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Velasco no es de centro

por 19 junio, 2015

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Andrés Velasco en su columna del pasado sábado eleva la política a la discusión de proyectos de sociedad, lo cual se agradece. Tiene mucha razón en su reflexión sobre el sistema binominal y en su crítica a la manera en cómo se están guiando las (necesarias) reformas en nuestro país. No obstante, da la impresión de que se equivoca en dos asuntos centrales, a saber: en definir cuáles serían las ideas del centro político en Chile y, por tanto, en concluir que sus posturas podrían tener ese domicilio político.

Respecto de lo primero y sin perjuicio de los muchos matices que se podrían hacer, en líneas generales en la derecha predomina el liberalismo, con énfasis en lo técnico-económico. El motor de la sociedad estaría en el individuo (empresas, grupos intermedios) y el Estado debiese proteger y promover sus libertades, tratando de evitar inmiscuirse directamente, salvo que sea estrictamente necesario (desde un concepto de subsidiariedad negativa, últimamente cuestionado por ciertos sectores moderados).

Influencias de inspiraciones cristianas han implicado moderaciones en aspectos valóricos y sociales respecto de posiciones liberales más ortodoxas, pero aún así es ese el ímpetu que predomina. El ethos del Gobierno de Sebastián Piñera es fiel reflejo de lo que venimos diciendo. Por otro lado, diremos que en la izquierda predomina un socialismo progresista. Crecientemente ha ido recuperando terreno la idea del protagonismo estatal (certeramente representado en el tono de las reformas de la Nueva Mayoría), lo cual se ha visto acompañado con un auge del “despliegue de la autonomía individual” –curiosamente coincidente con corrientes del liberalismo–, cuestión que se evidencia en la pretendida legalización del aborto.

 El centro político lo copa ese ideario que entiende el indispensable rol de la empresa como motor de crecimiento y emprendimiento, pero que al mismo tiempo pone su norte en el bien común y no solo en el enriquecimiento de los accionistas. Ese ideario que valora el rol de Estado como espacio de deliberación política para la búsqueda de la justicia social, pero que desde ahí no concluye una asimilación de lo “público” con lo “estatal”, negando por ejemplo el rol público activo de los establecimientos educacionales privados.
 

En ese panorama, ¿cuáles son las ideas que se sitúan en el centro político en Chile, entendido este como el punto de equilibrio moderado entre ambos extremos? Da la impresión de que son aquellas que logran conjugar mejor la libertad con la justicia social, entendiendo que las personas se sobreponen al Estado (pues este es una construcción que se sigue de ellas), pero reconociéndole a este último un rol activo en la búsqueda de seguridades sociales necesarias para la vida pacífica en sociedad. Sin justicia social, la libertad es privilegio de pocos. Sin libertad, la justicia podría derivar en estatismo asfixiante.

 El centro político lo copa ese ideario que entiende el indispensable rol de la empresa como motor de crecimiento y emprendimiento, pero que al mismo tiempo pone su norte en el bien común y no solo en el enriquecimiento de los accionistas. Ese ideario que valora el rol de Estado como espacio de deliberación política para la búsqueda de la justicia social, pero que desde ahí no concluye una asimilación de lo “público” con lo “estatal”, negando por ejemplo el rol público activo de los establecimientos educacionales privados. 

Ese ideario que aboga por fortalecer la dignidad humana, la familia y las comunidades de base; por enfatizar la prioridad por los más vulnerables (especialmente en el plano de la salud y la seguridad social), el fomento del trabajo de calidad, el cuidado del medio ambiente y la regionalización; por hacer del diálogo político, la fraternidad y la calidad humana los medios de participación pública, es el que copa el centro político en Chile, superando la díada “mercado-Estado”.

Ese conjunto de ideas se reconocen sistémica y coyunturalmente en el socialcristianismo, expresado en la centroderecha (PRI) y en la centroizquierda (PDC). Es cierto: no se reduce a matices y tiene una tarea pendiente en ofrecer nuevas perspectivas, pero no podemos confundir algo que Velasco hace en su párrafo final: una cosa son las posiciones moderadas y otra cosa es el centro político, que tiene una identidad propia distintiva.

Finalmente, Velasco deja entrever en el párrafo final que él sería un “liberal-progresista”. Efectivamente: su mirada en materias sociales descansa en el liberalismo (moderado), y en materias morales se expresa en el progresismo (en honor a la verdad: en la versión más radical del mismo, pues él ha expresado su adhesión al aborto en términos generales y a la adopción de matrimonios entre personas del mismo sexo). Así, cuesta ver cómo esas ideas cuajan en el domicilio del centro político en Chile. Más bien podríamos decir que, en lo social, se acerca a Amplitud o a Evópoli y, en lo valórico, a Revolución Democrática o al PPD.

Estas reflexiones sobre la identidad y el domicilio político son relevantes, pues los ciudadanos merecen tener claridad sobre las ideas que se profesan. En buena hora son ellas y no los clivajes heredados del plebiscito de 1980 las que estarán marcando esos posicionamientos en los años venideros.

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