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Universidades en crisis: ¿qué vale el “publish or perish” en Chile?

por 22 abril, 2015

Pero además de este ordenamiento absoluto al sistema (nada más sistémico que un “ranking”), hay que constatar que bajo la ley “publish or perish” los que están amenazados de muerte no son solamente los universitarios en su carácter individual, sino, de manera amplia y general, todas las instituciones o iniciativas independientes que definen, a modo de lo que es vital y no simplemente funcional, el mundo del universitario y del pensamiento en general: editoriales, revistas, centros culturales, escuelas, etc.
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Mientras los bandidos del medioevo (al menos lo que conocemos de algunos cuentos o algunas series televisivas) solían usar la expresión "¡la bolsa o la vida!" para conseguir lo que querían, hoy día para hablar de la presión hecha sobre los universitarios para que publiquen, se dice “¡publish or perish!” (“¡Publica o perece!”).

“¡Publish or perish!”, esto se escuchaba ya en los años sesenta en los Estados Unidos, donde el sistema universitario funcionaba con criterios cuantitativos antes de confirmar un profesor, de ofrecerle el dicho “teniur”. Hoy día sin embargo no es en los Estados Unidos que los profesores están amenazados de publicar o perecer. Aquí en Chile, en toda Latinoamérica, en Asia, Medio Oriente, Noráfrica y Sudáfrica, y pronto en Europa, los universitarios se encuentran expuestos a tal desprotección. Y mientras en Estados Unidos existen categorías profesionales que están (aunque siempre relativamente) protegidas por la amenaza de “publicar o perecer”, es ahora más y más común que donde reina la ley del “publish or perish”, no exista amparo alguno para proteger a los universitarios –y, entonces, la independencia que es esencial al ejercicio de su profesión–. ¿Qué explica que hoy día un profesor universitario, es decir, también un investigador, tenga que tener una pistola apuntada en la cabeza para trabajar? ¿Qué vale esta ley en Chile donde no existe nada tal como el “teniur” para garantizar el ejercicio de la profesión? ¿El hecho de que esta amenaza defina la condición de los académicos a nivel global significa que estamos frente a una fatalidad, desprovistos de todo poder de acción?

Pero además de este ordenamiento absoluto al sistema (nada más sistémico que un “ranking”), hay que constatar que bajo la ley “publish or perish” los que están amenazados de muerte no son solamente los universitarios en su carácter individual, sino, de manera amplia y general, todas las instituciones o iniciativas independientes que definen, a modo de lo que es vital y no simplemente funcional, el mundo del universitario y del pensamiento en general: editoriales, revistas, centros culturales, escuelas, etc.

En Chile, como en muchos otros países, la necesidad de aumentar los índices de producción es un efecto de la globalización y del modo en que están atribuidos los financiamientos universitarios a nivel local y global. Pues el asunto es en gran medida económico (y la pregunta es si tenemos poder alguno sobre aquel). Las universidades consiguen financiamientos (de los bancos o de los distintos organismos de gobierno relacionados con la educación y con la investigación) a condición de ser bien evaluadas, y para ser bien evaluadas, deben tener altos índices de producción. Lo mismo vale para los estudiantes o académicos que postulan a becas o a financiamientos de proyecto. Para conseguir tales financiamientos, se ha de postular a universidades que estén bien ubicadas en los “rankings”. La paradoja es que lugares altamente prestigiosos (como La Sorbonne en París) no están bien ubicados en los rankings porque hasta ahora la cantidad nunca había sido un indicio de calidad. Para remediar tal problema, en muchos lugares las instituciones universitarias se están agrupando. La consecuencia es que en este nuevo paisaje, al parecer más ordenado (ordenado por lo menos a las necesidades de la globalización) no hay escape alguno a la ley de los bandidos: “Publish or perish”.

En Chile, este tema económico no prevale menos que en otros lugares. Es más, si se quiere ser parte del mundo, si se quiere ser un país abierto al mundo, abierto a que estudiantes extranjeros puedan estudiar en nuestras instituciones, se ha de hacer un esfuerzo para aumentar los índices de producción. En este caso, la ley del “publish or perish” tiene como efecto positivo una apertura de los lugares, de tal suerte que la amenaza no se restringe a la propia vida sino al aislamiento. En otras palabras, se podría también decir “publica o vive sin mundo”.

