desde los virreyes hasta los alcaldes) ignorar los decretos provenientes desde España. La regla tenía una dimensión práctica y otra política. La dimensión práctica era asumir que algunas leyes generadas en España podrían tener poca relevancia a nivel local y, en consecuencia, era necesario dar margen de maniobra a la toma de decisiones locales. La dimensión política era que la desobediencia de las órdenes superiores no debía comprometer la sumisión a la autoridad de la realeza. Desde entonces, una característica de las leyes en América Latina es que se acatan, pero no es necesario que se cumplan si se cuenta con la autorización o capacidad para no hacerlo.

En suma, la relación del capital social con el desarrollo es ambigua. Por un lado, la falta de capital social asociado a la desconfianza hacia los otros y la continua sensación de que quieren aprovecharse de ti es un problema. Pero, al mismo tiempo, en un mundo complejo que requiere de reglas claras y parejas para inducir la cooperación entre extraños, el capital social basado en la reciprocidad de los favores eterniza la sospecha ya no sólo hacia los otros sino también hacia las reglas formales y hacia las instituciones encargadas de hacerlas exigibles.

Desde entonces, la norma social en América Latina nunca ha sido garantizar la imparcialidad en la aplicación de las reglas. Una de las rutinas más comunes cuando se debe hacer gestiones ante organizaciones de todo tipo es buscar a quién se conoce en su interior, o a quién se conoce que conozca alguien en su interior que pueda ayudar a hacerles el quite a sus reglas formales. La costumbre ha sido que las reglas (y, entre ellas, las leyes) son para el extraño, el que no conoce a nadie, en definitiva, para que el desconectado las acate. Y al mismo tiempo para que la omisión de las mismas quede disponible para los amigos y los amigos de los amigos. El jeitinho brasilero, la vara o padrinazgo peruano, el pituto chileno, la palanca colombiana, el conecte mexicano, la guapería cubana, la gauchada argentina son expresiones locales de esa norma social generalizada que ha sido reproducida por generaciones y generaciones.

Puede resultar paradójico que estas normas sociales gocen de legitimidad a sabiendas de que uno de sus efectos es mantener un sistema de jerarquías de poder desigual. Pero es así porque tener amistades es una posibilidad al alcance de todos. Quizás no haya nada más igualitario que la posibilidad de hacer amigos. Lejano a todo requisito de nobleza, la amistad está al alcance de todos en dosis gratis y de calidad. Por eso, el tener santos en alguna corte y usarlos ha sido considerado normal y legítimo.

Pero más allá de todas las apariencias igualitarias que esta forma de capital social expone, se trata de un capital repartido de forma profundamente desigual. Si bien es cierto que todos pueden tener amigos, no es menos cierto que algunos tienen más amigos que otros. Así, tener muchos amigos en lugares claves se transforma, sin más mérito que ése, en certificado de influencia y, por ende, puede llegar a ser más valioso invertir en cultivar esa red que hacer algo productivo. A partir de ese momento, la dinámica de bypassear las reglas haciendo uso de esta forma de capital social se torna en un ejercicio perverso y atractivo. Por ejemplo, si una persona influyente lo contacta para pedirle que omita algún trámite o regla, o que haga la vista gorda con un papeleo, o que le anticipe una información que luego se hará pública, etcétera, se abre ante usted una oportunidad para ayudarlo a cambio de solicitarle favores en el futuro. Si usted accede a su solicitud, el influyente logra su objetivo; su condición de influyente se verifica; su reputación de tal aumenta y, como consecuencia, se torna aún más central en el flujo de favores y beneficios; de paso, ahora ese influyente le deberá un favor y usted contará con un recurso potencialmente valioso a futuro porque “para eso están los amigos”. En cambio, quien no goza de esa condición y no conoce a ningún influyente debe esperar eternamente su turno en la cola para una cama de hospital, una patente municipal, o lo que sea.

En suma, la relación del capital social con el desarrollo es ambigua. Por un lado, la falta de capital social asociado a la desconfianza hacia los otros y la continua sensación de que quieren aprovecharse de ti es un problema. Pero, al mismo tiempo, en un mundo complejo que requiere de reglas claras y parejas para inducir la cooperación entre extraños, el capital social basado en la reciprocidad de los favores eterniza la sospecha ya no sólo hacia los otros sino también hacia las reglas formales y hacia las instituciones encargadas de hacerlas exigibles.

¿Qué tenemos que hacer para cambiar este equilibrio deficiente? A eso me abocaré en la tercera y última columna de esta serie.

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