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La democracia representativa a la fuga

por 10 marzo, 2015

En una democracia representativa, tanto partidos como figuras políticas del Parlamento o Gobierno tienen una función relevante en la dirección o procesamiento de las visiones provenientes de la ciudadanía. Ellos representan, o en teoría buscan representar, la variabilidad de perspectivas que tienen lugar en la sociedad civil. La palabra representar resulta entonces en sí misma trascendental. Aquella remite a la capacidad que tiene “X” de expresar lo que “Y” y/o “Z” tienen por opinión o cosmovisión general.
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En momentos en que parece quedar aún más de manifiesto la capacidad que tienen las instituciones políticas para autogobernarse sin poner oído alguno a las demandas que la ciudadanía erige en pos de mayor transparencia y honestidad (para lo cual basta con mencionar la ya no tan reciente nueva ola de corrupción político-económica), la pregunta por el núcleo del problema, por lo que está en crisis, se torna del todo relevante. Pues bien, esta interrogante (puesta en términos políticos) se refiere, a mi juicio, al despliegue del carácter representativo del sistema político democrático. Pero vale la pena preguntarnos, primeramente, ¿de qué hablamos cuando nos referimos a la representatividad política?

En una democracia representativa, tanto partidos como figuras políticas del Parlamento o Gobierno tienen una función relevante en la dirección o procesamiento de las visiones provenientes de la ciudadanía. Ellos representan, o en teoría buscan representar, la variabilidad de perspectivas que tienen lugar en la sociedad civil. La palabra representar resulta entonces en sí misma trascendental. Aquella remite a la capacidad que tiene “X” de expresar lo que “Y” y/o “Z” tienen por opinión o cosmovisión general.

A partir de lo mismo y dada su estructura interna, las instituciones político-representativas tendrían por objetivo principal generar una suerte de ficción, a saber, la ficción del como si. Habida cuenta de que no sería posible canalizar cada una de las visiones pertenecientes a una nación o Estado, el sistema político, a través de sus mecanismos de representación, estaría diseñado de tal modo que en definitiva las decisiones internas a la institucionalidad serían o deberían ser consideradas como si todos hubiesen tomado parte en lo acordado.

En una democracia representativa, tanto partidos como figuras políticas del Parlamento o Gobierno tienen una función relevante en la dirección o procesamiento de las visiones provenientes de la ciudadanía. Ellos representan, o en teoría buscan representar, la variabilidad de perspectivas que tienen lugar en la sociedad civil. La palabra representar resulta entonces en sí misma trascendental. Aquella remite a la capacidad que tiene “X” de expresar lo que “Y” y/o “Z” tienen por opinión o cosmovisión general.

Para mencionar algunos ejemplos (“representativos”): como si Ernesto Silva, cuando defendía su comunicación con grupos de interés antes de la modificación de Ley de Isapres; como si Ignacio Urrutia, cuando pedía un minuto de silencio en el Parlamento por la muerte de Augusto Pinochet; como si Andrés Zaldívar, cuando señalaba (paradójicamente) que la reforma tributaria debía ser acordada en la cocina, de espaldas a la ciudadanía; como si Guillermo Teillier, cuando optó por una defensa irrestricta y segada frente a cualquier intento de investigación de la Universidad Arcis por supuesto lucro; como si, finalmente, Michelle Bachelet, cuando –en su calidad de Presidenta de la República– determinó que su hijo ejerciera el rol de director Sociocultural de la Presidencia, entre muchos otros ejemplos, hubiesen transportado las visiones o deseos de los millones a los cuales, en teoría, les prestan su voz. Pero ¿cuál es el rol que cumple este tipo de ficción de representatividad?

Visto desde un punto de vista general, aquel como si tendría como característica o función, primero, la descarga de incertidumbre (1) y, segundo, la protección filosófica-discursiva del sistema político (2).

(1) En un primer término, el mencionado como si producido por el sistema político permitiría la descarga de la incertidumbre e imposibilidad de que 6 millones de personas acudan a un “ágora” (equivalente al Parlamento) a decidir en conjunto respecto del porvenir del Estado. Una situación que, si bien se explica por su imposibilidad física, no se reduce a la misma. Y es que, ante un hipotético escenario de inclusión plena, la incertidumbre haría ingreso a partir de la infinitud de puntos de vista provenientes de los participantes del debate que, dada su magnitud, terminaría por cercenar toda posibilidad de discusión.

De ahí el pensar conciliador de la representatividad: si bien la consideración de la variablidad de perspectivas es necesaria e importante para el despliegue de un régimen democrático, el Estado y sistema político en general no pueden congelarse por la fragilidad teórica de su legitimidad; ambos deben seguir existiendo y operando efectivamente. El como si haría posible entonces descargar la explosión de incertumbre y contingencia para orientarla por vía de representación; esto es, a través de instituciones políticas como las mencionadas.

