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La memoria del general Schneider: nuevamente mancillada.

por 6 septiembre, 2014

Quienes por razones laborales o de otro tipo debemos desplazarnos por Avenida Américo Vespucio vemos diariamente cómo la columna está rodeada de vigas, apalancada con una especie de “suple”, como sosteniendo un galpón estilo packing de fruta; entre baños químicos y perfiles de acero. Ningún respeto. El espacio memorial está invadido de material de obra, tierra removida. Todo pasa como si nada importara, como si nadie recordara. La rectitud ya no importa, pues hay que hacer la pega y acelerar la realización de la futura autopista concesionada.
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Suelen llamarlo “el pago de Chile”, pero hay casos en que más allá del tradicional olvido se cae en la afrenta y sólo queda denunciar, y en el caso de quienes hacemos de la historia nuestro oficio: escribir e intentar explicar. Así ha ocurrido con el general Schneider, cuya memoria visual se encuentra hoy ahogada entre perfiles de acero, maquinaria pesada, alambres, cañerías y una desidia y olvido que habla muy mal de nuestra relación con el pasado. Cuesta imaginar una figura de la historia reciente de Chile que sea menos recordada y enseñada a las nuevas generaciones. Si en este país adicto a las encuestas se preguntara en la calle por su nombre, no me cabe duda que una alta mayoría de los encuestados, especialmente los menores de 40 años, respondería con un total desconocimiento e ignorancia.

El general René Schneider Chereau (1913-1970) fue un militar de carrera reconocido por sus pares por sus condiciones intelectuales en tanto destacado profesor de táctica en la Academia de Guerra, así como cabeza de la representación militar chilena en Washington entre 1953 y 1954. Recordado por sus colegas como un hombre de buen carácter, culto, alegre aunque severo frente a la indolencia, no dudó en asumir el cargo de Comandante en Jefe del Ejército tras la renuncia de su predecesor debido a la sublevación del Regimiento Tacna, encabezado por el general Roberto Viaux (1969). Fue aquí, y en los inicios de la mayor crisis social y política de la historia reciente de Chile, que su figura se fue acrecentando. No por sus intervenciones o declaraciones, sino que justamente por su apego al rol constitucional y no deliberativo de las fuerzas armadas chilenas. Así se fue tejiendo la que más tarde sería conocida como la “Doctrina Schneider”, es decir, la defensa irrestricta de las leyes más allá de las vicisitudes políticas y los cantos de sirena (de diversos sectores, pero especialmente de derecha) que pedían la intervención de las fuerzas armadas para impedir que asumiera el gobierno de la Unidad Popular.

Quienes por razones laborales o de otro tipo debemos desplazarnos por Avenida Américo Vespucio vemos diariamente cómo la columna está rodeada de vigas, apalancada con una especie de “suple”, como sosteniendo un galpón estilo packing de fruta; entre baños químicos y perfiles de acero. Ningún respeto. El espacio memorial está invadido de material de obra, tierra removida. Todo pasa como si nada importara, como si nadie recordara. La rectitud ya no importa, pues hay que hacer la pega y acelerar la realización de la futura autopista concesionada.

Su muerte violenta a manos de un grupo de extrema derecha en octubre de 1970 (integrado por conspicuos miembros de la elite local) y pocas semanas después de la elección de Salvador Allende, tuvo como objetivo desestabilizar al Ejército y obligar a una intervención militar que restaurara el supuesto orden perdido. El plan fracasó y la conspiración quedó al descubierto, dando cuenta incluso de conexiones internacionales que posteriormente revelaría el Informe Church del Senado Norteamericano (1975-1976). Su muerte fue una suerte de augurio de lo que ocurriría con la democracia chilena, y marcó el periodo más oscuro de las instituciones armadas nacionales, que duraría casi tres décadas. Baste recordar que, para 1975, los dos comandantes en jefe del Ejército que habían precedido al general Augusto Pinochet habían sido asesinados por razones similares: su apego a la doctrina constitucional. El balance hacia 1998 no era mucho más halagüeño: Pinochet permanecía arrestado en Londres por cargos de crímenes contra la humanidad, genocidio y torturas. Su liberación, como todos recuerdan, se llevó a cabo únicamente por razones humanitarias y gracias a las diligentes acciones del gobierno chileno.

