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Secuelas de un mal dicho: violación, aborto y machismo

por 16 febrero, 2015

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Cuando aún no se apagan los ecos de la desafortunada afirmación del diputado DC Pablo Lorenzini, quien se burló de una de las tres causales del proyecto de ley del Gobierno para despenalizar el aborto, vale recordar que, según el Ministerio Público, en nuestro país se cometen 17 violaciones diarias y 34 abusos sexuales: el 84% de estos delitos tiene como víctima a una mujer. Esta cifra esconde, además, a un abultado número de mujeres víctimas que no denuncian estas agresiones por temor o vergüenza.

Nada de graciosa realidad que golpea duramente a las familias chilenas, porque –según el mismo estudio– los agresores en su mayoría pertenecen al entorno social de las víctimas: familiares directos o amigos de la familia, y el 96% de ellos son hombres.

Lo medular del debate que generaron los dichos de Lorenzini es el hecho de que no son pocos los que ponen en duda la palabra de las mujeres, y las culpan de la violencia de la que son objeto argumentando cuestiones tan nimias como su forma de vestir o de actuar.  Porque el problema, finalmente, pasa por prejuicios atávicos enraizados en nuestra cultura, que han naturalizado la violencia de todo tipo contra las mujeres.

 Sin duda, a más de alguno le provoca ruido que este proyecto establezca con claridad meridiana que la interrupción de un embarazo por alguna de las tres causales es de decisión exclusiva de la mujer. Es, de alguna forma, cortar el cordón umbilical de la sumisión. Al menos para estos efectos.

La violación,  claramente tipificada como delito en el Código Penal, es una de las expresiones más brutales de la violencia de género que se observa en todos los estratos sociales y grupos etarios; su origen se encuentra en la desigualdad de poder entre mujeres y hombres y la subordinación de las mujeres que se establece a partir de ella.

Una cultura patriarcal, machista, de ejercicio permanente del poder masculino, que aún no se logra cambiar en el mundo, a pesar de los grandes avances alcanzados en la mejora de la condición de las mujeres.

Porque Lorenzini no es el único “descerebrado” –como lo llamó su colega René Saffirio- y, por ello, sus infelices declaraciones no pasarán rápido al olvido. Reflejan el pensamiento oculto de muchos hombres de aquí y allá.

Hace un par de meses el Presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, sorprendió con una “perla” en un foro internacional en Estambul sobre los derechos de las mujeres diciendo que la igualdad entre géneros va contra los dictados de la naturaleza, y que la maternidad es el rol exclusivo de las mujeres.

Hace un par de años, en tanto, el Presidente ruso, Vladímir Putin, señaló que envidiaba al entonces Jefe de Estado israelí, Moshé Katsav, quien estaba acusado de abusos y acoso sexual y que luego fuera condenado por violación. Su frase para el bronce fue: "Transmitan mis saludos a su Presidente. ¡Vaya machote! ¡Violar a una decena de mujeres! No lo esperaba de él. Nos ha sorprendido a todos. Todos le tenemos envidia".

Y, sin ir tan lejos, en Estados Unidos, el congresista republicano por el estado de Missouri, Todd Akin, señaló que “las violaciones casi nunca terminan en embarazo. Si es una violación legítima, el cuerpo femenino tiene maneras de evitar eso”.

La dominación de la mujer, de su cuerpo, está en la base de todas estas salidas de madre. Y, en el caso de Lorenzini, también está su íntimo desagrado por el proyecto de ley de despenalización del aborto por tres causales que la Presidenta Bachelet mandó al Congreso. Él, y al parecer otros miembros de su partido, quisieran borrar con el codo lo que aceptaron patrocinar en el Programa de Gobierno después de largos debates en los que se expresaron distintos puntos de vista.

Especial resquemor les genera la tercera causal de despenalización: cuando el embarazo sea producto de una violación. Según el proyecto, la mujer tiene derecho a no desear un hijo concebido de esa manera brutal, porque obligarla a asumir la maternidad en esas condiciones es una doble vulneración de sus derechos humanos.

Sin duda, a más de alguno le provoca ruido que este proyecto establezca con claridad meridiana que la interrupción de un embarazo por alguna de las tres causales es de decisión exclusiva de la mujer.

Es, de alguna forma, cortar el cordón umbilical de la sumisión. Al menos para estos efectos.

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