(2) Por otra parte, el como si ha permitido (¡qué duda cabe!) una cierta consolidación y protección filosófica del sistema político. Con esto me refiero al uso discursivo de la ficción de la representatividad del sistema democrático.

Ante circunstancias de crisis o cuestionamiento, el recurso a dicha representatividad está a la mano. Cuando los partidos políticos, los parlamentarios, el Gobierno, etc., toman decisiones cuestionables para la ciudadanía, se refugian en el carácter supuestamente representativo que abrigan (ellos están haciendo lo que la gente quiere o estima conveniente). Thomas Hobbes ya explicó esto de manera clara respecto a la monarquía y sus dificultades al momento de entrar en conflicto con la masa ciudadana que permitió previamente su constitución. De tal modo, el como si se erige a fin de cuentas como cimiento fundamental del sistema democrático representativo –sobre todo del que poseemos en Chile–.

Sin embargo, resulta menester entender que no todo lo que ha operado en el pasado debe o siquiera está en condiciones de seguir operando tal y como fue concebido. Esto parece quedar de manifiesto cuando aparecen crisis de legitimación como la que es posible presenciar en Chile. A partir de lo mismo, cabe preguntarnos: ¿qué pasa cuando la ficción del como si es puesta en cuestión? ¿Qué es además aquello que se pone en tela de juicio cuando tambalea el como si?

El cuestionamente de la ficción del como si producido por el sistema político se detona, a mi juicio –tal como se puede leer entre líneas en la visión de Hobbes, aunque con un resabio claramente autoritarista–, por una clara incongruencia de expectativas, como consecuencia de un proceso de toma de consciencia. Para decirlo en trabalenguas: porque la ciudadanía se vuelve consciente de la contradicción entre lo que dice querer y lo que los políticos dicen que ellos dicen querer. La ciudadanía se torna entonces consciente del hecho de querer “X” mientras los políticos dicen representarlos al decir que quieren “Y” o “Z”. En los ejemplos señalados: porque la ciudadanía está en contra de influencias externas cuando se debaten temas de interés general (Silva), de minutos de silencio a dictadores y violadores de los derechos humanos (Urrutia), de acuerdos a espaldas de la ciudadanía (Zaldívar), de defensas institucionales fundadas en mera pertenencia política (Teillier), así como de designación de cargos públicos fundados en relaciones de parentesco (Bachelet), entre muchos otros casos. La sociedad civil se vuelve en definitiva consciente de la ficción que permitía el creer que se está allí donde realmente no se está; que se decide sobre aquello que realmente no se decide; que se acuerda sobre aquello que realmente no se acuerda, etc. Pero ¿qué hacer ante tal escenario?

El problema, tal y como se puede observar, no reside necesaria o exclusivamente en la ficción de la representación, sino más bien en la clausura y fuga de la misma respecto de la ciudadanía que supuestamente le irriga legitimidad. El problema no estaría entonces en el principio filosófico del “representar”, sino en el ejercicio narcisista y autista en el que ha devenido aquél desde un tiempo a esta parte, como consecuencia de la más insólita obcecación de los líderes políticos por la toma y detentación del poder por mor del poder.

Ahora bien, si el problema no es filosófico o de principio, la necesidad de una corrección fáctica del estado de cosas se hace manifiesta. La discusión sobre los mecanismos de representación y de cercioramiento respecto a los mismos no es para nada nuevo. Lo que sin embargo no puede ser pasado por alto o debe ser acentuado, es la urgencia de generar más y mejores instrumentos para poder controlar la ficción del como si que el sistema democrático representativo produce, para que en definitiva éste no termine por comerse el principio subyacente al mismo, a saber: cumplir los designios de lo que la ciudadanía mayoritaria y democráticamente entiende por necesario.

Si bien es cierto que la ficción del como si ha conllevado en la actualidad una inversión de la posición de los medios y fines (el medio de la delegación y/o ejercicio del poder a través de la representación ha devenido en fin; mientras que el fin de que la masa ciudadana rija respecto de su destino ha devenido mero medio discursivo), el desafío está puesto en la necesidad de poner esta dinámica desregulada bajo control democrático. ¿Asamblea constituyente? ¿Plebiscitos? A priori ambas parecen buenas alternativas para comenzar a recomponer la distribución del poder; sin embargo, aquello debe ser de partida discutido democrática y –por ello– horizontalmente. Y es que no se debe olvidar: una real y verdadera democracia siempre quiere más de sí misma.

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