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Fotografías tomadas por el autor: 27-08-2014

Pero más allá del contexto histórico, el objetivo de esta columna es dar a conocer el estado paupérrimo en que se encuentra el memorial al general Schneider y el trato que se le está dando actualmente con las obras del túnel de Avenida Kennedy con Américo Vespucio (comuna de Las Condes). El monumento es obra del reconocido pintor y escultor chileno Carlos Ortúzar y fue erigido el año 1971 en un emplazamiento que marcaba el límite oriente de la ciudad de Santiago cuando todavía había campos y parcelas a sus alrededores. De líneas minimalistas y con claras influencias industriales, el trabajo de Ortúzar buscaba depurar al monumento de todo artilugio ornamental para al menos realzar dos rasgos centrales de la figura del militar asesinado: la rectitud y la altura. La obra debía estar en una explanada libre que diera más fuerza a la columna y con una perspectiva abierta. El lugar de memoria (según la expresión de Pierre Nora) debía reunir al monumento con su entorno.

Durante la dictadura militar (1973-1990), la obra permaneció en su lugar, como un vivo recuerdo de una tradición perdida y como la mala memoria de quienes habían violado su mandato constitucional. La columna metálica languideció por décadas ante la impávida mirada de los santiaguinos y algunos tímidos pero necesarios cuidados municipales de su césped y arreglos florales. Dañado por el vandalismo y los tags, la incólume viga resistió los años de la transición viendo crecer la ciudad y resistiendo como una suerte de monumento al olvido rodeado de los nuevos monumentos al progreso (autopistas, malls, McDonald's y hoteles cinco estrellas). Pero lo que vemos hoy en día es la gota que rebalsó el vaso. La escultura aparece como un estorbo que molesta a nuestra modernidad boyante; una especie de recuerdo de valores antiguos e inútiles. Las autoridades y los contratistas podrán declarar que es momentáneo, que no había otra solución, que la ciudad lo requiere, pero el gesto de desprecio a René Schneider está ahí, cada día, cada hora.

Quienes por razones laborales o de otro tipo debemos desplazarnos por Avenida Américo Vespucio vemos diariamente cómo la columna está rodeada de vigas, apalancada con una especie de “suple”, como sosteniendo un galpón estilo packing de fruta; entre baños químicos y perfiles de acero. Ningún respeto. El espacio memorial está invadido de material de obra, tierra removida. Todo pasa como si nada importara, como si nadie recordara. La rectitud ya no importa, pues hay que hacer la pega y acelerar la realización de la futura autopista concesionada.

No me imagino que en Washington o Nueva York le hicieran esto al memorial de los soldados de Vietnam, del “9-11”, o el memorial de Verdún en Francia. Ni imaginar al Arco de Triunfo o la sencilla tumba de Charles de Gaulle en el pueblo de Colombay, amarrada con cables eléctricos a sus costados y un bulldozer como edecán. Pero tampoco imagino un tratamiento similar al templo votivo de Maipú o a las esculturas de José Miguel Carrera y Bernardo O’Higgins frente al palacio de La Moneda. Quienes cuidan de los monumentos nacionales saben que incluso cuando se hacen trabajos imprescindibles para la ciudad, se toman los resguardos adecuados con los símbolos de la memoria de un país. Lamentablemente con el general Schneider (al menos en Santiago), se ha convertido su monumento en una escultura al soldado desconocido y pronto desaparecido. Nuestra última reflexión es para su propia institución armada, que a cuatro cuadras de lo que hoy sucede y a cuatro décadas de los acontecimientos, no parece interesarle el tema. Ojalá sus autoridades decidan recuperar su memoria y exijan el trato que merece la figura de un hombre que murió por respetar una simple pero difícil regla de vida: la rectitud.

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