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Opinión

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Recordando a Ignacio Balbontín: estrategias activas y pasivas en la DC

por 24 agosto, 2015

Recordando a Ignacio Balbontín: estrategias activas y pasivas en la DC
Siempre consideramos con mi mujer que el quiebre de 1978 provocado por la negativa a firmar una carta a Kohl pidiendo intercediera por los relegados marcó nuestras vidas y nos confirmó en un camino que habíamos tomado antes, de involucrarnos en una acción contra la dictadura y no solo estudiar para sacar un título de posgrado. Hice muchos amigos en la RCDS, que más tarde me ayudaron cuando el presidente Aylwin me nombró como embajador en Alemania, por razones que no es del caso recordar en esta ocasión.
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La muerte de Ignacio Balbontín ha impactado a quienes lo conocimos y fuimos sus amigos. Un episodio de su activa labor en la oposición a la dictadura –su relegación en enero de 1978- me marcó, como también a mi mujer, Marta Lagos, que recuerdo como si fuera ayer. ¡Cuántos héroes no están en los libros y uno de ellos es Nacho! Y cuán incomprendida fue su lucha por la libertad entre sus propios compañeros de partido, el PDC (Partido Demócrata Cristiano). No concibo la amistad sin la memoria y ella abarca no solo las luces, sino también las debilidades humanas.

A comienzos de enero de 1978, la dictadura detuvo a once personalidades de la DC, que se encontraban reunidos para definir nuevas acciones contra aquella. Entre ellos estaban Tomás Reyes Vicuña, ex presidente del Senado; Andrés Aylwin, ex diputado y abogado; Belisario Velasco, ex secretario nacional del PDC (1971-1973) y ex director-gerente de radio Balmaceda, que había sido relegado dos años antes en Putre, y Nacho Balbontín. Fueron relegados a pequeñas localidades en el extremo norte del país. Los llamaré “los once”.

Para comprender los alcances del episodio, hay que situarse en el contexto: los años más duros de la dictadura, una compleja historia del PDC después del golpe militar y la activa solidaridad internacional hacia la oposición, con la CDU (Christlich Demokratische Union, Unión Demócrata Cristiana) y Helmut Kohl, que dieron un gran apoyo a la colectividad chilena, como también de organizaciones de esta, destacando la organización sindical (SA), la juventud (Junge Union, JU) y la de los universitarios (RCDS), desde el primer tiempo. No fue un hecho diplomático casual que el primer país fuera de la Alianza Atlántica (la OTAN, la Organización del Tratado del Atlántico Norte) visitado por el canciller federal Helmut Kohl después de la unidad alemana fuera Chile, en octubre de 1991.

A raíz del el golpe de Estado, la directiva de la DC, presidida por Patricio Aylwin, emitió una declaración que lo justificó, “lamentaba” lo ocurrido y responsabilizaba al gobierno de la Unidad Popular del presidente Salvador Allende (1970-1973) de ello. Un grupo de personalidades DC, conocidos como “los trece”, por iniciativa de Bernardo Leighton, uno de los fundadores del partido, entre los cuales estaba Nacho, emitió una declaración distinta, que lo “condenaba”, responsabilizó al Gobierno y a la oposición de la crisis que llevó a ese desenlace y advirtió sobre las posibles orientaciones totalitarias. En sus memorias, el ex presidente Aylwin (1998: 34) admitió que la declaración de “los trece” “parece más acertada”. Esa diferencia en el PDC se explica por discrepancias que venían desde el Gobierno de Frei Montalva, que se acentuaron durante el Gobierno de la Unidad Popular del Presidente Salvador Allende (1970-1973).

Más allá de esa diferencia, en la DC se produjo una más de fondo, que lo marcaría durante el régimen de Pinochet y después de él: quienes optaron por la oposición activa contra la dictadura, porque consideraron que no terminaría sin una acción decidida de sus opositores y de la DC en particular, y quienes optaron por una oposición pasiva, convencidos de que ella no podría consolidarse, que terminaría sin necesidad del riesgoso trabajo de la oposición y que debía “cuidar” al partido.

