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La estrechez de una comunicadora

por 10 julio, 2015

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Antes de todo, debo aclarar que no participé en el cacerolazo contra la delincuencia del uno de julio. No creo mucho en las protestas de este tipo, principalmente porque en sí suelen ser inútiles y difícilmente harán que la realidad cambie. Pero aún cuestionando su efectividad, es un hecho innegable que manifestaciones como esta son parte de la libertad de expresión propia de la democracia en que vivimos.

Y esto último es lo que muchas personas al parecer no lo entienden, cuando se refirieron a la manifestación como un hecho que, por la forma en que fue convocado, era protagonizado casi exclusivamente por personas “de derecha y del sector ABC1”, por lo cual no era más que una “pataleta de privilegiados”. Y entre todos los comentarios, llamó la atención profusamente el expresado en Twitter por la periodista Delia Vergara, la cual indicó que “los del distrito 23 deberían tomar la delincuencia como un impuesto a la riqueza”. Y que “eso les pasa, diría mi nieto”.

 En el supuesto de que ella hubiera emitido su comentario basándose en la teoría de que la delincuencia es el fruto de una sociedad que no otorga a todos las mismas oportunidades, es viable preguntar qué es lo que realiza ella para contribuir a revertir dicha situación, aparte de sentarse cómodamente en un sillón a criticar la manifestación convocada por chilenos que, simplemente, están cansados de vivir bajo el peligro de que otros, movidos por el afán de quitarles lo que les ha costado con esfuerzo conseguir, pongan sus vidas y las de sus familias en peligro.

Es difícil creer que alguien como la señora Vergara, con la trayectoria que tiene como comunicadora y fundadora de importantes medios de comunicación, como revista Paula y radio Cooperativa, sabiendo lo importante que es en el periodismo guardar la compostura e imparcialidad frente a hechos de gran relevancia social, crea que no hay problema en darse el lujo de hacer comentarios como el que hizo, el cual revela claramente desprecio por lo vivido por las víctimas de la delincuencia, prácticamente achacándoles la culpa de lo que les ha sucedido.

Dicha expresión puede homologarse perfectamente a algo como “a las mujeres las violan por vestir de manera provocativa”, idea que me imagino que ella, como impulsora de una revista que en sus inicios en la década del sesenta fue la primera en tratar temas como el uso de la píldora anticonceptiva y la infidelidad femenina, con toda seguridad debe repeler.

Es triste que la ideología y el resentimiento nublen de tal forma el juicio de alguien que a la luz de su historia, debería demostrar sensatez. Asimismo, en el supuesto de que ella hubiera emitido su comentario basándose en la teoría de que la delincuencia es el fruto de una sociedad que no otorga a todos las mismas oportunidades, es viable preguntar qué es lo que realiza ella para contribuir a revertir dicha situación, aparte de sentarse cómodamente en un sillón a criticar la manifestación convocada por chilenos que, simplemente, están cansados de vivir bajo el peligro de que otros, movidos por el afán de quitarles lo que les ha costado con esfuerzo conseguir, pongan sus vidas y las de sus familias en peligro.

Así como las causas de la pobreza y de la delincuencia son complejas y requieren cooperación de todos los sectores sociales para su disminución (porque es una utopía creer que la delincuencia puede desaparecer por completo), la riqueza de las personas tampoco surge por osmosis. Es, en la gran mayoría de los casos, el resultado de años de trabajo y sacrificios, lo cual la señora Vergara no parece comprender, dada su añeja visión de la sociedad expresada en su comentario.

Y no es menor señalar que pensamientos como el suyo fueron los que llevaron, hace cuatro décadas, a la época más triste que ha enfrentado Chile en su historia, de la cual sobrevive lamentablemente, a la luz de toda la censura expresada al cacerolazo, la mirada de odio que se construyó entre chilenos de distinto color político y clase social.

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