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Sucesión del carisma

por 26 enero, 2016

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No es cierto que la DC haya perdido votos por haberse aliado con la izquierda. Tampoco es cierto que los votos que pierde la DC vayan a la derecha. Y no es cierto que sin la DC la centroizquierda no tenga ninguna posibilidad de ser gobierno hasta el año 2038.

En la elección parlamentaria de 1993, en pacto con la izquierda, la Democracia Cristiana obtuvo más votos que los conseguidos cuatro años antes, mientras que en el mismo lapso de tiempo la derecha contrajo su votación. En la siguiente elección, la de diputados de 1997, la falange perdió cerca de 500 mil sufragios y la derecha alrededor de 250 mil. ¿A dónde fueron a parar estos votos? A la abstención desencantada.

En cuanto a los escenarios futuros, es indudable que tras el quiebre político que supuso el gobierno de Piñera, surgen nuevas fuerzas políticas y sociales que cambiarán, como en España, el horizonte de la centroizquierda. Hay que esperar qué nos depara el destino para dentro de nueve meses, cuando la ciudadanía vuelva a las urnas.

Como sea, las frases del preámbulo pertenecen a un relato especulativo, sin asiento en la realidad. Un relato que si en el pasado sirvió para reproducir el poder de quienes lo formulan, hoy carece de eficacia en la formación de la política.

La suya es una apología de la autoridad carismática, aquel conjunto de atributos excepcionales no asequibles a la gente común que, desde las sociedades primitivas hasta nuestros días, ha sido reservada a profetas, chamanes, brujos y visionarios, y que, como enseña Max Weber, no se rige por normas intelectualmente analizables, a diferencia de la racionalidad democrática, e incluso de la lógica inmanente al tradicionalismo monárquico. Simplemente es un hecho consumado e indeleble, como en la Alemania nazi, donde la palabra de Hitler llegó a ser ley, o como durante el siglo XX chileno, cuando se creyó que el discurso político poseía un centro originario, críptico e insondable, al que tenía acceso privilegiado sólo cierta clase de iluminados.

Se trata, sin embargo, de un relato que ha procurado resolver, aunque sin éxito, la sucesión del carisma, el mayor desafío para este tipo de liderazgo que sólo existe en su nacimiento y que, para perdurar, precisa convertirse en una convención asumida por todos. Es lo que se denomina la rutinización del carisma. Consiste en transmitir las facultades y poderes carismáticos, ahora separados de los atributos personales, a los nuevos herederos.

Para prolongar su permanencia, primero se intentó instalar una tradición, la escrita y difundida en el otoño de 1998 por los llamados autocomplacientes bajo el rótulo «Renovar la Concertación, la fuerza de nuestra ideas», de la que es reminiscencia marchita «Progresismo sin progreso: ¿El legado de la Nueva Mayoría para Chile?». En otro frustrado esfuerzo, llevado a cabo el 16 de octubre de 2004 en el Centro de Eventos San Carlos de Apoquindo, se buscó que el ex presidente Frei ungiera a los que debían hacerse cargo de administrar el legado. El propósito era lograr su reconocimiento a los puestos de autoridad y prestigio que garantizaban la seguridad y estabilidad del sector. También se apostó a que el criterio de elegibilidad de los sucesores fuera el carisma hereditario de grupos de parentesco. Con ello se pretendía provocar la transición hacia un carisma de cargo. Fue entonces cuando conoció la luz el proyecto incubado desde 2002 y publicitado por El Mercurio en octubre de 2005: «Los nuevos príncipes herederos de la DC».

Si estos mecanismos de sucesión fracasaron, fue porque en el proceso emergió otro carisma, de sí revolucionario —en el sentido weberiano de la expresión—, el representado por Adolfo Zaldívar.

La irrupción de Zaldívar fija un antes y un después, abre una crisis que aleja, probablemente para siempre, la posibilidad de suceder el carisma que predominó en la antigua Concertación. Ello habría de verse reforzado por una tendencia de más larga longitud de onda, como fue la expansión sin precedentes de las comunicaciones, cambio social que incorporó a las personas a una cultura reflexiva que les permitió participar en múltiples centros de información y deliberación. Pero lo que le dio el tiro de gracia a aquel imaginario de héroes y salvadores, de seguidores y secuaces, fue la moderna racionalidad económica de la corrupción, cuyo cálculo de rentabilidad penetró a tal punto la actividad política que logró seducir a sus otrora más limpios adversarios.

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