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Economistas: los falsos ídolos y la dictadura de los números

por 15 julio, 2015

Economistas: los falsos ídolos y la dictadura de los números
En un país donde tan sólo 45 hogares concentran el 10% de la riqueza financiera privada -equivalente a $35.245 millones de dólares-, por supuesto que no es posible financiar la gratuidad de la educación. En un país donde el salario mínimo sufre un aumento real de tan sólo $4.880 pesos líquidos, los economistas se llevan la última palabra. En un país donde sólo el 15% de las mujeres chilenas que tienen un trabajo remunerado gana más de $500.000 pesos líquidos, poco espacio queda a la imaginación.
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Toda época tiene sus falsos ídolos, incuestionados, intocables. La modernidad se ha encargado de erigir figuras socialmente sagradas, cuya especialización y conocimiento técnico las acercan a los cuerpos celestiales. Tal es el caso de los economistas, quienes sentados tras su escritorio, en un solitario planeta, cuentan estrellas. Entre más puedan contar, mayor es su felicidad, y una vez terminado el proceso, comienzan nuevamente: ¡No vaya a ser que se les haya pasado alguna!

Muchos recordarán esta imagen que llega a nosotros de la mano de Antoine de Saint-Exupéry en la maravillosa obra El Principito. Y es que proporciona un simple pero exhaustivo reflejo del comportamiento del economista de la época en que vivimos. El cálculo y los números son el medio por el cual se expresa un economista y su finalidad a la vez. Amos de una caja negra, ingresan cifras por un costado con la expectativa de verlas salir acrecentadas por el otro; lo que sucede dentro de esa caja no es asunto de ellos; las condiciones de vida de los trabajadores no es de su incumbencia. Para ellos, el fin justifica los medios, pero ¿qué justifica el fin? Aumentar las cifras.

 Para lograr ganancias cuyas cifras parecen distancias espaciales, la mayoría debe vivir con un puñado de monedas diarias, cuyo monto bordea los números enseñados en educación básica. Esto debe ser revertido, y para tal efecto, debemos comprender que el cálculo y los números son medios que deben servir al hombre, no al revés. La dictadura de los números está inevitablemente relacionada con las condiciones de vida de los hombres, pero al parecer quienes toman decisiones lo han olvidado, o lo han querido olvidar. La primacía del discurso económico debe ceder con el fin de generar bienestar, una palabra, por lo demás, en desuso y al borde de la obsolescencia.

Esclavos de los supuestos, como el individuo maximizador de utilidades, el costo de oportunidad, la inexistencia de la gratuidad, los costos hundidos, etc., han construido una realidad donde el hombre no tiene necesidades, no sufre de hambre, de frío o cansancio. Es un ser egoísta que se relaciona con los demás en la medida que puede obtener algún beneficio en el encuentro. No ríe ni llora, tampoco odia o ama. Lo han despojado de las condiciones que lo hacen ser lo que es, en aras de aumentar los dígitos, sumar y multiplicar ganancias, restar y dividir costos. El economista ejerce su poder sin sustento a través de la palabrería que logra extenderse a todas las esferas de la vida social, incluyendo, por supuesto, la política, en la cual el discurso económico tiene una primacía absoluta.

Días atrás, la Presidenta se ha vuelto a encoger de hombros: declaró que los números no calzan para financiar la tan necesitada reforma educacional que este país necesita. Y, en cierta medida, tiene razón.

En un país donde tan sólo 45 hogares concentran el 10% de la riqueza financiera privada -equivalente a $35.245 millones de dólares-, por supuesto que no es posible financiar la gratuidad de la educación. En un país donde el salario mínimo sufre un aumento real de tan sólo $4.880 pesos líquidos, los economistas se llevan la última palabra. En un país donde sólo el 15% de las mujeres chilenas que tienen un trabajo remunerado gana más de $500.000 pesos líquidos, poco espacio queda a la imaginación. En un país donde el 74% de los trabajadores chilenos gana menos de $400.000 líquidos, hay que actuar con urgencia. En un país donde el 50% de los chilenos sobrevive con menos de $5.000 al día, hay que derrocar la dictadura de los números.

Estas cifras, aportadas por la Fundación SOL, revelan la real-realidad del país, frente a la cual los economistas hacen la vista gorda, y que nada tiene que ver con esa “realidad” del crecimiento económico a ciegas, de la cual tanto se enorgullecen.

Desde el gobierno han dicho que ‘el poder del Estado se ha sobrevalorado’: lograr cambios profundos en la sociedad con esta mentalidad es impensable. Y es precisamente ese el problema: no comprenden que justamente han hecho lo contrario, que es subvalorar el poder del Estado. No solo es un organismo capaz de intervenir las perversiones del mercado, sino que tiene el deber de proteger a sus ciudadanos. Lo que ha faltado aquí no es el crecimiento de la economía, el aumento de la inversión nacional y extranjera, el aumento de las exportaciones y todos aquellos fenómenos que derivan del vocablo económico, no, lo único que ha faltado es voluntad política para restringir al rico y liberar al pobre; voluntad para comenzar a construir bienestar para todos. Y esto solo puede lograrse limitando a quienes están en la cima.

Para lograr ganancias cuyas cifras parecen distancias espaciales, la mayoría debe vivir con un puñado de monedas diarias, cuyo monto bordea los números enseñados en educación básica. Esto debe ser revertido, y para tal efecto, debemos comprender que el cálculo y los números son medios que deben servir al hombre, no al revés. La dictadura de los números está inevitablemente relacionada con las condiciones de vida de los hombres, pero al parecer quienes toman decisiones lo han olvidado, o lo han querido olvidar. La primacía del discurso económico debe ceder con el fin de generar bienestar, una palabra, por lo demás, en desuso y al borde de la obsolescencia.

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