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Nuestra Educación necesita una visión

por 26 octubre, 2014

Imagínese qué valioso y revelador sería que los partidos políticos e incluso los movimientos estudiantiles propusieran cuáles creen que debieran ser las 5 principales habilidades y valores con los que debieran egresar nuestros escolares por los próximos 20 años, cómo las llevarían a la práctica y evidenciarían su impacto. Sería sustancioso porque permitiría a los ciudadanos conocer no sólo las medidas –por lo demás técnicas y un poco ásperas– sino desde qué visión vienen y qué mueve a sus líderes, permitiendo a los ciudadanos contrastarlas claramente con su propia visión y valores. Esto facilitaría debates sustanciosos en vez de indicaciones por aislado.
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Las indicaciones de la Reforma Educacional fueron despachadas a la Comisión de Educación del Senado. Sobre la discusión que viene probablemente asome el fantasma de lo que los gringos llaman compromise: un acuerdo que busca minimizar el conflicto entre las partes en vez de mejorar específicamente la calidad de lo que se busca construir. Espero que el mensaje del dicho “un camello es un caballo diseñado por un comité” no aplique en este caso.

Creo que la gran traba para mejorar la discusión y el diseño de la Reforma es que el debate se ha centrado en los procesos (suma de indicaciones y cosillas que ya cuesta enumerar) y no una visión. Esto, ya que mientras la derecha argumenta sobre la eficiencia de procesos medida en inversión/impacto en pruebas estandarizadas –que sus investigadores describen como “evidencia de impacto”–, la izquierda se ha enfocado en hacer indicaciones atomizadas en relación a un nuevo paradigma de Educación que aún no han descrito de forma consistente.

Imagínese qué valioso y revelador sería que los partidos políticos e incluso los movimientos estudiantiles propusieran cuáles creen que debieran ser las 5 principales habilidades y valores con los que debieran egresar nuestros escolares por los próximos 20 años, cómo las llevarían a la práctica y evidenciarían su impacto. Sería sustancioso porque permitiría a los ciudadanos conocer no sólo las medidas –por lo demás técnicas y un poco ásperas– sino desde qué visión vienen y qué mueve a sus líderes, permitiendo a los ciudadanos contrastarlas claramente con su propia visión y valores. Esto facilitaría debates sustanciosos en vez de indicaciones por aislado.

Creo entonces que para avanzar hacia una gran Reforma Educacional es clave debatir y establecer la visión de nuestra Educación: qué jóvenes buscamos que egresen de enseñanza media de acuerdo al país que queremos para los próximos 20 años. Es decir, qué competencias sustanciales (conocimientos, habilidades y valores) buscamos intencionar que desplieguen en su vida como ciudadanos valiosos. Debatir y establecer este perfil de egreso permitirá no perder de vista el propósito de la educación escolar y erguir sobre roca la arquitectura de la reforma. Las ventajas serían considerables.

Primero, estimulará una mirada global sobre el Chile que queremos. Dará cuenta de la identidad social que buscamos desarrollar desde nuestros ciudadanos y cómo queremos aportar/competir en el mundo como sociedad y economía. En definitiva establecer aquellas competencias sustanciales será la declaración de nuestro país sobre lo que entendemos como educación de calidad –concepto que tanto se utiliza pero ningún experto explicita sobre a qué se refiere en específico, ya que está supeditada a una visión– y cómo la honramos por medio de la inversión y calidad de procesos que la promuevan. El perfil de egreso servirá como un piso o un “desde” el cual las escuelas, liceos o colegios desarrollen las competencias propias de su proyecto educativo dentro de una visión de país.

Segundo, pondrá sobre la mesa las legítimas diferencias valóricas y de visión entre fuerzas políticas que hoy se están manifestando de forma solapada o transfigurada en el debate sobre lucro, copago y selección. Y que ya vendrán sobre carrera docente. El símil de esto es la discusión entre papá y mamá sobre a qué colegio ingresar a sus hijos –sobre la base de precio, cercanía y resultados SIMCE, en el mejor de los casos– sin primero establecer con claridad qué habilidades y valores quisieran que desplieguen sus hijos en el futuro, y por lo tanto qué los une en valores como pareja y cuál es su identidad como familia.

Imagínese qué valioso y revelador sería que los partidos políticos e incluso los movimientos estudiantiles propusieran cuáles creen que debieran ser las 5 principales habilidades y valores con los que debieran egresar nuestros escolares por los próximos 20 años, cómo las llevarían a la práctica y evidenciarían su impacto. Sería sustancioso porque permitiría a los ciudadanos conocer no sólo las medidas –por lo demás técnicas y un poco ásperas– sino desde qué visión vienen y qué mueve a sus líderes, permitiendo a los ciudadanos contrastarlas claramente con su propia visión y valores. Esto facilitaría debates sustanciosos en vez de indicaciones por aislado.

Tercero, servirá como un faro que oriente el diseño del vasto proceso educativo desde la modernización del currículum a las características de las pruebas estandarizadas, desde qué tipo de formación docente se requiere a qué tipo de directores o líderes instruccionales necesitamos como país, desde la inversión en infraestructura a la incorporación orgánica de la educación digital. Sin una visión que guíe, corremos el riesgo de que todo lo que se haga –aunque se haga eficientemente– no tenga impacto. Por ejemplo, aumentar significativamente el rendimiento de los estudiantes sobre un currículo que desarrolle habilidades no útiles para el futuro o incentivar y formar muy bien profesores desde un paradigma pedagógico obsoleto.

¿Cómo se plasmaría la visión de competencias en el proceso educativo? Por ejemplo, si la mayoría está de acuerdo en desarrollar en los estudiantes el valor de la equidad –como pretende estimular el fin a la selección– entonces corresponde hacerse cargo por medio de desarrollarlo estructuralmente en el sistema educativo, no sólo con prospectas medidas como fin a la selección y el copago, sino engarzándolo en el currículum nacional, la formación de profesores y directores, incluso evidenciando su progreso a través de mediciones, resultados de los cuales se hagan responsables educadores y autoridades.

Finalmente, establecer un perfil de egreso escolar se visualiza como un desafío político-técnico mayúsculo pero ineludible. Hay antecedentes de esto en EE.UU., donde una comisión público-privada diseñó las llamadas Habilidades del siglo XXI, aunque sólo fueron publicadas y compartidas para su adopción voluntaria por estados y colegios. Creo que Chile puede y debe ser el pionero a nivel mundial en asumir competencias de egreso a nivel nacional. La responsabilidad debiera recaer en un Comité de Expertos que a su vez itere su propuesta con el comité de educación de ambas cámaras. El desafío será elaborar aquel perfil de egreso sobre un principio de simplicidad y claridad que logren comprender fácilmente los actores educativos y la comunidad en general, capaz de encender el sentido de propósito de los estudiantes y el valor de esas competencias para su vida.

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