Esta es una explicación global y habla de Chile, en cuanto su situación es comparable a cualquier otro lugar del mundo. La globalización como explicación plantea, sin embargo, un problema de suma importancia. No se trata de preguntar ingenuamente si hay alguna manera de escapar a esta implacable ley del mercado, sino de qué manera podrán las instituciones universitarias actuar sobre el mercado para que sus leyes reflejen sus necesidades propias. Pues, si bien no podemos abstraernos del mercado, este no tiene tampoco la inteligencia para hacer la ley. Los criterios de evaluación, esto lo sabemos, no han necesariamente de ser cuantitativos. La falacia consiste en pensar que o bien todo lo decide el mercado, los asuntos universitarios incluidos, y el mercado decide lo que quiere (pero el mercado no tiene la facultad de decidir), o bien existen idealistas que rechazan toda consideración de tipo empírica y que veneran una idea abstracta y caduca de Universidad. Yo no me sitúo en ningún lado de esta alternativa. Pienso que el mercado no piensa y que la globalización no ha de ser una mera fatalidad: puede ser la ocasión de nuevos diálogos y de nuevas redes que permitan modificar tanto los criterios de evaluación como la tendencia del mercado en general.

Además de ser la herramienta propia a la globalización, ¿esta ley ha tenido alguna utilidad relacionada esta vez con el mundo académico y a sus necesidades?

Hay que decir que algo bueno parece tener esta ley. Parece, por lo menos. En los lugares donde un liberalismo descarado ha permitido que instituciones universitarias y educativas en general (universidades, colegios, escuelas, institutos varios de formación) proliferaran independientemente de la formación de sus profesores y con fines meramente comerciales (fines de lucro), existen colegios y universidades donde los profesores eran muy mal formados, y donde por ende los estudiantes pagaban instituciones que básicamente les engañaban. En este contexto, la degradación de la educación requiere de medidas para velar por que cada unidad académica o educativa que compone estas instituciones funcione. Para esto, se necesitan criterios. La presión hecha sobre los profesores para que publiquen, y que publiquen en revistas indexadas, es parte de este proceso de mejoramiento.

Es importante reconocer que estas medidas han tenido un efecto positivo sobre las instituciones chilenas en general. Aparte de haber exigido trabajo de parte de profesores que se satisfacían de poco o nada, han aumentado las oportunidades de diálogo e intercambio entre los profesores. Profesores que hace diez años solo publicaban en revistas chilenas o en las revistas de sus institutos, ahora tienen diálogos enmarcados en el continente, redes intercontinentales, lectores diseminados en todo el mundo. Esto es de suma importancia y es un efecto bueno de la presión hecha para aumentar los índices de producción. Pues, no solo se exige de un profesor que publique, sino que publique en revistas extranjeras indexadas, es decir, que entre en un circuito de producción. En este aspecto, la presión puesta para la publicación/internacionalización ha valorado la profesión. La reflexión de un investigador universitario no puede estar confinada a un solo lugar. Sus pensamientos han de moverse como él mismo debe poder variar o ampliar el marco de sus lecturas.

¿Pero cuán sólidos son estos mejoramientos para el porvenir de la Universidad? Primero habría que preguntar: ¿cuán sanos son los remedios que han permitido este mejoramiento? Y frente a tal pregunta, hay que constatar que se ha buscado el remedio al daño hecho a los establecimientos educativos en lo que lo ha causado. En gran parte, buscamos la solución al problema de la proliferación de instituciones de pésima calidad (o sin calidad ninguna) en esto mismo que lo ha permitido: un liberalismo salvaje y ciego. Una vez más: ¿tiene el mercado la facultad de decir qué es la universidad, cómo se puede evaluar y cómo entonces debe funcionar? Del punto de vista del sistema, la calidad de una universidad, y en general de un establecimiento que tiene fines educativos, depende de su lugar en el ranking, el cual, entre otros, se alcanza con factores cuantitativos. Una buena universidad es una universidad bien ranqueada. Pero al ya no ser capaces de pensar lo bueno independientemente de su lugar en un ranking, no se piensa más en lo bueno. Pues lo bueno es antes de todo lo único. Emerge de tradiciones particulares; se mide con fines que no se definen en términos de competitividad. Tiene su propio ritmo, hasta su propia decadencia.

