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¿Crisis de la política o ausencia de ella?

por 19 diciembre, 2015

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La motivación por saber el porqué de la pobreza en tiempos de abundancia, cuál es la causa primera de la degradación del medio ambiente, cómo se intenta remediar la situación de sobre explotación de los recursos naturales y cuáles son los derechos más vulnerados de los ciudadanos en la actualidad, nos invita a salir en búsqueda de la política.

Reencantémonos con la política en un sentido de orden justo y en vistas al bien común que nos renueve la esperanza y nos distancie de sentimientos fatalistas y axiomas restrictivos en la conformación de la humanidad comunidad. Como seres ontológicamente libres podemos asumir el desafío de creer y crear una sociedad más humanista.

Ello, sí o sí debe plantearse desde la comprensión de la dignidad humana, la cual es legitimadora de la acción política, por tanto se es parte desde principios “rectores” del orden de las cosas, que debieran ser respetados por el actuar de los Estados, y ser pieza relevante en la conformación de las políticas públicas.

¿Qué es la dignidad humana?, ¿qué vamos a entender por ella? La propuesta “iusnaturalista” es compleja en sí, porque es polisémica y ambigua. Al respecto podemos entender una multiplicidad de corrientes doctrinales, sin embargo todas tienen en común la creencia de un orden objetivo suprapositivo de carácter universal, permanente e inviolable de todo ordenamiento humano. En esa concepción podemos aspirar a una política pública de calidad y con sentido social, económico a la altura de las personas. Por supuesto que los errores y los ciclos políticos son parte de la realidad, pero lo reprochable en la actualidad es ser cómplices de la irracionalidad, y sobre todo, de minimizar o tomar palco de los actos que moralmente no se enmarcan en un justo orden, sino que por el contario, representan un abuso social o derechamente corrupción.

Cuando olvidamos que la política con todas sus dificultades, propias de un arte, es la actividad más noble al servicio de los demás, es cuando más se requiere que los verdaderos servidores públicos retornen o surjan nuevos desde el seno mismo de la polis.

Hemos sido testigos de las dificultades por modificar la subordinación de la política al orden económico materialista - utilitarista, lejano al sentido social y que a su vez ha tendido a minar a la comunidad. Lo responsable de ello pareciera ser una compleja ecuación entre ideas liberales irresponsables y una corrupción de las elites, componentes que han cruzado trasversalmente el espectro cultural de nuestra sociedad. En efecto, solo como botón de muestra están los que normalizan la existencia de comunas para ricos y otras para pobres, como que si ello en sí no fuera una patología social sin consecuencias. Nos referimos a la aceptada política pública que han creado una suerte de guetos en diferentes zonas apartadas de la ciudad, en la que se levantan opulentas construcciones de habitación en que se diseña un espacio arquitectónico aislado de la comunidad y que busca homogeneizar el contexto social cercano, aportándose de las “lacras” que trae consigo la ciudad, sin aspirar a crear el nosotros, sin depender de la comunidad más que para que les preste servicios, sin lazo afectivo, sin interés por su devenir. Por otro lado, el Estado en un sinsentido de política, ha reaccionado al déficit habitacional guiado sólo con las lógicas del mercado, es decir, donde el territorio es más barato se instalan las “soluciones habitacionales”, que en algunos casos han llegado a concentrar población sin la presencia del Estado, es decir, sin consultorios, colegios, comisarías, áreas verdes, servicios en general. Por supuesto que las leyes no amparan la condición de ciudadanos de segunda, sin embargo de facto ello acontece. ¿Resulta de esta política pública, una democracia robusta?

Entre otras manifestaciones y síntomas que enlodan la política, nos encontramos con una educación de mala calidad para el que no tiene recursos para financiarla; lo mismo acontece en salud. Ciertamente ello no ocurre sólo en nuestro país, pero esa realidad sólo consuela a quienes están acomodados en el sistema.

El olvido del sentido y propósito de la política que se rige en los parámetros de la defensa de la dignidad humana y tiene como propósito el fortalecimiento del nosotros, la comunidad, es central para comprender la mala salud de nuestras instituciones republicanas. Hemos, tras el ejercicio de nuestra libertad, errado el rumbo, más que por un problema en el intelecto, pareciera que es un asunto de principios.

Toda organización y sociedad tienen procesos de newentropía (o descomposición), que luego nuevamente da paso a un reinicio del ciclo, sin embargo no sabemos la extensión del proceso. Salir antes o después depende del ejercicio de nuestra libertad.

Por ello, humanistas, tanto laicos como cristianos, no pueden estar indiferentes ante el constante proceso de deslegitimización de la política. Ya lo sentenció Platón “el precio de desentenderse de la política es ser gobernados por los peores hombres”.

De alguna manera, las malas prácticas en el sector público y privado, y la corrupción exhibida en las elites de nuestra sociedad, significan o redundan en la desatención de las personas. De hecho es corriente que hablemos de individuos y que la libertad carezca de contenido, ya que en los hechos se parece más al hedonismo (o carencia de responsabilidad). Por tanto, antes de iniciar el camino de las posibles respuestas en el diseño económico y social de nuestra sociedad, debemos centrarnos en algunas reflexiones acerca de la persona humana. Al respecto, es notorio y categórico como nos hemos distanciado de La Declaración Universal de los Derechos Humanos y sus valores esenciales que nos advierte de la necesidad inherente de dignidad humana, la no discriminación, la igualdad, la equidad y la justicia – las que se aplican a todas las personas, en todo lugar y en todo momento. ¿Por qué afirmar aquello, si justamente hoy se discuten a nivel país más cambios estructurales que antes para justamente corregir la conculcación de algunos de los derechos reconocidos por dicha declaración universal?, la respuesta es sencilla, porque no se les cree a los actores públicos y privados, de gobierno y oposición que dicen interesarse en estos asuntos. La desconfianza, las malas prácticas y los síntomas de corrupción, nos revelan una conducta poco consistente y una falta de coherencia que brinde garantías para una discusión acerca del bien común de la nación.

Todo ello ha tendido a dinamitar la noción de bien común y de comunidad política, ya que desde el individualismo la pregunta es ¿cómo me sirvo de la sociedad?, ya que el individuo se transforma en un fin en sí mismo con derechos, pero sin deberes para un bien superior o colectivo.

La prescindencia de la comprensión de la dignidad humana es razón o causa primera que nos explica la situación de egoísmo – individualismo que atenta contra los derechos humanos. Por ello un refugio a esta realidad es el personalismo – comunitario, que aunque minoritario, se nos presenta como una reflexión óntica, desde la cual preguntarnos respecto a lo que acontece en términos de política económica y así buscar un orden económico en justicia, que es componente de bien común, sobre todo cuando está articulado desde la política.

En consecuencia, lo que en última instancia se requiere es la humanización del sistema, lo cual no es otra cosa que el regreso de la ética en la acción política. En términos clásicos La Política está dentro del radio de acción de la moral, de otro modo la misma se deshumaniza. En último término el crecer, invertir, producir, etc., tiene un ¿para qué? Cuando la respuesta es para alcanzar la buena vida humana de los que desean acumular, la descomposición de la comunidad es irreversible.

No es la falta de política la solución al proceso de descomposición de nuestra democracia, sino justamente la ausencia o secuestro de ella a manos de quienes entienden que ésta se limita a lo transaccional y operacional. Cuando olvidamos que la política con todas sus dificultades, propias de un arte, es la actividad más noble al servicio de los demás, es cuando más se requiere que los verdaderos servidores públicos retornen o surjan nuevos desde el seno mismo de la polis.

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