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Manuel Contreras: el regreso

por 11 agosto, 2015

¿Qué hacemos para que la encarnación de este Sr. no vuelva nuevamente a morar humanamente entre nosotros para hacer lo que muy bien supo hacer? ¿A quién debemos amar, perdonar, pedir perdón para que cierta semilla germine buscando la luz en un ambiente colaborativo y no en un pedregal que le exija retorcerse de tal manera que termine siendo un monstruo tanto para sus iguales como para sí mismo?
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A la muerte de un Dalai Lama, y posterior a los rituales fúnebres, un consejo de monjes comienza nuevamente a organizar la búsqueda de su líder entre los bebés que nacieron por la misma fecha de deceso del sumo sacerdote, en la creencia de su inmediata reencarnación. Dentro de un pensamiento surrealista, pero no lejos de la contundente realidad, resulta fácil deducir que en estos momentos agentes de la CIA pudieran buscar entre las maternidades a la nueva encarnación del señor Contreras para hacerlo secuestrar de su madre y llevarlo a una Escuela de las Américas para su posterior entrenamiento. Curiosamente por este mismísimo periodo el ejército, mediante campaña publicitaria, está llamando a jóvenes para su escuela de suboficiales.

Por más que nos interiorizamos acerca de este militar, sobre su trayectoria y el inaudito dolor que dejó en centenares de miles de chilenos y chilenas que sufrieron su despiadado poder, se entiende el sentimiento de frustración, porque no pagó como corresponde (degradado y en una cárcel de alta seguridad) por todos los crímenes que cometió, tanto él como su gente, todos valientes soldados ante personas desnudas y amarradas invadidas de miedo.

Sin embargo, en estos momentos, la mayoría de quienes hemos sido sensibles y conscientes de los actos cometidos por la organización que él creó, lo tenemos en mente, en la palabra, en la conversación cotidiana y en las pantallas; nos lo imaginamos al interior de una gigantesca cazuela junto a su jefe, amigos y por cierto con algunos de sus enemigos también, hirviendo a fuego eterno.

El relato de los muchos que habitamos este terruño en los años de los cara pintadas y los civiles no identificados, repite una y otra vez las experiencias de su crueldad y la reproduce en el testimonio como si fuera una pesadillezca experiencia mortuoria tras un proyecto fallido y hermoso que nuestro país quizo armarse donde los panes iban a ser del tamaño de una baldosa, los niños tendrían medio litro de leche al día y la universidad iba a ser para todos, entre otras planificaciones.

El Sr. Contreras transita en estos momentos de su reciente desaparición por lugares que no conocemos. La única certeza que tenemos son sus despojos mortales que pronto desaparecerán de nuestra vista. Entonces nos quedará el recuerdo de quien fue, lo que hizo y los que dejó a cada una de sus víctimas como herencia. Se seguirá escribiendo sobre sus cometidos, habrá documentales, probablemente se dispararán salvas en su nombre.

Ahora, ¿Qué hacemos para que la encarnación de este Sr. no vuelva nuevamente a morar humanamente entre nosotros para hacer lo que muy bien supo hacer? ¿A quién debemos amar, perdonar, pedir perdón para que cierta semilla germine buscando la luz en un ambiente colaborativo y no en un pedregal que le exija retorcerse de tal manera que termine siendo un monstruo tanto para sus iguales como para sí mismo?.

En cierta manera Manuel Contreras somos todos porque como sociedad permitimos que un niño sin mamá crezca sin amor y comprensión, sin sensibilidad hacia el otro que sufre ante nuestros ojos o en el más absoluto anonimato.

Insisto en la dificultad en aceptar su condición de humano sabiendo todo el daño que provocó, pero querámoslo o no, este señor en particular terminó siendo un maestro, de esos convencidos que la letra con sangre entra. Algo vino a enseñarnos este soldado muerto en soledad (y pido perdón a sus víctimas, los presentes y ausentes por lo que acabo de decir), lo digo en función de una sincronicidad histórica, para que las generaciones futuras de uniformados cuando estén en una situación de poder y tengan a su disposición el destino de seres humanos indefensos, impere la lección aprendida respecto al autocontrol y el respeto a los derechos fundamentales.

Conociendo a Chile y a los chilenos, puedo aseverar que un nuevo Manuel Contreras puede venir a formar una Dina en cualquier momento, si es así, que no nos sorprenda desmemoriados, enemistados en cosmovisiones diferentes o institucionalmente débiles. De esta manera podremos vivir con tolerancia y en condiciones de desarmar en su origen, los impulsos criminales de cualquiera dándole cofre seguro en el sueño eterno de un volcán "inactivo".

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