sábado, 23 de enero de 2021 Actualizado a las 11:31

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Con la memoria política en la piel

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Mientras el mundo político se debate en luchas intestinas y la búsqueda desesperada de recuperar protagonismo y la opinión favorable de la gente, desde la profundidad de los expedientes que en los sistemas antiguos lleva el Poder Judicial, aparecen los fantasmas de los casos dolorosos y traumáticos, que de pronto, por arte de magia, yuxtaponen el pasado al presente. Algunos nos damos cuenta con ello que, a pesar de lo que se dice, no se puede abandonar un pasado que va pegado a la piel o, mejor dicho, al alma de cada cual.

Hoy se habla mucho de las generaciones. Se puso de moda, para mal de muchos y del país, la G90, mientras en la época en que ocurrieron los hechos judiciales referidos a violación de derechos humanos, en las calles campeaba la G80. Ambas generaciones creían saber cómo enfrentar los problemas y, a su modo, cada una trató de cuajar sus sueños. Una en los vericuetos de la burocracia estatal, y la otra, en las anchas calles que todavía no eran las anchas alamedas profetizadas por un ex presidente. Otros que veníamos de la generación del 60 y que habíamos vivido la revolución en libertad, la revolución a la chilena y la dictadura también a la chilena, nos aferrábamos a nuestros propios dioses y buscábamos encontrar, en la historia de la República, una respuesta democrática que pudiera abrirnos un camino en la selva impenetrable de la violencia y el odio que se desató en Chile.

Traer vivos al presente esos recuerdos, es doloroso y, en cierto modo, traumático. No solo por la conciencia de vida, sino porque al cotejar la lucha que se dio en el pasado, con el presente, uno puede perfectamente concluir que el desprestigio de la actividad política parece volver a degollar a los periodistas de antaño, a los muchachos quemados en las calles, al cantante descuartizado.

Si hay algo de lo que podemos estar de acuerdo es que la lucha por los derechos humanos y la democracia, con su notable épica, fue perdiendo su sabor a triunfo, a medida que íbamos viendo cómo los mismos que se apropiaron  de los bienes estatales, los continuaron gozando, cuando llegó la democracia, y solo el sigiloso y serio trabajo periodístico fue plasmando el reclamo ante esta situación con sus contornos dramáticos que con el tiempo fueron configurando una estructura económica oligopólica; y que una vez transformada esa estructura en un gigante indestructible, se dio el lujo de dar un tan peligroso como mortal ataque a la actividad política. Ni ellos mismos, falsos empresarios, quizás han dimensionado aún la enorme gravedad de sus conductas  y por eso no se escucha un mea culpa claro para decir cometimos un error  fatal y destruimos o dañamos algo que es un patrimonio común de la chilenidad. Sin una política correcta, nunca habrá mejorías ni progreso seguro.

 En definitiva, en nuestro país existe un Estado de derecho que privilegia la libertad y la autonomía de las personas y la solución racional de sus conflictos. Confundir la situación de la seguridad pública con una crisis política y económica conlleva un estado de completa paranoia.

Curiosamente en casi todas las encuestas comparten los últimos lugares los políticos y los empresarios, y los primeros, las Fuerzas Armadas y de Orden. Gran contradicción, si  hoy estamos viviendo el presente de degollados y quemados, y en las mentes  de los que escribimos están aún muy vivos los recuerdos de una reunión de asombro en la azotea de la Vicaria de la Solidaridad, o en la reunión del Congreso de Abogados de 1986, oportunidad esta última en que conocidos los hechos relacionados con los jóvenes quemados, se emitió una dura declaración de inmediato, a pesar de existir voces que pedían esperar un poco para saber qué había pasado realmente. Había ya algunos, una gran mayoría de esos abogados, que no teníamos la menor duda después de tanto horror asumido que esos hechos eran dramáticamente de responsabilidad de miembros de las Fuerzas Armadas.

Recordar el presente es una forma de  decir que los líderes políticos, sociales, religiosos, empresariales, estudiantiles deben tener muy presente, a la hora de sus discordias, que lo que tenemos se construyó sobre sangre, huesos y carne quemada, sobre el horror inenarrable, cáliz bebido por los miembros de  varias generaciones.

Hoy vivimos una época plagada de sobrerreacciones políticas y económicas. Sostienen algunos que la economía chilena estaría severamente afectada por procesos externos y por alguna de las reformas que con errores, pero de buena fe, se están realizando en Chile, en materia tributaria y educacional, y otras que se proyecta llevar a cabo, en el orden constitucional  y laboral. Tan grave enfermedad de la economía, según sus patrocinadores, debería llevar a disminuir al máximo el ritmo legislativo y el crecimiento económico. Las reformas debieran ser priorizadas, palabra esta última que en verdad significa: “postergadas”. Así, respecto a los proyectos de una nueva Constitución, quedaría todo a medio camino y correspondería solo a un futuro eventual Congreso tomar resoluciones. La reforma laboral, escuálida en su contenido, también debería ser morigerada. Toda la reforma tributaria que llevó a un ejercicio legislativo de casi un año, tendría que volver nuevamente al Parlamento, para ser reformada a su vez. Esto es, reformas sobre reformas. Cunde algo así como una profecía autocumplida, el temor político y económico. Hay una total y completa desconfianza, que busca ser irresponsablemente extendida. Nadie parece confíar en nadie.