Había más que una distinta visión del futuro; también era sobre el pasado reciente y la estrategia de recuperación de la democracia. Los primeros reconocían que la principal responsabilidad de crear las condiciones que provocaron el golpe fue el Gobierno de Allende y los partidos de izquierda, pero estaban convencidos de que, sin un acuerdo con sectores democráticos de ella, sería imposible llegar a la democracia. Los otros compartían la evaluación crítica hacia los partidos de izquierda, pero rechazaban la posibilidad de un acuerdo estratégico con sectores de ella. Pensaban en un “camino propio”, en el cual el PDC encabezaría la marcha a la democracia y la izquierda no tendría otra alternativa que sumarse a ella, en un papel de menor relevancia.

La oposición activa fue compartida por la inmensa mayoría de los dirigentes de la DC, cada uno con su estilo y en su ámbito profesional; unos lo hicieron de inmediato; otros, algunos meses más tarde. Los costos personales de los que optaron primero y en forma abierta fueron muy duros: A Leighton se le prohibió el regreso a Chile en agosto de 1974 y sufrió un atentado en Roma en 1975, que lo dejó gravemente herido, junto a su esposa. El senador y varias veces presidente del partido, Renán Fuentealba, uno de los “trece”, fue expulsado del país en 1974. Nacho fue relegado en 1978. Jaime Castillo Velasco, aunque no firmó la declaración de los “trece”, dio sus opiniones críticas en radio Balmaceda, la emisora del PDC, y fue exiliado en agosto de 1976, junto al jurista Eugenio Velasco. Belisario Velasco, otro de “los trece”, fue detenido y relegado varias veces. Andrés Zaldívar fue exiliado en 1980. Quizás nunca sabremos las causas que llevaron a la muerte del presidente Frei Montalva.

Hubo una discusión, que se fue encrespando, unos más acalorados que otros (yo entre los primeros). No nos explicábamos la negativa a firmar una carta que, además, no se haría pública. Uno de ellos fue más allá de lo imaginado, cuando Ernesto Moreno le dijo a Marta Lagos una frase difícil de olvidar: “Perseguiré a los marxistas del partido hasta el fin del mundo”. Era un exabrupto que daba cuenta de raíces bastante profundas que movían a quienes se negaban a suscribir la misiva. Los “once” eran personas que no debían estar en el partido.

Una minoría optó por la oposición pasiva, sin realizar acciones contra la dictadura, actuando hacia el interior de la organización DC. Destacó en ello la JDC (Juventud Demócrata Cristiana), presidida por Gutenberg Martínez (el Gute) desde julio de 1974, luego de la renuncia de su presidente, Ricardo Hormazábal, precisamente por diferencias estratégicas ante la dictadura. Ricardo era partidario de una oposición activa; el Gute, de la pasiva. Cuando ocurrió la relegación de “los once” el presidente de la JDC era Jorge Pizarro, actual presidente del PDC. Algunos llevaron la pasividad a un extremo: no firmaron un solo documento que expresara su voluntad contra la dictadura, en esos años extremadamente duros.

Yo opté por la primera actitud. Había sido opositor al gobierno de Allende, pero entendía que no se podía permanecer pasivo. Mi mujer era de la misma opinión. Pero no tuve conciencia de los alcances de ese camino que adoptamos hasta que detuvieran a Nacho, cuando se pusieron de manifiesto las profundas diferencias entre nuestros amigos y camaradas de Alemania y cuyas dimensiones desconocía. Y hasta qué extremo llegaban las diferencias políticas y personales al interior de la DC, en un momento tan difícil de la historia nacional.

Helmut Kohl, elegido presidente de la CDU en junio de 1973, ayudó al PDC desde un comienzo. La fundación Adenauer, vinculada a la CDU, apoyaba al PDC desde 1963 a través de diversos programas, uno de los cuales era conceder becas a jóvenes profesionales para seguir un posgrado en una universidad alemana. Se me pueden escapar algunos nombres, pero recuerdo que en la Universidad de Bonn estudiaban Pedro Medrano, Guillermo Laurent y Edgardo (Chuncho) Riveros. Vivía y trabajaba en Bonn Mariano Fernández, que fue diplomático en la embajada de Chile en esa ciudad y renunció inmediatamente después del golpe, junto a Esteban Tomic, que se radicaría en Roma.

En la Universidad de Heidelberg estaban Otto Boye, Mario (Peta) Fernández y yo siguiendo un doctorado en ciencia política, y llegaría después Roberto Cifuentes; Gonzalo Undurraga y Ernesto Moreno estaban en sociología, y Roberto Mayorga, en derecho. En la Karlsruhe llegarían Juan Carlos (“Kako”) Latorre y Eduardo Dockendorff.

