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El circo triste de la política chilena

por 16 junio, 2015

El circo triste de la política chilena
Pero los medios nos tienen mediatizados con esa aspiración que tiene la magia de nunca ocurrir, pero que siempre reencanta, porque ahora sí que sí. Qué manera triste de reír, no tiene ni siquiera la sinceridad de la desesperanza aprendida, tiene más bien la falsa dependencia de un deseo neurótico nunca cumplido. Pero que siempre creemos, a pesar de los años, que sucederá.
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La producción de personajes circenses en política es un espectáculo irrisorio a estas alturas y hay para todos los gustos. Es la risa del payaso que llora, porque el alma de ese payaso es el pueblo, ese pueblo que llora porque tenía esperanzas de reír una felicidad verdadera y solo se quedó con un espectáculo triste, grotesco. Eso le dieron de vuelta estos políticos que se han mofado de todo el probo mito republicano.

Mientras se concurría a votar para legitimar la democracia tutelada, tras bambalinas se fraguaban los verdaderos alcances de este espectáculo y al final era la receta histórica de pan y circo, pero nada profundo, ninguna transferencia. Al contrario, cada vez se privatizaron más nuestras vidas y se precarizaron más nuestros empleos, nuestra educación, a pesar de asesorías, inversiones millonarias y discursos, nunca logró un estándar decente.

Un fondo de pensiones que empobrece a los viejos y un sistema de salud que mata a los enfermos. Fueron voladores de luces, nos vendieron un espectáculo bueno y nos entregaron unos payasos llorones y animales amaestrados explotados hasta el hambre, acróbatas que en realidad hacen mariguanza con la ética y se cagan de la risa de la gente que se compra el circo.

Es curioso cómo en este país la tristeza se disfraza de risa, la tristeza es muy transversal y solo cambia de folio cuando un gol de la selección de fútbol sitúa el anhelo en algo que nunca ha ocurrido, ¡que ganemos algo!

 Y quizás algún día, por razones raras, se dé un Boloccazo o un Chinazo de proporciones, ahí sí que la histeria inundará las calles, y esa sociología alcohólica provocará los accidentes de siempre y seremos campeones. Este pueblo desea eso inspirado en una ilusión que es relato del mercado televisivo, es una copa que se mira y no se toca, una frustración endémica relatada por la misma voz deportiva desde la dictadura.

Es simbólico, pero los medios nos tienen mediatizados con esa aspiración que tiene la magia de nunca ocurrir, pero que siempre reencanta, porque ahora sí que sí. Qué manera triste de reír, no tiene ni siquiera la sinceridad de la desesperanza aprendida, tiene más bien la falsa dependencia de un deseo neurótico nunca cumplido. Pero que siempre creemos, a pesar de los años, que sucederá.

Y quizás algún día, por razones raras, se dé un Boloccazo o un Chinazo de proporciones, ahí sí que la histeria inundará las calles, y esa sociología alcohólica provocará los accidentes de siempre y seremos campeones. Este pueblo desea eso inspirado en una ilusión que es relato del mercado televisivo, es una copa que se mira y no se toca, una frustración endémica relatada por la misma voz deportiva desde la dictadura.

Al otro día qué, los jugadores a Europa y el resto a su realidad. ¿Puede existir en el mundo una sublimación más perfecta y una manera más risueña de disfrazar la tristeza? Eso es el fútbol, un paliativo de la tristeza.

La risa nerviosa, débil e insegura, esa que tiene un valor incidental, no es una risa verdadera, es una risa sin alma, sin conmoción hormonal y esa es nuestra risa. Una pobre risa estéril que no hace reír a nadie, más que a la risa del espejo de nuestra idiosincrasia.

Estos circenses montaron su carpa, no para producirnos una satisfacción sino para reírse de nosotros, y les resultó, la función dura hasta ahora con crisis y todo, pero sigue un curso estatal procedimental, donde los medios articulan una teleserie, con personajes de esta subpolítica.

Este público pueblo debería despertar, de la tristeza a la rabia hay un paso, pero nos cuesta, algo masoquista anida en la vértebra de nuestro ethos cultural, tanto es así que muchos connacionales votan por sus abusadores.

En un pacto con el miedo se engendró el inmovilismo. De ser un pueblo soberano, pasamos a ser hijos del adoctrinamiento de la seguridad nacional. Así, en las relaciones sociales, aparecen personajes que clonan el maltrato, con un poco de poder, hay chilenos que se dejan seducir por ese gustillo a abuso y gozan. Son agentes que reproducen la tristeza y estos son los efectos macabros.

Este circo tiene diversos personajes politiqueros que trabajan con la rentabilidad de una herencia progre, hijos de padres con nombre histórico, pero ellos son chantas. Trabajan con una rentabilidad familiar y eso es casi monárquico, es una aberración sin sentido, que refleja nuestra insularidad, porque cuando uno compara las actitudes históricas de padres e hijos, uno entiende que no hay relación y que eso no es solo el contexto sino los valores.

Esos valores son una legitimidad no renovable, no heredable, que se está acabando como un vital elemento de nuestra convivencia. Pobres padres, esos que en sus tumbas deben retorcerse en el asombro de un Chile que es escenografía circense donde sus hijos juegan a la politiquería.

Están los rotos que han arribado a la política, y estos son maquineros feroces, estrategas hábiles y canallas terribles. Son resilientes habilosos y tienen esa claridad del aspiracional medio instruido, que aprendió en la vida que colocarse en el lugar y en el momento correctos podía ser rentable política y económicamente hablando. Estos cobran las boletas para este circo de la risa, ese que esconde nuestra tristeza. La misma tristeza cristalina que se dibuja en nuestros diseños y colores, una semiología gris que llora un bolero muy del adentro del complejo de Chile.

Hay otros acróbatas de la risa que son los políticos tecnocráticos yuppies, negociantes, reciclaje del coaching más motivacional, son profesionales graduados que tienen el time y tino político, el olfato efectista para la sonrisa perfecta. Son lobbistas acumuladores de contactos y redes, desarman la política y la transforman en una risa falsa que no es escenario de ningún circo, salvo el que aguantamos nosotros, los diecisiete millones de conciudadanos.

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