Tal fenómeno está siendo alentado por dos sectores: uno, que creemos es de Gobierno, que se ha dado cuenta que en la elaboración de las reformas se han cometido muchos errores y que es altamente conveniente detener la máquina, justificando esta detención en supuestas razones económicas extremas. Hipótesis insostenible, ya que hasta el día de hoy, la opinión pública no ha sido informada por el ministro de Hacienda sobre una situación crítica de la hacienda pública y la economía chilena. El actual ministro de Hacienda se ha concentrado en conversar con el mundo político y con sectores empresariales poderosos; olvidando que lo que primero debió haber hecho es dar a conocer al país qué es lo que realmente está sucediendo.

El otro sector que está muy interesado en alentar y echar bencina a la política y a la economía, es el sector más poderoso de Chile, precisamente en la economía, que no quiere cambios de ninguna naturaleza y que estructura poderosas campañas comunicacionales que evidentemente afectan y dañan la psicología social del país. Si uno escucha esa campaña comunicacional, y le da fe, tendría que llegar a la conclusión que el país se encuentra parado. Que nadie produce; que el desempleo está llegando a cifras colosales, que hay que crear u nuevo plan de empleo mínimo –el famoso PEM y el POJH de Pinochet–.

A todo lo anterior hay que agregar el clima en materias de seguridad y orden público. Pareciera que algunos han descubierto recién que en Chile, como en todos los lugares y países del mundo, se cometen delitos, motivo por el cual habría que construir políticas públicas transversales, es la palabra que  se usa, en contra de la delincuencia, se tendría que modificar el Código Penal agravando las penas, para que así nadie saliera de la cárcel; se tendría que dotar a Carabineros y Policía de Investigaciones de la facultad de efectuar supuestos controles preventivos de identidad que verdaderamente son detenciones por sospecha. Tal proposición  se pretende sustentar en que en Chile no existiría un ordenamiento procesal y penal destinado a perseguir a la delincuencia. Todos quieren mayores facilidades para perseguir a la delincuencia. Se informa por algunos medios de comunicación que los vendedores de armas –armerías autorizadas–, se encontrarían con sus stocks agotados. El problema entonces no es porque hay delincuencia ni buscar eliminar sus causas, sino responder con la violencia.

Si uno lee los diarios, escucha las declaraciones de los políticos y ve televisión, principalmente en sus noticiarios  centrales que se nutren de la publicidad de los juicios y de los informes policiales, llegará a la conclusión de que todos deberíamos estar armados, hasta los dientes, para ejecutar una política contra la delincuencia. Dicho cuadro dramático no corresponde a la realidad. Basta observar las estadísticas en materia de delincuencia y leer la historia de los últimos doscientos años, para llegar a la conclusión de que Chile, salvo algunos periodos muy escasos, es un país seguro y confiable. No hay que asustarse. Los delitos son perseguidos. Tenemos la Policía de Investigaciones y Carabineros de Chile que fueron creados hace muchos años. No son instituciones de ahora, del último tiempo. Tienen una gran experiencia en la materia. Los tribunales funcionan, existen recursos que permiten anular o enmendar las resoluciones de los tribunales penales que fallan contra derecho. En definitiva, en nuestro país existe un Estado de derecho que privilegia la libertad y la autonomía de las personas y la solución racional de sus conflictos. Confundir la situación de la seguridad pública con una crisis política y económica conlleva un estado de completa paranoia.

Algunos están altamente interesados de generar un cuadro político social y económico de crisis global. Se están sembrando vientos y si tanto el mundo político, como los personeros más autorizados del Gobierno y los sectores empresariales y todo el aparato de las comunicaciones públicas, están permanentemente soplando en sentido negativo, sólo terminaremos cosechando tormentas. Por los demás, esta ha sido la sanción que la historia viene aplicando a los dirigentes políticos y económicos que no han sabido apreciar los tiempos que les correspondieron vivir.

Creemos que Chile está padeciendo una aguda crisis de liderazgo. Dirigentes hay muchos, lo que falta son verdaderos líderes; no líderes carismáticos, que siempre han llevado a soluciones autoritarias e incluso dictaduras; sino que líderes cooperativos y democráticos que sepan oír, que entiendan que deben escuchar la voz tranquila y pacífica de los ciudadanos y las ciudadanas;  que deben recorrer las calles y hablar con la gente. Encerrarse en Versalles fue negativo. Luis XVI y María Antonieta llegaron a la guillotina porque no escucharon a tiempo lo que estaba verdaderamente sucediendo.

Es momento de ponernos muy serios y para ello hay que leer bien la realidad de Chile, en su contexto mundial, porque la irresponsabilidad hermanada con la exageración en todo orden de cosas, dañará gravemente a la política de alianzas, en una primera fase, y luego llevará a una anarquía y eso sí sería muy malo para el país, pues desbordando el marco, desaparecen todos las seguridades. Recordemos el presente.

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