Pero además de este ordenamiento absoluto al sistema (nada más sistémico que un “ranking”), hay que constatar que bajo la ley “publish or perish” los que están amenazados de muerte no son solamente los universitarios en su carácter individual, sino, de manera amplia y general, todas las instituciones o iniciativas independientes que definen, a modo de lo que es vital y no simplemente funcional, el mundo del universitario y del pensamiento en general: editoriales, revistas, centros culturales, escuelas, etc. Mientras ahora un universitario debe publicar en revistas indexadas, dotadas de “evaluadores externos anónimos” (los dichos “referatos ciegos”), todas las actividades extra de este universitario no tienen más valor. Toda iniciativa cultural o editorial que funciona sobre la base de criterios distintos no es solamente desvalorizada sino que es descartada. Hoy día, publicar un libro en una editorial local, buena, pero sin referato (y puede haber buenas razones para no funcionar de este modo), vale nada más que 0. Esto ya no habla de la relatividad de los criterios en general (todo criterio será parcial) sino de su dimensión destructiva.

Asimismo, por un lado, el universitario se transforma en un funcionario; en un buen soldado que solamente cumple con su función. Paradójicamente, mientras se abre al mundo globalizado y a sus dinámicas propias (y totalmente homogéneas), su mundo se cierra: a él, no le corresponde ser nada más que un especialista (o como máximo, un intelectual). Frecuentar un colegio para ampliar el marco de la transmisión del saber o publicar en una editorial local lo desprestigia. Por otro lado, las editoriales independientes (las que no funcionan sobre la base de criterios meramente universitarios) deben funcionar sin los universitarios. Es como si el país buscara las condiciones de su mejoramiento en su desprecio y destrucción: se pretende mejorar al universitario desprestigiando lo que funciona con criterios no tanto locales sino independientes, relativos a una historia, tradición de escritura y de lectura... esto que ha hecho tan espléndidas y vitales a algunas editoriales en todos los lugares del mundo.

¿Pero es posible pensar que se podrá, dentro de este sistema global, encontrar y producir inflexiones? A primera vista, es difícil pensarlo porque estamos enfrentados a la oposición entre destino e historia, entre un mundo de relatos distintos y un mundo meramente técnico y homogéneo. En efecto, la fuerza de este proceso es que, al imponer criterios universales de evaluación, destruye toda tradición, es decir, también toda posibilidad de ser a partir de algo incierto, de algo que ha sido recibido pero de manera inacabada y no del todo conocida. Las revistas indexadas tan valorizadas en la ley del “publish or perish” funcionan con “referato ciego”, el cual solo tiene que informar de la conformidad de un artículo a criterios predefinidos. Esto no implica ninguna decisión propia de parte de un lector, ninguna creatividad en el trabajo editorial, ninguna creación de criterios, justamente (que es lo que hace la unicidad de una editorial…). Entramos entonces en un mundo meramente técnico, casi no pensante y, al rechazar toda incertidumbre, sin futuro. Asimismo, el destino que representa el orden global habría destruido la historia o más bien las historias.

Pero podemos también pensar que este orden global no es más que una nueva figura del destino y que la política se produce realmente cuando logra desviar un orden (y el destino no es más que el orden de las cosas). A pesar de que contar los puntajes de un currículo y determinar si un artículo vale 0 o vale 10 es totalmente apocalíptico (destructor de lo que hace la posibilidad del mundo), casi nadie cree en estos valores. El fin del mundo no ha ganado del todo. Pero hoy día, ser más que un evaluador anónimo (¡ciego!) o que un buen funcionario, exige más que una disconformidad meramente individual. Exige pensar cómo hacer política, cómo hacer alianzas determinantes para que exista algo más que este orden de cosas, algo que lo perturbe desde el interior. Esto puede ocurrir, pues solo donde la desesperación es absoluta uno no quiere ser más que un buen soldado.

Por lo menos en Chile ocurre. Hay cada vez más reflexión sobre las pautas de evaluación y cada vez más iniciativas para cambiarlas. Aunque estas por el momento son medidas aún técnicas, son el indicio que dentro de este mundo de referato ciego no estamos rodeados solo de enemigos sino también de amigos. Una política universitaria puede surgir de esta amistad a condición de no quedar confinada en un pequeño lugar. Para esto hay que pensar cuáles serán, a nivel local y global, dentro del país y del entorno que nos rodea (partiendo del Cono Sur con el cual tenemos cada vez más relaciones y amistades) las condiciones para asegurar la independencia de los universitarios, de la enseñanza y de la investigación, sin buscar la respuesta en lo que nos aparta del mercado o del mundo globalizado.

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