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La incómoda vigencia del problema de la propiedad

por 19 noviembre, 2015

La incómoda vigencia del problema de la propiedad
La concentración de la propiedad de la tierra fue directa consecuencia de la acción del Estado, el que operó decididamente en América Latina a favor del aumento del poder de las élites.
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Hace algunos días, Hernán Larraín, director ejecutivo de Horizontal (centro de pensamiento de la derecha liberal), escribió un irónico tuit como respuesta a un comentario de Gabriel Boric. Luego que Boric publicara en la red social “¿Y si en vez de quedarse solo en discusión de cárcel o no cárcel a propósito de la colusión, discutimos la propiedad de los medios de producción?”, Larraín retuitió este comentario agregando la frase: “Y a propósito de Volver al futuro IV...”.

Del comentario de Larraín, un liberal acusando a un socialista de ser “anticuado”, no solo se refleja cierta confusión histórica, toda vez que el desarrollo de las ideas socialistas fue en lo grueso posterior y, en parte, como respuesta a las ideas liberales. Se deja ver, además, esa vieja incomodidad que el mundo liberal ha tenido a la hora de enfrentar el problema de la propiedad. Es esa incomodidad la que, imagino, empuja a Larraín a echar mano a la ironía para tratar de ubicar la pregunta de Boric como una del pasado.

En mi opinión, hay buenas razones para argumentar que este no es un problema del pasado. Para ilustrar este punto, doy cuenta de tres debates-situaciones donde se grafica su vigencia.

1) Anthony Atkinson es uno de los economistas que, debido a su constancia y peso intelectual, más ha contribuido al estudio de la desigualdad –sus causas y posibles soluciones– en las últimas décadas. La lectura de su reciente libro, Inequality. ¿What can be done?, es un ejercicio indispensable para pensar alternativas que ayuden a revertir la tendencia relativamente generalizada de aumentos de la desigualdad al interior de los países desde la década de los 70. El libro, luego de un detallado diagnóstico de las dinámicas de aumento y reducción de la desigualdad, para distintos países, así como de las políticas económicas asociadas a cada caso, justifica y propone un conjunto de medidas de diversa profundidad para reducir la desigualdad.

En concreto, dos de sus 15 propuestas plantean que el Estado, por una parte, debe tener un rol más determinante en la dirección de los avances tecnológicos y que, por otra, debe tener una participación relevante en la propiedad de empresas de diversas áreas productivas (a través de un fondo soberano de inversión). Para justificar estas propuestas, entre otras razones, el autor esgrime que el impacto del desarrollo tecnológico en la desigualdad depende crucialmente de quien tiene la propiedad (o el control) de las empresas que desarrollen tales avances tecnológicos. De este modo, si por ejemplo en el futuro el desarrollo de los robots es dominado por un conjunto pequeño de empresas (con un conjunto reducido de dueños privados), lo más probable es que tal desarrollo, que tiene un tremendo potencial de mejora en el bienestar y libertad de la humanidad, termine presionando por una reducción de los salarios reales y un aumento de la fracción de los ingresos totales que van a parar a los dueños del capital. En otras palabras, para saber si el desarrollo de la robótica llevará a un aumento de la desigualdad la pregunta clave es quién será el dueño de las empresas que desarrollen tal tecnología.

Una mayoría (en primera y segunda vuelta) apoyó la implementación de una reforma tributaria que obtuviera nuevos recursos desde los sectores más acomodados, como una forma de reducir la desigualdad y para financiar nuevos programas sociales. Sin embargo, y más allá del apoyo de la población, las organizaciones gremiales de los empresarios mostraron toda su capacidad de incidencia política y de sobrerrepresentación de sus intereses, obligando al Gobierno a una negociación de formas poco republicanas y logrando alterar aspectos importantes de la reforma.

2) Al momento de discutir las raíces históricas de la desigualdad en América Latina, en el libro publicado por el Banco Mundial, Desigualdad en América Latina. ¿Rompiendo con la historia? (Editado por Ferranti, Perry, Ferreira y Walton), se resaltan las diferencias en la distribución de la tierra que habrían existido al comienzo de sus historias como países independientes, entre Estados Unidos-Canadá y el resto de América Latina. En el primer grupo de países, un sector mayoritario de los “ciudadanos” (hombres no esclavos) tenía alguna propiedad, mientras que en el segundo grupo el grueso de los “ciudadanos” no tenía propiedad alguna. Esta marcada diferencia, se argumenta en el libro, contribuyó decisivamente a la persistencia de la desigualdad hasta el presente y dificultó el desarrollo de las democracias de tales países, atrasando, por ejemplo, la implementación del sufragio universal. Un aspecto interesante que enfatizan los autores es que la concentración de la propiedad de la tierra fue directa consecuencia de la acción del Estado, el que operó decididamente en América Latina a favor del aumento del poder de las élites.

3) En el debate tributario del 2014 se notó paradigmáticamente la estrecha relación entre concentración de la propiedad y democracia. Una mayoría (en primera y segunda vuelta) apoyó la implementación de una reforma tributaria que obtuviera nuevos recursos desde los sectores más acomodados, como una forma de reducir la desigualdad y para financiar nuevos programas sociales. Sin embargo, y más allá del apoyo de la población, las organizaciones gremiales de los empresarios mostraron toda su capacidad de incidencia política y de sobrerrepresentación de sus intereses, obligando al Gobierno a una negociación de formas poco republicanas y logrando alterar aspectos importantes de la reforma. Además de ciertos errores y dudas del Gobierno y del control total de los medios de comunicación por parte del empresariado, lo que determinó el debate fue lo que se conoce como la “huelga de capital”, la que consiste en la amenaza de no invertir por parte de los empresarios en caso de que se tomen decisiones políticas en contra de sus intereses.

Así fue como el 2014 pudimos palpar con nitidez cómo la concentración de la propiedad y, por ende, de la decisión de inversión, configura mecanismos concretos para que la élite económica logre que sus intereses se conviertan, bajo amenaza, en los intereses de la sociedad.

Como permiten imaginar estos tres ejemplos, la distribución de la propiedad de los medios de producción no solo ha tenido sino que tendrá un rol determinante en el nivel desigualdad de los países, en la evolución de sus instituciones y en la profundidad de sus democracias. Con todo, y más allá de la cuestionable vigencia de las estrategias específicas que llevó a cabo la izquierda en el siglo XX para enfrentar tal problema, sería difícil discutir seriamente del futuro de la desigualdad económica, así como de la calidad de nuestras democracias, soslayando el problema de la concentración de los medios de producción.

Si nos importa la igualdad y la democracia, la propiedad es un problema de futuro. Una piedra en el zapato para los liberales y un desafío impostergable, pero aún sin respuestas acabadas, para nosotros, los socialistas.

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