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No todo es una competencia

por 20 enero, 2015

Olvida el homo neoliberal que desde el principio de la historia humana –desde que uno puede darle ese nombre, historia humana– la colaboración ha sido tanto o más crucial que la competencia. Olvida que sin verdadera colaboración tampoco hay verdadera competencia: lo que hay es abuso. Olvida que las personas son ante todo fines en sí mismas. Y olvida que amar a alguien es estar dispuesto a vivir más allá del triunfo y de la derrota, lejos de esa dicotomía primitiva, fuera de aquel universo oscuro en que el mercado se toma incluso los templos.
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“No todo es una competencia, papá”. Eso me lo dijo mi hija pequeña cuando le pedí que se vistiera rápido o su hermana le iba a ganar. Toda la razón. No todo es una competencia. Pero en algún momento eso como que se nos olvidó.

Cuando el ministro de Educación representó la situación de la educación chilena como una carrera en la que algunos corren descalzos mientras otros van en patines, y señaló que a estos últimos hay que quitarles los patines, muchos se apresuraron a puntualizar que hacer eso era nivelar hacia abajo. Pero pocos cuestionaron el uso de la imagen de una competencia, de una carrera, para representar el proceso educativo. A la mayoría de la gente esto le pareció más bien natural. No está bien que solo algunos tengan patines –en eso casi todo el mundo está o dice que está de acuerdo–, pero también parece haber un acuerdo tácito generalizado respecto a que la educación ha de concebirse como un terreno en el cual unos compiten contra otros y, por ende, unos ganan y otros pierden.

Olvida el homo neoliberal que desde el principio de la historia humana –desde que uno puede darle ese nombre, historia humana– la colaboración ha sido tanto o más crucial que la competencia. Olvida que sin verdadera colaboración tampoco hay verdadera competencia: lo que hay es abuso. Olvida que las personas son ante todo fines en sí mismas. Y olvida que amar a alguien es estar dispuesto a vivir más allá del triunfo y de la derrota, lejos de esa dicotomía primitiva, fuera de aquel universo oscuro en que el mercado se toma incluso los templos.

Esta imagen no resulta tan natural en otros países, en otros contextos culturales y aparentemente tampoco en Chile hace tiempo (aunque de esto último no estoy tan seguro). Lo que sí está claro es que durante las últimas décadas se ha instalado en nuestro imaginario un modelo de persona, un ideal de ciudadano e incluso de ser humano, que favorece especialmente la expansión de la competitividad no solo a nivel educativo sino que en casi cualquier otra dimensión humana, si no en todas. No se me malentienda: no estoy hablando de una persona concreta, sino de un modelo; y no de un modelo meramente económico sino de un modelo de persona, o sea, de una forma de concebir nuestra existencia y nuestro desarrollo. Desde mi punto de vista, y al contrario de lo que muchos piensan, este ideal de ciudadano tiende a empobrecernos, como individuos y como sociedad. Por varias razones, de las cuales voy a mencionar solo dos. Una, porque es un modelo que ha contribuido poderosamente a la injusticia social, a la inequidad, al aumento de las famosas “brechas”. Otra, porque se trata de una concepción que tiende a reducir la tremenda riqueza que caracteriza a la complejidad del desarrollo humano, incluyendo la complejidad de la motivación humana, a poco más que la subsistencia material, la generación de utilidades y la acumulación. Desde mi perspectiva, la sociedad y los individuos así concebidos son pobres, muy pobres.

El homo neoliberal, como se lo ha referido a veces, vive para competir. Su destino es ser un ganador, un winner: ponerse por encima de otros y asegurar lo suyo. En su mundo sobremercantilizado, existir es competir, de modo que todo, absolutamente todo, está para ganarlo o perderlo. Nada está garantizado, excepto la derrota del más débil. El prójimo es visto como una herramienta y también como una amenaza: alguien a quien hay que usar para ganarle.

Olvida el homo neoliberal que desde el principio de la historia humana –desde que uno puede darle ese nombre, historia humana– la colaboración ha sido tanto o más crucial que la competencia. Olvida que sin verdadera colaboración tampoco hay verdadera competencia: lo que hay es abuso. Olvida que las personas son ante todo fines en sí mismas. Y olvida que amar a alguien es estar dispuesto a vivir más allá del triunfo y de la derrota, lejos de esa dicotomía primitiva, fuera de aquel universo oscuro en que el mercado se toma incluso los templos.

Fuera de todo eso está la persona que ama. La que sabe poner la otra mejilla. La que se da. La que quiere compartir. Y, por cierto, la que está dispuesta a educar. A educar de verdad. No para ganar algo, no para aumentar sus utilidades, no para ponerse por encima de nadie, sino para posibilitar la participación social equitativa de todas las personas. Para posibilitar una sociedad de iguales. Porque nadie tiene más derecho que otro a desarrollarse. Y nadie, ninguna persona, puede ser feliz si no se desarrolla. Las personas somos seres en proceso. Constantemente nos estamos construyendo. Y la educación, como decía Kant, es aquello que nos permite hacernos mejores de lo que somos. Cosa que, como sociedad, podremos lograr solo el día en que nadie quede excluido de la posibilidad de hacerse mejor. Y eso no va a pasar hasta que entendamos que hay algunas dimensiones de la existencia en las cuales ganar y perder no es lo que está en juego.

Gracias, hija mía, por recordarme que no todo es una competencia.

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