Jóvenes profesionales que seguían doctorados en otros países también ayudaron al PDC, destacando Martín Zilic, que seguía un doctorado en medicina en la Universidad Católica de Lovaina, cuya sede católica estaba en Bruselas. Zilic desarrolló relaciones con los partidos DC de las dos naciones belgas, flamenco y walón, con el gobierno y con el Parlamento europeo, cuya sede entonces estaba en Bruselas. El gobierno belga dio becas a chilenos para seguir posgrados, entre los cuales hubo varios DC de Concepción. En la Universidad de Lovaina seguía un doctorado en derecho Humberto Nogueira. Cuando relegaron a “los once”, vivían en Bruselas Andrés y Tomás Reyes, hijos de don Tomás.

Aylwin designó en 1974 a Medrano como su representante ante la CDU, con el fin de mantener informado a Kohl de las dificultades del partido y pedir su ayuda, cuando era necesario. Bonn era entonces la capital de Alemania.

Los horrores de la dictadura, difundidos por la prensa alemana y la existencia de un “partido hermano”, como calificaban al PDC, que estaba en la oposición, entusiasmó a los dirigentes de la JU y RCDS. El partido chileno se destacaba a sus ojos porque en esos momentos habían caído las dictaduras del sur de Europa –Portugal y Grecia, en 1974; España, después de la muerte del general Franco a finales de 1975–, avanzando hacia la democracia. La CDU no tuvo interlocutores en esos países para mostrar su protagonismo en el cambio de régimen porque no los buscó antes que cayeran. Sí los tenía el SPD, que había apoyado a partidos de izquierda durante los regímenes autoritarios. De hecho, el partido socialista de Portugal fue fundado en Bonn por iniciativa de Mario Soares y el apoyo de Willy Brandt. Además, Chile era funcional al interés de los RCDS y la JU de impulsar una estrategia en las universidades contra el SPD, de exigir la defensa de los derechos humanos en todo el mundo, en dictaduras de izquierda y de derecha, no solo en las últimas, como acusaban al SPD de hacerlo, que “cerraba los ojos” ante las de izquierda.

El presidente de la juventud (JU), Matthias Wissmann, diputado federal y después ministro de Kohl, tomó una decidida actitud a favor del PDC y contra el régimen de Pinochet. Logró convencer a otros jóvenes dirigentes de su organización para que lo acompañaran en esta tarea y viajó varias veces a América Latina, visitando Chile, encabezando delegaciones de la JU. Una importante iniciativa de la JU por la defensa de los derechos humanos en el mundo se realizó en 1976, que se inició con un acto público en una localidad de la región del Ruhr, en el cual habló el ex diputado del PDC Claudio Huepe, exiliado en Inglaterra, y concluyó con un discurso de Kohl. Esa iniciativa culminó con la entrega de un documento firmado por aproximadamente 50 mil personas, en el que se pedía la libertad de tres presos politicos: Hans Möhring, en la República Democrática Alemana (RDA), que fue liberado mientras se llevaba adelante la campaña; Martín Poblete, dirigente estudiantil de la Democracia Cristiana Universitaria (DCU) de la Universidad de Chile, preso en el campo de concentración de Tres Álamos desde 1975, que salió después al exilio a los EE.UU., y Vladimir Bukowski, de la Unión Soviética. Este sería canjeado por la libertad de Luis Corvalán, secretario general del PC, que estaba detenido. Martín se radicó en Nueva York y desarrollaría una activa labor política, ciudad en la cual vivía Gabriel Valdés, que dirigía el PNUD para América Latina, y Eugenio Ortega, que trabajaba con Valdés en este organismo de las Naciones Unidas.

La detención de “los once” provocó una inmediata reacción de la directiva del PDC en Santiago, que presidía el ex senador Andrés Zaldívar. Este pidió a Medrano que interviniera ante Kohl para que gestionara a favor de su libertad –la CDU estaba en la oposición– y estuviera alerta, porque se temía que hubiera nuevas detenciones. Jaime Castillo, exiliado en Caracas, llamó a Zilic en Bruselas para que hiciera gestiones ante el Gobierno de Bélgica en esa dirección.

