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La pequeña Cuba y el gigante Ébola

por 7 noviembre, 2014

Cuba es un país pequeño, pobre y más encima bloqueado. Sin embargo, no es la primera vez, ni seguramente será la última, que se autoimponga este tipo de misiones médicas de alto riesgo. Ya lo hizo en los años ochenta combatiendo el cólera también en África y, más recientemente, enfrentando y logrando controlar el cólera en Haití, luego del terremoto del 2010.
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De regreso de su viaje a África Occidental, Samantha Power, embajadora de EE.UU. ante Naciones Unidas, luego de observar sobre el terreno la devastación que está provocando el virus Ébola, tuvo palabras de reconocimiento hacia la importante ayuda que Cuba está desplegando para hacer frente a esta pandemia que sigue expandiéndose agresivamente en Sierra Leona, Liberia y Guinea, y que si no logra ser contenida, podría extenderse a otras regiones del planeta.

Poco antes, el propio Secretario de Estado norteamericano John Kerry, frente a la terrible amenaza que representa el virus, también había elogiado “a todo profesional médico que está asumiendo este desafío”, haciendo una inusual mención, aunque breve y directa, al sobresaliente papel que está desempeñando Cuba en el combate frontal y directo a la propagación del mortal virus. Y otro tanto acaba de hacer Hugo Swire, viceministro de Asuntos Exteriores británico en reciente visita a La Habana, a propósito de un evento mundial sobre el Ébola convocado por el gobierno cubano. Hay que decir que hacía más de una década que un alto dignatario de ese país no visitaba Cuba.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hasta el momento el Ebola ha matado a 4.500 personas y contagiado a otras 9 mil.

Cuba es un país pequeño, pobre y más encima bloqueado. Sin embargo, no es la primera vez, ni seguramente será la última, que se autoimponga este tipo de misiones médicas de alto riesgo. Ya lo hizo en los años ochenta combatiendo el cólera también en África y, más recientemente, enfrentando y logrando controlar el cólera en Haití, luego del terremoto del 2010.

Todo el mundo estará consciente de que el virus Ebola representa una amenaza no circunscrita al África Occidental, sino que la misma implica un riesgo palpable de carácter global, por lo cual la crisis requiere de una respuesta también a nivel mundial. Un desafío del cual nadie en condiciones de aportar debiera sustraerse. Ni mucho menos imaginar que se encuentre a salvo.

Sin embargo, hasta este momento y por lo que se puede observar, la mayoría de los países se están limitando a tomar resguardos para autoprotegerse e impedir que el virus ingrese a sus propios territorios. Por lo mismo, buena parte de las naciones que están en condiciones de contribuir a poner atajo al virus, se están limitando, en la práctica, a observar el drama africano tomando prudente distancia. Cuando mucho, aportando dinero y diversos elementos médicos.

El combate del Ébola representa una emergencia mundial, la que sin duda requiere de ingentes recursos, tanto financieros como técnicos. Pero, por sobre todo, como viene insistiendo la OMS, precisa de personal médico especializado allí donde se le requiere, con desesperación y urgencia. Para que los enfermos sean convenientemente aislados y tratados, y para impedir que el virus se siga extendiendo con la velocidad alarmante y el índice de mortalidad con que lo viene haciendo.

Esa tarea la están asumiendo en la práctica muy pocos países, como Cuba, junto a organizaciones no gubernamentales, como la ejemplar Médicos Sin Fronteras.

Cuba hasta el momento ha desplegado un total de 265 profesionales médicos y enfermeras y se dispone a enviar a otros 200. Todos los cuales fueron capacitados con apoyo de la OMS.

Se trata de una misión peligrosa, casi suicida. Los profesionales médicos cubanos marchan a salvar vidas, exponiendo la propia. Encaran a una misión de la que saben que podrían resultar contagiados, en circunstancias que Cuba no posee los medios técnicos suficientes como para repatriar a sus propios enfermos, como aviones con cabinas de aislamiento capaces de volar los casi 8 mil kilómetros que median entre la isla y África Occidental.

Incluso algunos de esos profesionales, hombres y mujeres, podrían resultar muertos como consecuencia de su empeño solidario y humanitario. Tampoco hay que descartar que ellos mismos puedan introducir el virus en Cuba, con consecuencias potencialmente terribles, pese a que los cubanos poseen un sistema de salud envidiable y completamente gratuito.

Cuba es un país pequeño, pobre y más encima bloqueado. Sin embargo, no es la primera vez, ni seguramente será la última, que se autoimponga este tipo de misiones médicas de alto riesgo. Ya lo hizo en los años ochenta combatiendo el cólera también en África y, más recientemente, enfrentando y logrando controlar el cólera en Haití, luego del terremoto del 2010.

Quien está dispuesto a compartir su propia precariedad del modo en que lo está haciendo Cuba, merece nuestro reconocimiento y homenaje. Y cabría esperar que quienes no estén dispuestos a meter las propias manos en las candentes brasas del Ebola, que al menos estén disponibles a prestar su concurso de otro modo, pues la necesidad y la amenaza son grandes y urgentes.

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