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Francia y el movimiento “Nuit Debout”: ¿tiene un futuro la esperanza?

por 7 abril, 2016

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El 31 de marzo, en Francia, quizás se convierta en una fecha histórica. Tras las protestas contra el proyecto de ley que busca reformar el Código del Trabajo, los manifestantes decidieron no abandonar las calles. En París, Toulouse, Nantes, Bordeaux, Marseille… Las principales ciudades del país registran ocupación de sus plazas y el nacimiento de un movimiento, Nuit Debout.

Al igual que los Indignados y los Occupy de varios países años atrás, Nuit Debout se caracteriza por ser una creación espontánea (aunque varias asociaciones de izquierda tienen un papel relevante en la organización) y sin líderes. Así, el movimiento funciona multiplicando los debates dentro de las denominadas Asambleas Ciudadanas.

Este movimiento critica fuertemente la democracia representativa y promueve la democracia directa. Se organizan diariamente comisiones para debatir y encontrar soluciones sobre todo tipo de asuntos. Y una vez al día, todos se reúnen en la Asamblea Ciudadana para realizar un balance de lo hasta ahora logrado. Más allá de saber si es un movimiento anticapitalista, su razón de ser es debatir. Buscar ideas alternativas para poner fin a la crisis social, económica, ecológica y política que agota a Francia (y Europa del Oeste) desde hace 40 años. Tratar de encontrar recetas para cambiar un sistema donde lo económico supedita a lo político y que, según ellos, favorece las desigualdades y beneficia solamente a una pequeña elite global que, a diferencia de los trabajadores de hoy, tiene una verdadera conciencia de clase y sabe defender sus intereses a nivel mundial.

Otra crítica muy fuerte viene de una juventud cansada de la política pro seguridad de Hollande, que restringe las libertades individuales y políticas. “El riesgo de que alguien sea víctima del terrorismo es ínfima, pero que uno sea víctima de la pobreza y de la cesantía es una certeza”, decía una estudiante el 2 de abril en el diario Le Monde.

Un proyecto ambicioso: ‘Refaire le monde’, rehacer el mundo

Algo distingue a Nuit Debout y es que, como ya lo mencioné, busca debatir ideas para encontrar nuevas soluciones. Pretende que cada ciudadano sea actor del cambio y que exista un futuro colectivo que valga la pena inventar. Este movimiento promueve la democracia directa.

En definitiva, esta postura es el exacto contrario del populismo y del nacionalismo, ambas ideologías en auge que se basan en la convicción de que el presente es una abominación, oponiéndose a todo progreso y futuro. Viven en la nostalgia del pasado. Cada vez más franceses buscan soluciones simples para resolver problemas complejos (inmigración, refugiados, globalización, cambio climático, terrorismo), abdican de todo sentido crítico, no creen más en la fuerza de la democracia y están dispuestos a entregar su poder y su libertad en la mano de un solo “hombre providencial”.

En realidad, frente a la Francia de Marine Le Pen, la del miedo, del pánico y de la desesperanza, es interesante que vuelvan a aparecer ciudadanos que todavía creen en la esperanza.

Pretende que cada ciudadano sea actor del cambio y que exista un futuro colectivo que valga la pena inventar. Este movimiento promueve la democracia directa. En definitiva, esta postura es el exacto contrario del populismo y del nacionalismo, ambas ideologías en auge que se basan en la convicción de que el presente es una abominación, oponiéndose a todo progreso y futuro.

Existen todavía dudas respecto al futuro de este movimiento. Primero, porque el régimen presidencial de la V República en Francia hace difícil que prospere un movimiento iniciado por simples ciudadanos sin el apoyo y la influencia de los partidos políticos o de los sindicatos. Segundo, porque desde la Revolución Francesa el paisaje político se estructura entre derecha e izquierda. El éxito de Nuit Debout vendrá de su capacidad en ser un movimiento apolítico que seduzca a una mayoría de franceses.

Pero hay que subrayar los valores positivos que lo impulsan. Dos valores en peligro de extinción en una Europa cada vez más intolerante, egoísta, pasiva y replegada en sí misma.

Primero, la resistencia. Resistir es un compromiso voluntario, un compromiso de actuar, un acto de libertad, un grito para decir que el ser humano sigue siendo el actor principal de la historia. Que el progreso es posible. Segundo, la esperanza. En un libro titulado ¿Tiene un futuro la esperanza?, los filósofos galos Monique Atlan y Roger-Pol Droit explican muy bien cómo la Revolución francesa fue fundamental en el progreso de la humanidad por haber convertido la esperanza en un “valor colectivo compartido”. Concuerdo con este análisis cuando dicen que el malestar y el desconcierto que sacuden a nuestra época (en Francia y Europa) vienen del yugo del ‘presentismo’ (leer al historiador François Hartog, Régimes d’historicité, présentisme et expériences du temps, Seuil, 2002): solo está el presente y el futuro está cerrado. La desesperanza nutre el nihilismo mortífero que caracteriza a nuestra época (y el terrorismo es su cara más visible).

Lo preocupante es que entre el campo del miedo y el campo de la esperanza nadie tiene la posibilidad de ganar hoy. La palabra krisis en griego significa “decisión”. Es momento de tomarla y buscar el interés general antes de que lleguen los demagogos tanto de derecha como de izquierda.

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