La iniciativa del “maestro” Castillo tuvo repercusiones que él no imaginó. Zilic, quien tenía línea directa con la secretaría del Primer Ministro, Leo Tindemans, pudo comunicarse telefónicamente con este e informarle de la detención de las personalidades DC. Esa noche, los chilenos que vivían en Bruselas y escuchaban las noticias de la televisión vieron a Tindemans informar de la enérgica decisión adoptada por su Gobierno: retiraba a su embajador en Chile en señal de protesta por el grave atropello a los derechos humanos. Bélgica restableció las relaciones a nivel de embajador diez años más tarde, tres semanas antes del plebiscito sucesorio que gatillaría el fin de la dictadura.

Los DC de Bonn consideraron conveniente enviar una carta a Kohl en que se expusiera la situación y firmada por los que vivíamos en Alemania, fueran o no becarios. La carta fue suscrita por cada uno de ellos.

Faltaban las firmas del “grupo de Heidelberg”. Nos reunimos para analizar la difícil situación del PDC y conocer la carta que se mandaría a Kohl. Lo hicimos en el casino de la Facultad de Medicina, ubicado fuera del casco antiguo de la ciudad, en que se encontraba el Instituto de Ciencia Política, y en las cercanía del Max-Plank-Institute, en cuya biblioteca trabajaban Mayorga y el Peta. Mi mujer concurrió a la reunión.

Sin embargo, a diferencia de la actitud de los integrantes del “grupo de Bonn”, en el de Heidelberg no hubo acuerdo. Mientras Otto, Mayorga, Marta Lagos y yo argumentábamos acerca de la conveniencia de firmarla, los otros afirmaron que no tenía sentido y no lo harían: Undurraga, Moreno y el Peta.

No lo podíamos creer. Se dieron argumentos de prudencia, sería mal visto por la Fundación Adenauer, que tenía algún sentido porque ésta no miraba con buenos ojos que los becarios descuidaran sus estudios por actividades políticas. Pero este era un caso especial: entre los detenidos había un colega y amigo.

Hubo una discusión, que se fue encrespando, unos más acalorados que otros (yo entre los primeros). No nos explicábamos la negativa a firmar una carta que, además, no se haría pública. Uno de ellos fue más allá de lo imaginado, cuando Ernesto Moreno le dijo a Marta Lagos una frase difícil de olvidar: “Perseguiré a los marxistas del partido hasta el fin del mundo”. Era un exabrupto que daba cuenta de raíces bastante profundas que movían a quienes se negaban a suscribir la misiva. Los “once” eran personas que no debían estar en el partido.

El “grupo” de Heidelberg se quebró y la división se extendió a las otras ciudades en Alemania y Bélgica. Quienes firmamos la carta a Kohl seguimos otro camino, participando en actividades contra la dictadura convocadas por organizaciones de la CDU en Alemania y en otros países. Hicimos lo que nos era posible. Mientras la izquierda aislaba a la dictadura en países con gobiernos socialdemócratas o socialistas, los DC hicimos gestiones en esa dirección ante gobiernos DC o de centro-derecha, como el de Suecia, que, después de décadas de administraciones de la socialdemocracia, tenía uno de aquel color desde octubre de 1976.

Quienes se negaron a firmarla no tomaron iniciativas contra la dictadura, ni tampoco participaron en actos contra ella. Por el contrario, mantuvieron una actitud pasiva y comenzaron a reunirse con cierta periodicidad en Heidelberg, Karlsruhe y Bruselas, en que solo participaba Nogueira, para discutir sus proyectos de investigación e intercambiar información del PDC y Chile. Se constituyeron como grupo y se dieron el nombre de “Teilhard de Chardin”, un nombre lo menos adecuado de acuerdo a los objetivos de sus integrantes, porque fue un pensador tremendamente innovador y progresista. Años más tarde, sus integrantes han contado otra historia sobre su activismo político durante el régimen de Pinochet, pero ella se aparta de la verdad.

Siempre consideramos con mi mujer que el quiebre de 1978 provocado por la negativa a firmar una carta a Kohl pidiendo intercediera por los relegados marcó nuestras vidas y nos confirmó en un camino que habíamos tomado antes, de involucrarnos en una acción contra la dictadura y no solo estudiar para sacar un título de posgrado. Hice muchos amigos en la RCDS, que más tarde me ayudaron cuando el presidente Aylwin me nombró como embajador en Alemania, por razones que no es del caso recordar en esta ocasión.

¡Gracias, Nacho!

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