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La Libertad de Charlie

por 19 febrero, 2015

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Se hace muy difícil comprender los homicidios cometidos hace ya casi un mes en París. La reacción de repudio ha sido instantánea, pues aquellos son indudablemente hechos injustificables y, por lo mismo, aún más repudiables. Y, como era de esperar, aquí se ha suscitado una discusión: ¿hay acaso límites a la libertad de expresión? Carlos Peña ha dicho recientemente que poner un límite a la libertad de expresión sería profundamente antidemocrático. Las sátiras y el supuesto humor de Charlie Hebdo, nos dice, son un bien para nuestra democracia. Advierte que limitar esas posibilidades de crítica y “humor” sería someter la autonomía de los seres humanos a creencias subjetivas no verificables, que unos pocos (o incluso sólo uno) levantan como sagradas. Además, agrega, que esto ofrece una seria dificultad: habría tantos límites como creencias subjetivas (no verificables), y esto llevaría a enmudecer la cultura democrática.

No poner límites al humor y la sátira, sólo por el hecho de declararse así, no ayuda a esto. Por el contrario, hará cada vez menos racional el diálogo, anulándolo progresivamente en camino a una situación en que la deliberación democrática se hará a punta de ironías, sátiras, ridiculizaciones. ¿No es acaso esto enmudecer el diálogo democrático?

Sin embargo, no se logra ver por qué esa definición ilimitada de  libertad de expresión escapa a lo que se denomina “creencias subjetivas no verificables”. ¿Por qué dicha caracterización de la libertad de expresión vale más que otras nociones? De hecho, al mismo tiempo que se tildan valores de subjetivos, se busca proteger el diálogo democrático. ¿Y este no es acaso un valor que se ha entendido como bueno y verdadero? ¿Qué lo hace escapar de esa subjetividad? ¿O acaso discutir sobre qué es la libertad de expresión es otra cosa que buscar la verdad, no subjetiva, sobre un cierto concepto o valor? ¿Es acaso posible dejar completamente a un lado la discusión sobre los valores? Parece que la respuesta sería negativa y, por lo tanto, es una discusión que debemos buscar que se dé racionalmente y de manera coherente.

Muchos han apoyado en este mes la libertad ilimitada de los humoristas. El problema es que son esos mismos los que en otras discusiones, que tienen como trasfondo la libertad, utilizan conceptos distintos de la misma, por lo que van zigzagueando acomodaticiamente. En nuestro mundo globalizado, el concepto en boga, y de moda, de libertad es aquel que señala que se puede hacer cualquier cosa, mientras no cause un daño o perjudique a los demás. Así, ¿por qué prohibir las drogas, si consumiendo en su casa o a solas el consumidor asume las consecuencias y no molesta a nadie más? ¿Por qué limitar que las parejas del mismo sexo se puedan casar entre ellas, si lo que hacen no afectaría a terceros? Para muchos que promueven el aborto, este sería un derecho sobre la base de la libertad de autodeterminación de la mujer (absurdamente, como si en este caso no se estuviese pasando por arriba de los derechos de un niño, un ser humano). La posibilidad de elegir “libremente”, en definitiva, es el fin, la justificación, el motivo de nuestra vida social.

Lo llamativo es que luego son los mismos quienes promueven leyes que limitan los alimentos en los colegios o pretenden sacar la sal de los restaurantes o limitan –arrinconándolo cual lepra– el consumo del tabaco. En estos casos no hay una afectación a otro, sino que sólo a uno mismo. Pero los otrora defensores de la libertad individual, ahora asentados en criterios puramente económicos (como los gastos del Estado en tratar a enfermos), limitan la misma libertad que antes se declaraba ilimitada. Es este absurdo el que ha aparecido nuevamente durante el último mes, pues aquellos que no admiten otro límite a la libertad que el daño a otro, ahora no admiten límite alguno para la libertad de expresión aunque dañe lo más sagrado de una persona. Al contrario de lo que piensa Peña, limitar la libertad de expresión no significa levantar tantos terrenos vedados como creencias subjetivas. Significa proteger a las personas del daño que producen las palabras, pues el bullying no se hace sólo de golpes. Algunos piensan  que el único límite a la libertad de expresión es la mentira, sin embargo, son ellos quienes antes han renunciado a la posibilidad de encontrar la verdad. ¿Acaso el religioso no puede acusarlo de mentiroso bajo sus propios parámetros, sus verdades?... Y viceversa. Es una ilusión y un error querer dejar el asunto de la verdad fuera del diálogo democrático.

Parece imposible pretender entender nuestra vida social como una que garantiza la libertad emancipada lo más posible de cualquier norma externa. De hecho, el ordenamiento jurídico no es otra cosa que una constante limitación a ciertos ejercicios de la libertad, pero cuyo sentido o finalidad no es sólo garantizar o prohibir la libertad de otros, sino que promover la paz social y el bien común de todos los miembros de la sociedad. La concepción que pretende que la sociedad tiene como único fin garantizar la posibilidad de elección, hoy tiene cada vez menor aceptación en nuestro país (la libertad económica no es solo emprender, sino emprender responsablemente y, por lo tanto, con limitaciones, por ejemplo). Entendiendo lo anterior, es poco sensato pretender que la vida social no es más que ejercicio de libertades, sin orientación a un bien o fin. Excluir la discusión sobre ese bien, también es imposible, porque según el fin se juzgará el ejercicio de esa libertad (siguiendo el ejemplo anterior, si la libertad es para iniciar una empresa, se juzgará según los fines de la sociedad en que esa empresa se desarrolla y los de la empresa misma). Y si bien el acuerdo en el fin podría no ser total, debemos promover la discusión racional y no escondernos pretendiendo que nunca se dará.

No poner límites al humor y la sátira, sólo por el hecho de declararse así, no ayuda a esto. Por el contrario, hará cada vez menos racional el diálogo, anulándolo progresivamente en camino a una situación en que la deliberación democrática se hará a punta de ironías, sátiras, ridiculizaciones. ¿No es acaso esto enmudecer el diálogo democrático?



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