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El alma de Chile

por 25 marzo, 2015

El problema es que no se fiscalizan ni respetan los marcos normativos más básicos. Saltarse las normas no tiene consecuencias. Esa es la lectura que están haciendo muchos chilenos. La proliferación de nuevas iniciativas legislativas, en este cuadro, no será suficiente para superar tanta impudicia.
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Fue el cardenal Raúl Silva Henríquez quien, en los críticos años 80, salió a defender “el alma de Chile”. Como ahora, estaban heridos la fe pública, el respeto y los valores compartidos.

Hoy constatamos que se han impuesto la codicia y el individualismo exacerbado en los negocios y la política. Tras los afanes por cosechar más poder y dinero, muchos han perdido los límites y hasta la estética. Peor aún, se niegan, siquiera, a reconocerlo. Por esto no van a funcionar, como en ocasiones pasadas, las comisiones técnicas o los acuerdos reservados. Se requiere sentido de autocrítica, transparencia y una justicia severa. Sobre todo, se necesita comprender que el drama de Chile no es la falta de normas legales, siempre perfectibles. El problema es que no se fiscalizan ni respetan los marcos normativos más básicos. Saltarse las normas no tiene consecuencias. Esa es la lectura que están haciendo muchos chilenos. La proliferación de nuevas iniciativas legislativas, en este cuadro, no será suficiente para superar tanta impudicia.

El problema es que no se fiscalizan ni respetan los marcos normativos más básicos. Saltarse las normas no tiene consecuencias. Esa es la lectura que están haciendo muchos chilenos. La proliferación de nuevas iniciativas legislativas, en este cuadro, no será suficiente para superar tanta impudicia.

Peor aún, el país pareciera caminar hacia una crisis de competencia entre sus instituciones públicas. No todos sus exponentes están dispuestos a hacer el camino correcto, por cierto, largo y azaroso. El SII pareciera actuar con freno de mano. El Tribunal Constitucional, surgido de un cuoteo político que linda con el escándalo, parece conducido por mano militante. La mayoría de sus miembros no son autoridades académicas reconocidas en el campo del Derecho Constitucional. Peor aún, ¿es aceptable que un ex parlamentario, que negoció platas de campañas con Penta, sea voz y voto en las decisiones de este “órgano del Estado”?

Ante esta confusión ética y política, el Senado debe asumir un rol más activo en este proceso. El presidente del segundo poder del Estado, Patricio Walker, debe convocar, en representación de todos sus miembros, a un diálogo nacional a nivel de las instituciones. Debemos saber qué están mirando los magistrados, los fiscales y defensores de esta crisis. ¿Qué nos pueden decir los académicos, profesionales, sindicalistas y empresarios? Más aún. ¿Qué se está pensando en los círculos uniformados? Todos son parte de Chile y deben estar presentes en este diálogo, bajo la sola condición de respetar la labor de la Justicia sin ambigüedades.

Parafraseando a Felipe González, cuatro veces premier de España, estamos en una crisis global, donde la política no tiene ideas y los intelectuales no tienen influencia. Abramos los espacios. Comencemos por la descentralización del poder y el dinero, reforma social, política y financiera olvidada en medio de tanta hojarasca.

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