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Isabel Kirchner: la muerte del fiscal Nisman

Juan Ponce
Por : Juan Ponce Escritor argentino
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Si nos preguntaran cuál es el sentido de leer una novela, podríamos responder que es puro placer y aunque intentáramos redondear más la idea, por ejemplo, mencionando los beneficios de la incorporación de vocabulario, con decir ‘puro placer’ sería suficiente para que la finalidad de la novela, su razón de ser, se considerase cumplida.

Ahora: si leyésemos por puro placer un manual de mecánica nuestro objetivo personal estaría cumplido, pero no el del manual.

La razón de ser, el objetivo, el por qué, de ese manual no es proporcionarnos placer cultivando nuestro espíritu, sino explicarnos el funcionamiento de alguna maquinaria.

Lo mismo para un tratado de biología, una carta geográfica o la tabla de los elementos químicos, aun si disfrutásemos inmensamente de sus nombres en latín, de sus letras diminutas o de sus raras abreviaturas, no tienen esto por su objetivo específico.

En esta línea de planteamiento, cabe que nos preguntemos cuál es la razón de ser del análisis político; si encontramos esa razón en que nos resulte entretenido, lo estaremos desvirtuando.

[cita] Alberto Nisman fue víctima no de una conspiración internacional contra el gobierno, ni de una operación del gobierno para callarlo, sino que es la nueva víctima de la eterna pelea interna del peronismo entre fascistas y marxistas, que han trasladado a Argentina el conflicto de Medio Oriente, dándole un neto sentido antisemita. [/cita]

Si el análisis político no nos sirve para ubicarnos a nosotros en una situación y a la vez proveernos de una variedad de alternativas para anticipar la contingencia, no sirve de nada.

Muchas veces vemos que se confunde análisis político con una perorata más o menos elocuente, que básicamente confunde lo que es el ‘ser’ con el ‘deber ser’; aquellos que buscan el análisis político como una lectura pasatista encuentran a estos acertados o desacertados, según vayan en coincidencia, o no, de sus propias opiniones. Quizás porque el motor de su acción es emocional y necesitan que se inflame, o desinflame, para obrar de inmediato o esperar a otro momento.

Eso no es análisis político, sencillamente porque el análisis político no tiene por objetivo encendernos o aplacarnos.

El análisis político es frío, cerebral, ecuánime, certero y nos ofrece elementos para discernir sobre el presente y anticipar la contingencia.

Recordemos: contingencia es lo que puede suceder o no, pero sucede.

El hecho de que la contingencia sea eso que puede suceder o no, pero sucede, necesita de una evaluación lo más objetiva posible de distintos condicionantes que son económicos, culturales, geográficos, históricos, sociales y, principalmente: geopolíticos.

En Sudamérica ese ‘tercero interesado’ que menciona Carl Schmitt para que una revolución sea exitosa, siempre ha sido decisivo; no importa aquí la naturaleza de esa revolución, puede ser tanto un golpe de Estado como un levantamiento de los sectores populares.

Prácticamente no hay nada en nuestra historia que no haya sido provocado y manipulado desde el extranjero; por ejemplo: las llamadas Guerras de la Independencia se desencadenaron por el bloqueo continental que Napoleón impuso a Inglaterra que, buscando nuevos mercados, entró en colisión con España, a la sazón con su rey prisionero del mismo Napoleón; la acción napoleónica además provocó que la corte portuguesa emigrara a este lado del océano y naciera el Imperio de Brasil que por sí mismo provocó grandes turbulencias, el surgimiento de Uruguay como país independiente es una de sus consecuencias directas.

Actualmente sigue siendo así y en el caso de la muerte de Nisman se manifiesta plenamente, de hecho el grupo de intelectuales kirchneristas “Carta Abierta” se ha expresado diciendo que “El fiscal condensaba las maniobras completas de los servicios secretos mundiales de un modo que para él se tornaba insoportable, con situaciones que tal vez lo consternaban, que irían a superarlo y a encerrarlo en el enredo de complejísimas claves nunca descifradas”.

Lo dicen ellos mismos, no los opositores, y en consonancia con lo que ha difundido el gobierno por canales oficiales y a través del periodismo partidista, pero no dicen lo que nadie dice.

En mi opinión eso que no dicen, ni el gobierno argentino, ni quienes lo acusan de asesino, ni tampoco aquellos que a la distancia intentan un análisis descomprometido, es que esas fuerzas oscuras que desencadenó Alberto Nisman luchan encarnizadamente dentro del mismo peronismo hoy devenido, completamente, en kirchnerismo.

Alberto Nisman fue víctima no de una conspiración internacional contra el gobierno, ni de una operación del gobierno para callarlo, sino que es la nueva víctima de la eterna pelea interna del peronismo entre fascistas y marxistas, que han trasladado a Argentina el conflicto de Medio Oriente, dándole un neto sentido antisemita.

