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Malestar, carrera docente y confianzas perdidas: no se puede hacer magia, ¿o sí?

por 12 julio, 2015

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Son más de cuatro décadas de precarización de la formación y el ejercicio docente, no es posible borrar de un plumazo la historia. Son décadas de una herida abierta y sangrante que hoy no hace más que tomar fuerza adicional, un dolor acumulado y profundo, que por fin resuena, después de tanto silencio, promesas incumplidas, desesperanza aprendida, denigración y espera. Es momento de aceptar el dolor y las responsabilidades de los que estamos involucrados en él, por obra u omisión, de aceptar la necesidad de hacer y permitir el duelo, con los costos que eso implica.

No me convence el paro ni el retiro del proyecto, pero empatizo con el sentir del magisterio, y su legítima necesidad de expresar tanto agobio contenido, y con ello, con la interpelación profunda a nuestro sistema social, económico y educativo, que ha cultivado por las mismas décadas un clima de desconfianza de todos contra todos, la costumbre enraizada de esperar siempre que se aseste el golpe al final, la letra chica, la maniobra turbia, el resquicio legal.

 Se requieren genuinos actos reparatorios y evidencias de confianza mutua. Principios claros, y no ceder a la tentación del autoritarismo, aceptar que se requiere tiempo y voluntad, mucho más diálogo, y reconstruir la confianza perdida. Y esto significa transar, por ejemplo, en la preocupación de encasillar a profesores en un tramo más alto que el por evaluación les correspondería, en reconocimiento a su trayectoria.

Se instaló progresiva y metódicamente una desconfianza en los profesores sin reconocer que se les había quitado el piso formativo, el carácter profesional, las condiciones de trabajo y desarrollo docente, generando un escenario propicio para endosarles la responsabilidad individual de sus debilidades pedagógicas y para crear la necesidad social de dejarlas en evidencia en pruebas con consecuencias punitivas. Paralelamente, creció la desconfianza hacia la autoridad, autoridad que naturaliza lo incorrecto y se ubica al margen de toda responsabilidad y rol de apoyo. Y desconfianza es compartida por los chilenos, tornando el clima en profundamente adverso a la aceptación de sus propuestas, por bien intencionadas, flexibles y fundamentadas que parezcan.

¿Qué esperábamos? Es la historia pasando la cuenta, y el momento de hacernos cargo de las heridas y trabajar en el restablecimiento de las confianzas mutuas. Esto implica, necesariamente, asumir que no todo se puede obtener en esta pasada, para ambos lados, y que, con justa razón, no es esperable que el profesorado reaccione como ‘la lógica indica’, y que el mayor esfuerzo deberá situarse en el gobierno y otros actores políticos.  Implica entender que la magia no es posible en este caso, ni siquiera la racionalidad clásica, pues el profesorado lleva décadas vulnerado, y la apuesta del gobierno por la educación pública es todavía desconocida, es decir, carrera docente en un escenario de incertidumbre de los principios y fines rectores del ejercicio.

Se requieren genuinos actos reparatorios y evidencias de confianza mutua. Principios claros, y no ceder a la tentación del autoritarismo, aceptar que se requiere tiempo y voluntad, mucho más diálogo, y reconstruir la confianza perdida. Y esto significa transar, por ejemplo, en la preocupación de encasillar a profesores en un tramo más alto que el por evaluación les correspondería, en reconocimiento a su trayectoria. Es cierto que la experiencia es componente fundamental de la buena docencia, y también que la simple trayectoria no asegura crecimiento, sin embargo, es un gesto de reconocimiento, de reparación, de confianza, así como es imposible pensar en que todos los maestros se vayan y reemplazarlos por los egresados de programas formativos de más que dudosa calidad. Tal vez sí es posible la magia, reconstruyendo confianzas.

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