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Por un poco de luz o lo que queda del día

por 7 agosto, 2015

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En nuestro país los márgenes o límites que alguien (generalmente desconocido) fije respecto de un tema determinado, son inexplicables y absurdamente respetados por los innumerables (y también anónimos) replicantes posteriores. Así, si alguien dice que tal debe ser el enfoque en tal sentido, los receptores se circunscriben a dicho enfoque como si fuese un asunto concluido. Habrá quienes aboguen a favor o en contra del enfoque señalado, pero nadie ve desde otra arista el asunto.

Esto parece ocurrir con el tema del cambio de horario en el país. Un horario único nacional mutable mediante Decreto Supremo, fue la tónica adoptada hace décadas, lo que, desde hace pocos meses, fue cambiado por un horario fijo. Y nacieron los detractores, entre ellos, las empresas, porque el nuevo horario afectaba la productividad. Y quién podría discrepar con semejantes detractores que, en su acervo infinito, señalan todo lo que debe acontecer, tarde o temprano, en el país. A ello se sumaron las declaraciones de algunos psicólogos que opinaron que el nuevo horario era inconveniente desde el ámbito psicológico.

 Nunca un día laboral nos permitió que nuestro regreso a casa, comprar el pan o buscar un hijo al colegio se hiciese con luz solar. Y esto afecta la sensación íntima de cada uno, en el sentido de que durante la semana no existe día para nosotros. En la mañana percibimos luz solar, pero es para llegar al trabajo, por lo tanto, esa luz no es nuestra. Y al atardecer, salimos del trabajo cuando ya está oscuro, por lo que implícitamente aceptamos que el día fue para nuestro empleador.

Quiero dar mi punto de vista, que quizás sea el de algunas otras personas. Con el horario fijo, todo el invierno y la primavera e incluso el final del verano, ya estaba oscuro alrededor de las 18:00 horas o un poco después. ¿Y esto qué tiene que ver con nosotros? Pues bien, como las jornadas laborales en Chile se extienden hasta después de esa hora, jamás un chileno promedio alcanzaba a salir de su trabajo viendo la luz del día. Entraba a trabajar con luz y salía de noche. Nunca un día laboral nos permitió que nuestro regreso a casa, comprar el pan o buscar un hijo al colegio se hiciese con luz solar. Y esto afecta la sensación íntima de cada uno, en el sentido de que durante la semana no existe día para nosotros. En la mañana percibimos luz solar, pero es para llegar al trabajo, por lo tanto, esa luz no es nuestra. Y al atardecer, salimos del trabajo cuando ya está oscuro, por lo que implícitamente aceptamos que el día fue para nuestro empleador.

Entonces, ¿debemos resignarnos a perder la luz del día para los demás y por siempre?

En Europa (bien lo saben las personas que han viajado allá), en la mayoría de los trabajos se entra de noche y se sale de día, y la gente común y corriente suele alcanzar a tener un instante para sí, para ir a una plaza, para servirse un café, para hablar con un amigo. En Chile, es más importante que las empresas no pierdan productividad, pero ¿importa acaso que nosotros, la gente de la que hablan los políticos, perdamos todo el tiempo un poco de vida? Incluso, cabe añadir, que (usando la frase común de siempre) al salir de noche estamos permanentemente más expuestos a los delitos. Pero, claro está, los expertos de siempre en delitos, no opinan sobre este tema, cuando se trata de la sagrada productividad que, para peor, está en baja.

¿Hay alguien (aunque seamos nosotros mismos) a quien le importe verdaderamente que un poco de luz sea lo que nos quede del día?

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