La misma Hebe de Bonafini lo dijo claramente: “Le tiraron un muerto” –estas frases dichas como una más, son las que más dicen–, la expresión “le tiraron un muerto” es una vieja frase peronista que originalmente refería al asesinato de Ignacio Rucci y la frase completa es “le tiraron un muerto arriba de la mesa”.

La muerte de Ignacio Rucci, un sindicalista de derecha, no provino desde fuera del peronismo sino desde su propio interior; es más, algunos lo consideran un crimen de Estado porque participaron, políticamente al menos, diputados en funciones del bloque oficialista, y la misma empresa estatal de telecomunicaciones (ENTEL) había interferido los teléfonos de la víctima a fin de facilitar su localización, todo esto siendo el bastón político del Perón octogenario, tanto es así que al enterarse dijo: «Me cortaron las patas».

Si todo esto se tratase de la obra de un escritor que presta suma atención a los detalles, podríamos encontrar alguna vinculación inconsciente entre Rucci y Nisman en la aparición por Cadena Nacional de la presidenta argentina en silla de ruedas.

Muchos han advertido las sucesivas similitudes del presente con hechos del pasado y han teorizado sobre la repetición de la historia, pero más que una repetición se parece a un regreso al estado inicial y el estado inicial del peronismo es el fascismo, del mismo modo que el origen de Montoneros está en el nacionalismo católico, aquellas historias sobre el oro nazi, sobre submarinos alemanes en las costas de la provincia de Buenos Aires, sobre la presencia del mismísimo Hitler en Córdoba, Bariloche o Mendoza –el actor Carlos Perciavalle jura haberlo visto–, la frase de Oriana Fallacci sobre el enano fascista que los argentinos llevan dentro, el antisemitismo que es parte de la idiosincrasia argentina, país que paradójicamente alberga a una de las comunidades judías más grandes del mundo, el incesante cabildeo en torno a la mitología peronista y la desopilante exégesis de un doctrina inexistente, muy probablemente dieron un irracional contenido teórico a los asesinos de Alberto Nisman.

Pero esto no es algo sorpresivo para quien interpreta al análisis político tal como lo presenté al comienzo de esta nota.

Era evidente, desde hace al menos un año, que el kirchnerismo se disponía a girar a la derecha, que Cristina Kirchner dejaría su papel de Evita para asumir el de Isabel y en este trance es altamente significativa la mesura de, por ejemplo, Juan Labaké, quien fuera justamente abogado y representante en Buenos Aires de María Estela de Perón durante su exilio.

Para mí la muerte de Alberto Nisman es la culminación de un ciclo, o –si se prefiere la palabra desenlace– el desenlace, pero no de un ciclo que comenzó hace veinte años sino de uno que comenzó exactamente el 26 de enero del 2014, cuando Axel Kicillof, el ministro de Economía argentino autodefinido marxista, hizo público –a través de una entrevista del diario oficialista (de tendencia marxista) Página 12– que se habían vaciado treinta mil millones de dólares del Banco Central con una simple jugada financiera que había consistido básicamente en comprar dólares al precio oficial (con autorización previa del gobierno tras llenar extensos cuestionarios) para venderlos al precio del mercado negro, para volverlos a comprar al precio oficial duplicando el capital con cada movida.

A las cuarenta y ocho horas de estas impactantes declaraciones que no tuvieron la debida resonancia en la oposición ni en el multimedio Clarín, el jefe de gabinete argentino Jorge Capitanich dijo que se iba a investigar; al día siguiente se desató un voraz incendio en el galpón de Iron Mountain, el depósito de documentación más grande de Buenos Aires, que casualmente almacenaba la nómina de los compradores de dólares.

El sentido del análisis, primeramente, es hacernos un cuadro de situación, lo acabo de hacer sin temor a equivocarme diciendo que a Alberto Nisman lo mató la derecha kirchnerista, en medio de su propia batalla interna, y que es la carta que se baja cuarenta años después del asesinato de Ignacio Rucci y con el mismo sentido de aquella muerte: «Tirar un muerto sobre la mesa» y no por su condición de fiscal, sino por su condición de judío.

El segundo motivo del análisis político, quizás el más difícil, es anticipar la contingencia.

Lo veo así: encarnar a Isabel es encarnar a Isabel.

Al nombrar a Isabel no se puede dejar a un lado a De la Sota, el gobernador de la provincia más indómita de Argentina: Córdoba.

El kirchnerismo se ha caracterizado por ser como un mago de circo que saca interminables naipes de la manga, no nos sorprendamos que a la muerte de Alberto Nisman, que llenó de estupor al mundo, le siga el naipe que lleve a la presidencia al último gobernador que queda en pie del fascismo argentino.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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